Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

jueves, 29 de agosto de 2013

Capítulo 8 El Amigo (completo y corregido)

8. EL AMIGO

8.1

Un poco de geografía sobre La República: hemos viajado desde Cáledon, la capital, situada al norte del país. A su sureste se encuentra New Haven en las ricas tierras de cultivo. Más lejos pero al oeste de Cáledon está el importante puerto de Davenport. Si seguimos hacia el noreste bordeando la costa, siempre alejándonos de la capital, llegamos a Tímberlane, capital de la región de Arrania. Es como si desde Cáledon en mis viajes hubiésemos seguido una trayectoria con forma de línea espiral con la capital de la República como su centro y cada vez alejándonos más.
Arrania es una región con entidad propia. Hablan su propio idioma, tienen su propia cultura, su historia… Incrustado entre la República y el Continente, hace doscientos años Arrania era un estado tapón teóricamente independiente. Nunca fue realmente libre, pero su posición estratégica favorecía el comercio y el bienestar de sus ciudadanos. Finalmente la Monarquía se anexionó Arrania, pero, a diferencia de las Colonias de Ultramar, durante la crisis colonial no consiguieron la independencia. Ocupado militarmente, sus comerciantes, no obstante lograron seguir prosperando.
Sin embargo con la crisis mundial y la crisis final de la Monarquía, cada vez sectores más amplios de la población arrania, sobre todo intelectuales y jóvenes, comenzaron a exigir un trato diferenciado e incluso la separación. El gobierno reaccionó con violencia y represión, prohibiendo su idioma, persiguiendo toda manifestación de cultura arrania. Los casos de abusos y torturas eran comunes. Lejos de apaciguar Arrania, la Monarquía aumentó el resentimiento y el odio. Siguiendo esa línea, el último Monarca usaba a los separatistas arranios como chivo expiatorio de todos los males del Reino. Pero como ya sabemos, ni con toda la represión del mundo, ni con mentiras o maniobras, pudo evitar su caída.
Con la proclamación de la República y el desarrollo del bolchevismo, fueron, curiosamente, los grandes industriales y banqueros arranios, hasta entonces bastiones de la unidad de Arrania y la República, los que comenzaron a defender la idea de la independencia, hasta el punto de que algunos de sus prohombres más importantes llegaron a tontear públicamente con los fascistas para desesperación de los tradicionales independentistas, siempre vinculados políticamente a la izquierda y, por tanto, contrarios al fascismo. Los industriales y banqueros no aspiraban realmente a la independencia, sino que querían evitar el desarrollo bolchevique en la región, ofreciendo una supuesta solución radical a los problemas del pueblo. Cínicamente, utilizaban y manipulaban los sentimientos de miles de arranios que habían sufrido en sus carnes la represión, la marginación, el insulto constante a su cultura e idioma.
Nosotros los bolcheviques defendíamos los derechos democráticos de los arranios, incluso su derecho a separarse si querían. Pero a la vez que criticábamos a los socialdemócratas de Cáledon, ahora en el gobierno, por plegarse a los reaccionarios centralistas, sometíamos a una crítica feroz a los capitalistas arranios que usaban el conflicto para dividir y enfrentar a los trabajadores y jóvenes en líneas nacionales, así como a los que buscaban alianzas con ellos.
Con todo, mientras teníamos una poderosa influencia entre los trabajadores y la juventud proletaria de Tímberlane, la capital de Arrania, y su cinturón rojo, entre los universitarios y las capas medias del interior de la región éramos muy mal vistos, calumniados e incluso perseguidos.
Víctor, que parecía preocupado por nuestro próximo destino, me explicó durante el viaje que con la derrota de Jaime, el gobierno republicano había regresado a los viejos métodos reaccionarios y centralistas de la Monarquía: en las escuelas de Arrania ya no estudiaban en su idioma propio y todo sentimiento de identidad o expresión cultural eran perseguidos. El gobierno buscaba “republicanizar” Arrania a la fuerza.
- El espacio dejado por los bolcheviques -me explicaba- lo quieren ocupar ahora jóvenes universitarios defensores de la guerrilla urbana y la acción directa. Sus métodos son estériles, no logran conectar con los trabajadores de Tímberlane, aparte de que el gobierno silencia sistemáticamente sus acciones. Para los medios de comunicación, bolchevismo y separatismo arranio es lo mismo, así que sus acciones son calificadas como atentados bolcheviques.

