Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

sábado, 9 de marzo de 2013

Capítulo 6, el asesino 3

Podíamos haber optado por descansar. 

Llevábamos quince horas en la furgoneta desde que habíamos salido de New Haven. El viaje había sido largo y tedioso. Una vez más habíamos evitado las autopistas y mi culo lo había notado: ¡me dolía horrores! Y también la cabeza, de las curvas y vaivenes del viaje.  

Pero las discotecas sólo abren de noche y, por tanto, descansar suponía perder otras 24 horas. Además no teníamos dónde ir. Sin refugio, sin amigos... Seguíamos sin papeles, pero una vez los consiguiéramos podríamos volver a pisar una pensión o un hostal para dormir. La oferta de Pablo era muy tentadora: Con una nueva identidad desconocida para las BAB sería más sencillo encontrar a los viejos bolcheviques. Y no teníamos ninguna pista del paradero de Luisma, escondido en aquella gran ciudad. 

Ciertamente, la aventura entrañaba riesgos ya que los papeles nos los conseguiría un contacto de la mafia y, cerca de la mafia era probable que nos encontráramos con los que, aparte de los BAB, nos buscaban y, por tanto, con los paramilitares de Número 2… Pero era un riesgo a asumir. Pablo parecía muy convencido. Sin duda, en la última discusión en la furgoneta, Helena había acertado de lleno sobre su misterioso pasado. 

La discoteca a la que íbamos se llamaba “Infierno”. Como esta habría otras diez o doce discotecas del mismo nombre esparcidas por la República. Había cientos de lugares similares en todo el territorio. Allí hacinaban a la juventud –y se enriquecían a costa de su salud-. “Infierno” se situaba en una antigua nave industrial situada en medio de un polígono industrial abandonado. 

Pese al puerto, Davenport era una ciudad en decadencia. La industria cerraba y donde antes había producción y trabajo ahora sólo había watios, alcohol y pastillas. Donde antes había trabajadores, ahora había parados, camellos y drogadictos... Desde las guerras el consumo de drogas se había disparado, sobre todo entre la juventud y las generaciones que habían luchado en el frente. Yo misma, como ya os conté, caí en el exilio. Era una manera sencilla de pasar el tiempo, de no pensar, no recordar... Las mismas ciudades donde las Juventudes bolcheviques organizaban a miles de jóvenes era donde ahora más droga circulaba: nirvana, loto dulce, pastillas, gas de la risa... 

Los jóvenes en la República se habían convertido en una masa insatisfecha y asqueada por cómo funcionaba el mundo, pero sin ninguna expectativa de futuro, sin ninguna alternativa, ni referencia, se abandonaban a un ocio destructivo, consumiendo las horas entre alcohol y drogas varias. El propio gobierno fomentaba aquella destrucción: preferían a una juventud embriagada que en la calle luchando. Mientras por un lado consentían la difusión y la distribución de estas sustancias ilegales (a través de unas redes de narcotraficantes vinculadas al propio aparato estatal, a los grandes empresarios, banqueros que blanqueaban y convertían en “respetable” aquel dinero y todo tipo de aventureros y “emprendedores” vinculados al Partido Demócrata-Republicano), por otro lado, en los medios de comunicación (propiedad de las mismas personas) se había declarado una guerra unilateral contra la juventud acusándoles de todos los males de la sociedad: vagos que no querían trabajar, violentos que provocaban alborotos y peleas, viciosos amorales sólo dispuestos a destruir sus propias neuronas… La República no olvidaba que el Partido bolchevique era, ante todo, un partido de jóvenes: con los jóvenes jornaleros, los jóvenes obreros, los jóvenes mineros, los jóvenes parados, los jóvenes estibadores… La juventud de Davenport, protagonista de la Comuna Jaimista era especialmente odiada. 

“Infierno”. 

Iluminados por sus letreros y anuncios de neón, una larga cola de chicos y chicas de entre quince y veintitantos años se desesperaban por entrar. Algunas chicas buscaban congraciarse con los porteros, creyendo que así podrían librarse de la espera, puede que de la entrada e incluso que consiguieran algunas consumiciones gratis e incluso alguna ralla o pastilla. Los porteros eran armarios de gimnasio. Por su aspecto recordaban a los fascistas de New Haven. De hecho las empresas de seguridad les suelen contratar para golpear a muchachos borrachos y forzar a chicas indefensas... Eso sí, en beneficio del orden. 

En la otra acera, mirando esas colas, a toda esa gente, estábamos nosotros, valorando que íbamos a hacer a continuación.