8.2

Todo el viaje hacia Tímberlane fue bordeando el litoral porque, como Davenport, Tímberlane es también una ciudad portuaria. Fue un viaje muy agradable y recorrimos un tramo de la costa que era realmente bonito. Así pasé gran parte del camino mirando las encrespadas olas del mar, viendo como rompían en las rocas de la costa. Sólo paramos para repostar, comer e ir al baño.
Durante el camino traté de acercarme a Helena, de recuperar el contacto, pero ella me respondía lacónicamente, con monosílabos, y se mostraba muy alejada de mí y fría. Esa actitud me afectó más de lo que esperaba, de hecho, me dolía, aunque me esmeraba en no demostrarlo.
Pablo, en cambio, estaba pletórico. Se pasó gran parte del camino hablando, contando chistes –la inmensa mayoría muy, muy malos- o canturreando viejas canciones. Hizo el viaje mucho más ameno.
El que también parecía muy raro era Víctor. El viejo siempre se mostraba misterioso, incluso cuando se ponía a explicar sus ideas. Pero en esta ocasión a sus explicaciones, amplias, extensas sobre la situación política de Arrania, como si fuera un gran especialista en aquella región, se añadía una cierta sensación –al menos a mí me la transmitía- como de nostalgia, ¿nostalgia por Arrania?
- Tímberlane es una ciudad con tremendos contrastes sociales - nos explicaba Víctor-. Los comerciantes timberleanos, enriquecidos por el comercio de esclavos con las antiguas colonias, edificaron suntuosos barrio con las mayores innovaciones artísticas del momento. En esos años la ciudad se rodeó de un cinturón rojo de trabajadores procedentes de otras zonas del reino. Había trabajo y parecía que la sociedad avanzaba. Pero la crisis mundial no sólo se llevó por delante a la Monarquía, también trajo una tremenda degradación social, paro, miseria... Miles de trabajadores que se habían creído que formaban una "clase media" despertaron del sueño... O más bien, el sueño colapsó.
- Conoces mucho de Tímberlane y Arrania.
- Viví aquí muchos años. Con otro nombre, otra identidad... Antes de que tú ingresaras en el Partido.
Supuse que quizás hubiese sido un destacado militante bolchevique en Tímberlane.
- Los bolcheviques siempre lo tuvieron complicado en Tímberlane - continuó Víctor-. Antes del surgimiento del Partido, la clase obrera se entregó de pies y manos a un partido burgués demagógico y, añado, financiado desde Cáledon: Igualdad y Prosperidad. Utilizando el odio de clase que los trabajadores emigrantes sentían hacia los comerciantes y empresarios arranios, Igualdad y Prosperidad levantó un muro de odio e incomprensión entre los arranios -con sus sentimientos nacionales- y los trabajadores emigrantes. Las revueltas que provocaron la huida del Rey también desenmascararon a los mentirosos de Igualdad y Prosperidad, pero la socialdemocracia fue incapaz de terminar con esa división nacional. Así, con el colapso de la socialdemocracia, el bolchevismo se nutrió de los hijos de los emigrantes del cinturón rojo de Tímberlane, pero siempre con la hostilidad de los comerciantes empobrecidos y nacionalistas del resto de Arrania.
- Bonita historia - dijo caustica Helena.
- Ya no hay bolcheviques en Tímberlane... Pero los nacionalistas siguen activos... ¡Locos!... Se dedican a poner bombas y a enfrentarse de manera absurda a la policía – Lo dijo como si hubiera algo personal oculto en esas palabras -. No sé dónde podemos buscar a tu amigo Cayo.
- Desconocía que los nacionalistas siguieran activos. – comenté.
- Sí. A los industriales arranios les interesa mantener el conflicto nacional vivo... Así que manipulan los sentimientos de los jóvenes arranios y les animan y financian. Actúan de manera semi-clandestina. Fuera de Arrania el gobierno de la República se encarga de ocultarlo todo. Necesitan tapar que hay una oposición viva aquí en Arrania. Pero no te hagas ilusiones: los miembros de la Llama Arrania, que así se llama la organización separatista, odian al bolchevismo. No te ayudaran... Incluso no sería descartable que te delataran.
- ¡Magnifico! – exclamé.

8.3                                     

Nos acercábamos al cinturón rojo de Tímberlane, sino estábamos ya en él. Todo a nuestro alrededor estaba completamente urbanizado: polígonos industriales, antiguas fábricas, bloques de viviendas que recordaban a la Colmena de Cáledon...
Aunque teníamos los nuevos papeles, la coartada que nos había conseguido Khan era poco creíble, así que continuábamos con nuestra costumbre de viajar por las carreteras secundarias. Nuestras cautelas no podían evitar que nos diéramos de bruces con los mismos problemas de tráfico que sufren a diario los conductores. Así, como en la mayoría de las grandes ciudades, todas las entradas a Tímberlane, estaban colapsadas, llenas de vehículos: A esas horas las fábricas se vaciaban y los obreros volvían a sus casas. Estábamos en medio de un enorme atasco, en medio de infinitas colas que parecían que iban a durar horas.
- ¡Tenemos problemas! - La voz de Pablo sonó grave, en claro constante con el brillo que había demostrado durante todo el viaje. – Y no me refiero al coñazo de estar en un atasco.
A lo lejos se podía distinguir un grupo de hombres uniformados. ¡Un control policial! Además por los uniformes parecía que algunos agentes eran de las BAB. La situación tenía muy mala pinta. Y nuestra situación en el atasco nos impedía tomar algún otro camino, torcer por un ramal que nos alejara del control o, sencillamente, dar la vuelta. Tampoco podíamos bajar de la furgoneta y huir a pie. Hacer algo así hubiera llamado la atención de la policía y las BAB inmediatamente.
- No nos buscan a nosotros - afirmó Víctor-. El control es para otra cosa. Además tenemos los papeles nuevos.
Pronto comprobamos que en el sentido en el que íbamos nosotros, los conductores de la mayoría de los vehículos no tenían problemas: enseñaban un papel y pasaban. Era en el sentido de salida de la ciudad donde los problemas se acumulaban: Los agentes paraban los coches y a muchos los registraban.
- ¡Mirad! - exclamó Pablo -. Ha debido de pasar algo dentro de la ciudad.
Resignados, esperamos nuestro turno en la caravana. Era hora de poner a prueba nuestros rocambolescos papeles. Lentamente fuimos avanzando hacia el puesto de control. Las BAB se reservaban para los que salían de la ciudad. A nosotros nos abordó un agente de la policía.
- ¡Papeles!
Pablo se los entregó.
- Sois familia... Jon Austin y... ¿sus hijos?
- Sí - respondió Víctor.
- ¿Cuáles son los motivos de su viaje a Tímberlane? Aquí pone que sois de Davenport.
Por un momento nos quedamos en blanco, fue Pablo el que por fin respondió.
- Venimos de visita turística. Nuestro padre está muy enfermo y siempre quiso visitar Tímberlane.
- Sí - corroboró Víctor haciendo como que tosía.
- Son ustedes una familia muy extraña… - el agente nos miraba a mí y a Helena como si no le encajara en absoluto nuestra coartada. Instintivamente cogí a la ciega de la mano. - Ella – señalando a Helena - lleva pañuelo, es semita... Y esta otra – refiriéndose a mí -no, y es negra...
¡Gran cagada! Si éramos una familia, lo lógico es que tuviéramos las mismas creencias religiosas. Cualquier otra explicación era muy rebuscada. Ya era raro que yo fuera negra, por muy adoptada que fuera, pero que Helena fuera semita y nadie más de la familia lo fuera...
- Agente, ella es adoptada...
Víctor trató de explicarlo, pero estábamos de suerte, al policía no le interesaba. La caravana era larga y lenta y quería irse a casa lo antes posible. No estaban preocupados por lo que entraba en la ciudad, estaban preocupados por lo que podía salir.
- Me da igual. Tímberlane está bajo alerta terrorista. Como públicamente no se ha dicho nada no puedo impedirles que entren, pero les recomiendo que se marchen cuanto antes. Si pese al peligro real que existe deciden por su cuenta y riesgo quedarse, tienen que ir urgentemente a la Oficina de Turismo a cubrir unos papeles. Está en la Avenida de la Unidad. Si un agente les pide la documentación y no tienen los impresos de turismo, está en su derecho de retenerles e incluso arrestarles. ¿Está claro? El siguiente.
Estábamos arrancando la furgoneta para continuar el camino cuando a nuestra espalda, en uno de los coches que trataba de salir de Tímberlane se produjo un tiroteo: los agentes de las BAB discutían con el conductor de un pequeño turismo cuando pasó algo entre ellos. Los gritos subieron de tono y los agentes, sin más preámbulos, abrieron fuego contra los pasajeros. Resultado: el conductor y sus tres acompañantes resultaron heridos o, más probablemente, muertos.
Me fijé en que la gente parecía acostumbrada. Tras el shock inicial por los tiros y la sangre, mecánicamente volvían a lo suyo, como si no hubiera pasado nada raro. Una grúa allí preparada apartó el coche acribillado y el control continuó. Sólo tras unos metros avanzando, dejando atrás el control, vimos que se acercaba una ambulancia...
Así estaban las cosas en Tímberlane.

8.4

- No me gusta nada la idea de ir al centro de la ciudad - dijo Víctor. – En las barriadas obreras estaremos más a salvo.
- Pero necesitamos ese papel para turistas. Ya escuchasteis al policía - respondió Pablo.
- Los papeles de Davenport han sido útiles frente a un agente lleno de rutina y sobresaturado de trabajo –argumentó el anciano-, pero corremos el riesgo de que a los funcionarios de turismo no les podamos colar la originalidad de la familia Austin. Además, a estas horas la oficina estará probablemente cerrada, o a punto de cerrar.
- Vale... Es muchísimo mejor que nos detengan por la calle por no tener ese maldito papel y entonces tengamos que tratar con otro tipo de funcionarios.
- ¡A mí no me preocupa ese maldito papel! - Helena interrumpió la discusión entre Pablo y Víctor. – No deberíamos ir al centro.
- ¿Qué sucede Helena? - pregunté ansiosa por demostrarle a Helena mi interés en sus pensamientos.
- Esta ciudad huele a sangre. ¿No lo notáis? Quizás es un presentimiento y nada más, pero no nos espera nada bueno en el centro. Y mirad, vosotros que podéis, la hora que es. ¿Qué oficina está abierta a estas horas?
- ¿Presentimientos? ¡Tonterías! - gruñó Víctor a la vez que cambiaba de opinión -. Pablo tiene razón: Necesitamos ese maldito papel. Pero ahora no lo conseguiremos. Nos queda dinero. Busquemos una pensión en una barriada obrera y pasemos allí la noche. Mañana veremos qué hacemos.
Nos desviamos de las calles que nos llevaban hacia el centro de Tímberlane y callejeamos por un barrio obrero buscando una pensión. No encontrábamos nada y a nuestro alrededor la noche caía y las calles se despoblaban. Por contra, la presencia policial en la calle se hacía cada vez más notable. Los coches patrullas se dejaban ver incluso en los rincones más abandonados por donde buscábamos. 
Por fin, tras muchas vueltas encontramos una pensión –pensión Manoli- que más bien parecía un picadero de la prostitución: un edificio en ruinas, un letrero de neón estropeado y la segura presencia de ratas y cucarachas.
-¡Ey! ¡Me gusta! - exclamó en broma Pablo - ¡En este sitio rememoraré mi último ligue! ¡Me sentiré como en casa!
- No necesito ver para saber cómo es este lugar… y este lugar huele a cloaca y a perfume barato.
Y es que era un sitio realmente infame, pero fuimos a preguntar de todas formas. No tuvimos suerte, incluso en un sitio así exigían los dichosos papeles.
- Sin los papeles de la Oficina de Turismo no me puedo arriesgar a alojaros - nos dijo el recepcionista, un tipo arrugado de grasiento pelo gris.
- ¡Pero si aquí sólo vienen putas y sus clientes! - protestó malhumorado Víctor.
- Puede que tenga razón el señor - le respondió el recepcionista sin inmutarse -, pero al menos ellas tienen papeles.
Nos fuimos porque era evidente que de allí no íbamos a sacar nada en claro. Ya era completamente de noche. El alumbrado nocturno era escaso y funcionaba mal. Habíamos aparcado cerca de la pensión, volvimos hacia la furgoneta.
- ¡Salgamos de la ciudad! Ya volveremos mañana - propuso Helena.
- Los controles de salida eran mucho más rigurosos que los de entrada – recordó Pablo también preocupado.
No nos dio tiempo de montarnos en la furgoneta. Una patrulla de policía se detuvo a nuestra altura. Los agentes se bajaron del coche y se nos acercaron.

8.5                

- ¿Qué hacen aquí? ¿No saben que hay toque de queda? A ver, ¡documentación!
Víctor les dio los papeles de la familia Austin. ¿Qué podíamos hacer? Nos miramos nerviosos. Pensé en atacarles, aprovechar las habilidades de Pablo y Helena para que les golpearan y así montar en la furgoneta y huir. Pero entonces, identificados, prófugos, tendríamos que abandonar Tímberlane –ni siquiera sé muy bien como habríamos podido salir- y buscar a Cayo de otra manera, aparte de llamar la atención de las BAB y probablemente de Número 2.
- No son de aquí - dijo el agente que inspeccionaba los papeles. - ¿No les dijeron que tenían que ir a la Oficina de Turismo?
No parecían los típicos policías energúmenos incapaces de razonar. ¿O tal vez sí?
- Sí nos dijeron - comenzó a explicarse Víctor -, pero llegamos hace muy poco, ya era de noche. Venimos a hacer turismo. No sabíamos que había complicaciones en la ciudad. Pensamos que la oficina estaba cerrada y buscábamos donde pasar la noche para mañana ir a la oficina en cuanto abriera.
- ¿Y buscaban pasar la noche aquí? - preguntó casi riéndose el otro policía mientras señalaba el picadero - ¿no es un lugar poco habitual para una respetable familia de turistas, abuelo?
Nos encogimos de hombros. Pensé que nuestra suerte ya estaba echada, que no nos creían y que nos detendrían; que no habíamos actuado a tiempo.
- ¡Son ustedes una familia de lo más original! - continuó el policía que sostenía nuestros papeles.
 - Un grupo como ustedes delante de este picadero, jajaja, cualquiera pensaría que le espera a usted, abuelo, - dirigiéndose a Víctor - una gran fiesta jajaja muy variada. - ¿buscaban provocarnos o simplemente se estaban cachondeando de nosotros?
- sí jajaja - se reía el otro policía- Demasiado variada para mi gusto jajaja.
- Bueno, jajaja, ¡ellas no están nada mal!
Las miradas viciosas y repugnantes de los dos policías repasaron mi cuerpo de arriba abajo para fijarse también en el de Helena y volver al mío. Helena no les veía, pero comprendía sus entonaciones. No le gustó nada y emitió un gruñido de protesta. Antes de que la tensión pasara a mayores le cogí del brazo para tranquilizarla. Pablo, mientras tanto, mantenía con esfuerzo una sonrisa falsa.
- Algunos ricachones falsean papeles para organizar jejeje “fiestas”, en lugares apartados, lejos de miradas indiscretas – Nos explicó uno de los policías.
- Sólo les estábamos tomando el pelo, jajaja. No teman – añadió, riéndose, su compañero.
Excepto Helena, los demás acompañamos a los policías con risas forzadas y nerviosas.
Cansados de meterse con nosotros, decidieron, por fin, devolvernos los papeles. Se los acercaron a Víctor, pero al alargar el brazo para recogerlos, el anciano mostró sin querer su mano vendada. Desde que Lara le había atendido en Cáledon, Víctor no se había cambiado el vendaje y, aunque la herida estaba tratada, no estaba cicatrizada ni muchísimo menos, sobre todo, después de todas y cada una de las emociones que habíamos vivido desde entonces. Así pues, las vendas estaban sucias: bastante manchadas de sangre, pero también de mugre. No parecía la herida de un anciano normal, tratado por la sanidad oficial.
- ¿Qué le ha pasado en la mano? - preguntó el policía.
Hubo un tenso instante de silencio.
- Debería acudir a una farmacia. Para que le cambien la venda – continuó el agente.
"¡Ufffff!" Respiramos tranquilos.
- No pueden quedarse por la noche en Tímberlane. ¿Éste es su vehículo?
- Sí - respondió Pablo.
- Deben salir de la ciudad. Los hoteles de fuera del área metropolitana les alojaran y ya mañana podrán volver.
Mientras el policía, con inesperada amabilidad, nos invitaba a irnos de Tímberlane, Helena me susurró algo al oído:
- Hay otras seis personas armadas rodeándonos. Y creo que estos no son policías.

8.6

Sucedió todo muy rápido.
De entre las sombras aparecieron seis pistoleros con las caras tapadas con pasamontañas. A los dos policías no les dio tiempo reaccionar. A uno de ellos le dispararon en la cabeza. Su sangre salpicó a Víctor y a Pablo. El segundo agente gritó y trató de desenfundar su arma. Le pegaron dos tiros, uno en el pecho y el otro en la barriga. Estábamos rodeados.
- ¡Arrari rar gatma! - nos gritaron en arranio. Como vieron que no respondíamos nos encañonaron y volvieron a gritarnos - ¡Arrari rar gatma! ¿Ahar?
Uno le murmuro algo al oído del que parecía el jefe.
Helena no se pudo contener más.
Ella había soportado las burlas de los policías para no perjudicar al grupo, pero ahora la situación se había transformado por completo: Estábamos indefensos ante unos asesinos con los que no había forma de comunicarnos. Con su nuevo bastón –un moderno bastón, por supuesto de estoque, que había conseguido en Davenport- la ciega golpeó en los genitales a uno de los pistoleros que teníamos a nuestra espalda. Inmediatamente, también con el bastón, golpeó en el cuello a un segundo y con una patada a un tercero. Pablo no se quedó quieto y, alentado por la acción de Helena, desarmó a uno de los que teníamos en frente.
El jefe de los pistoleros, impresionado por los movimientos de mis compañeros, no se lo pensó dos veces y disparó. Su objetivo era Helena, pero instintivamente yo me puse en medio para que no la alcanzaran. La bala se clavó en mi hombro. La sangre salía a borbotones. ¡Me dolía mucho! No pude sostenerme en pie y caí al suelo. Helena consciente de que esa bala iba en su dirección y que yo me había interpuesto se arrodilló a atenderme. Pablo se lanzó rabioso contra el autor del disparo.
- ¡Rar ar! - gritó de golpe Víctor en perfecto arranio - Rar ar go ¿Ahar?
El dolor y la sangre que abandonaba mi cuerpo me debilitaban. Estaba a punto de perder el conocimiento. Creo que todos se detuvieron incluso creo que el líder de grupo de pistoleros se quitó el pasamontañas. No estoy segura. Sólo sé que Helena me sostenía la mano y que Pablo también se acercó preocupado.
- No es nada... Sólo es el hombro - creo que les dije.
Perdí el conocimiento.

8.7

Abrí los ojos.
Era la segunda vez en menos de quince días que despertaba tumbada en una camilla tras perder el conocimiento. Por suerte en esta ocasión no fue tan confuso como entonces. Para empezar lo primero que vi al abrir los ojos fueron los rostros de Helena y de Pablo, cada uno a un lado de la cama. Helena me cogía de la mano, Pablo me miraba con una amplia sonrisa. Me encontré con el hombro vendado -y muy dolorido- y la ropa, limpia de sangre, a los pies de la camilla. Pero en esta ocasión no estaba en un hospital, aunque esa habitación lo pareciera.
- Estamos en la sede de Sangre y Fuego, el brazo armado de Llama Arrania - me informó Pablo –. Ellos te han tratado la herida... Pero todo está siendo a trancas y barrancas... Complicado.
- ¿Pero qué pasó? - pregunté intrigada. 
- ¿Recuerdas a los policías que nos abordaron después de preguntar en la pensión? - la voz de Helena aclaraba mis recuerdos.
- Sí. Se los cargaron. Peleamos y me dispararon.
- Pues fue Víctor quien detuvo la pelea - me informó Pablo. - Dijo no sé qué en arranio y los terroristas se detuvieron. Vino una furgoneta, te subieron, a mí y a Víctor nos vendaron los ojos...
- Hubiera preferido la venda –interrumpió Helena-, a mí me dieron un codazo en la barriga, fuerte e inesperado...
- ¡Y aquí estamos! Víctor está ahora con ellos.
- ¿Víctor es arranio? – pregunté.
- O al menos sabe su idioma - respondió Helena.
-En el viaje nos explicó que había vivido aquí mucho tiempo – recordé.
- Si forma parte de este grupo terrorista, quizás por eso Saúl te ordenó asesinarle - le dijo Pablo a Helena.
- No creo - respondí yo misma -. En mis tiempos, los independentistas arranios odiaban a los bolcheviques... Era un auténtico odio... ¡de clase!, diría yo. Nosotros les ofrecíamos la unidad de acción y ellos nos respondían con disparos y delatándonos...
La herida me dolía mucho.
- Relájate Exiliada - Helena me indicó que me tumbara mientras me arropaba.
- Gracias... a los dos... ¡Por todo! - Les hice caso, se me cerraban los ojos.
- Tú me ayudaste en New Haven, ¿recuerdas? Primero me salvaste de los fascistas y luego me ayudaste con una herida.
- Te recuperaste bien - le dije medio dormida.
- Aún me ayudas con otra herida más profunda.
Y lo último que recuerdo antes de volver a dormirme fue una sonrisa amable, cálida, en el rostro de Helena.

8.8

Cuando volví a abrir los ojos, Helena y Pablo continuaban junto a mí, pero también había otra persona. Lo reconocí en seguida: ¡Cayo! Mi viejo amigo. No obstante, estaba distinto, muy cambiado... Es verdad que siempre le había gustado estar a la última moda. Cayo era muy presumido. Pero... le encontré, por un lado, envejecido, con canas y arrugas. Como todos, después de tanto tiempo. Los años no pasan en balde. Pero también le encontré más delgado, mucho más delgado. Y vestía de una manera extraña, como si fuera uno de estos modernos hijos de pijos, con ropa cara y para mi gusto hortera. Sus ojos parecían cansados, con ojeras y marcadas arrugas. Su sonrisa era tibia. Lo cierto es que muy poco de él me recordaba al antiguo Cayo, a mi antiguo amigo. Lo tenía delante, pero no lo reconocía.
- Dijo que te conocía - me intentó explicar Pablo. Yo asentí con la cabeza tranquilizando a mi compañero.
- Cuidado Exiliada - me advirtió Helena -. Es uno de los terroristas arranios.
- Tú no eres arranio - le dije a Cayo.
- ¿No le vas a dar un abrazo a tu viejo amigo? - me dijo.
- ¿Te lo mereces?
Le corté. Él sí pensaba que nos abrazaríamos, reiríamos hablando de los viejos tiempos y... “pelillos a la mar”. Pero mi reacción cortante le sorprendió y le dejó indefenso.
- ¿Qué haces aquí? No sabía que habías vuelto.
- ¿Qué haces tú entre esta gente?
- Es una larga historia. Veo que no me has perdonado por apoyar al Comité Central.
- También es una larga historia.
Traté de incorporarme de la camilla. Helena corrió a ayudarme.
- Deberías de quedarte acostada - me recomendó la ciega, pero yo la ignoré.
No sin problemas pude ponerme en pie.
- Verónica te busca Cayo.
- ¿Verónica? ¿Está viva?
- Sí, os espera en Cáledon.
- Luego hablaremos de eso. Pero ahora tengo que intentar sacaros de aquí. No estáis en un buen sitio. Aquí detestan a los bolcheviques.
- ¿Y tú?
- No saben quién fui... Y además ya no soy bolchevique. No les digas nada que nos relacione por favor.
- Pero...
- No, escúchame. A penas supe que eras tú he venido a verte, pero me arriesgo mucho. Estamos con gente peligrosa. Me han dicho que veníais con otro, un arranio. No le he visto, pero parece que tiene tratos con el líder, con Gúlik. Gúlik es muy peligroso y odia todo lo relacionado con el bolchevismo. Dentro de poco iniciaremos una ofensiva. La desaprobaras, lo sé... Yo en otro tiempo también la desaprobaría, pero los tiempos han cambiado... Si colaboras con ellos tendréis una oportunidad de escapar, sino, no os dejarán salir.
- ¿Con ofensiva te refieres a un ataque terrorista?
Cayo me mostró su visible disgusto con mi definición, soltando un leve gruñido y negando con la cabeza, como si le decepcionara que no le comprendiera. ¿Qué no le comprendiera?
- Me refiero a una acción armada. ¡Estamos en guerra! Y no uses el vocabulario de la reacción. Y menos delante de ellos. Es tu…, vuestra única oportunidad. Ahora tengo que irme.
Guardamos un instante de silencio. Él esperaba alguna reacción por mi parte. Pensé que quizás era él, el que necesitaba un abrazo.
Yo entonces ya sabía que cuando abandoné el salón de plenos del Smolny, la sede bolchevique, tras mi comparecencia, él fue mi principal valedor... Pero sólo se había atrevido a hablar ¡cuando yo ya me había ido! En ningún momento me había dirigido una sola palabra de ánimo, consuelo, ayuda o aprobación… ¿Así actúan los amigos? No podía confundirme, Cayo era tan responsable como los demás de mi exilio, por muy positivas que fueran las razones que le empujaron a condenarme de esa manera. Además, mucho antes de mi comparecencia, cuando realmente se decidía el futuro, cuando se decidía lo que hoy estamos todos sufriendo, entonces, me había abandonado: a mí y a Jaime... No sé… ya no era él. Ya no era el amigo que había conocido. De acobardarse ante la guerra, ¿ahora apoyaba a los independentistas arranios? ¿Se sumaba a unos métodos, a unas ideas, completamente ajenas a todo lo que él había defendido? ¿Daba la espalda a todo por lo que había luchado?
Cayo comprendió sin necesidad de decirle nada mis reproches, mi desaprobación. Con aquellos ojos tristes y con un gesto de resignación, se dio media vuelta y abandonó la habitación. Definitivamente, era él el que necesitaba el abrazo.

8.9

- ¡Ja! ¡No sé qué nos haces a los hombres que nos dejas siempre atontados! - Exclamó Pablo.
-¿A qué te refieres? - le respondí, reconozco que haciéndome un poco la tonta.
-¡joder! ¡Ese pijo estirado está loquito por ti!
Siempre lo había sospechado. Siempre me lo había negado a mí misma. Pensaba que primero la guerra, luego el exilio y el paso del tiempo... Pero Pablo es muy observador. Helena, mientras tanto, sonreía escuchándonos con atención. No sé si la escena le divertía, le intrigaba o le preocupaba.
- ¡No! ¡No! Éramos amigos – insistí como si aquellas insinuaciones de Pablo fueran una locura.
- ¿No hubo nada entre vosotros? - preguntó Helena. 
- No. ¡En serio! Verónica sí lo pensaba. Sí lo sospechaba jejeje. No soportaba a Cayo. Pero no. Sólo éramos amigos. ¡En serio! Cayo, cuando nos conocimos, dejó caer alguna insinuación, alguna proposición, pero pronto se convenció de que no tenía nada que hacer conmigo.
Inevitablemente vinieron a mí recuerdos de Cayo. No de este Cayo, vestido de marca, envejecido y arrugado, sino de un Cayo joven y vigoroso tramando con Jaime cómo desafiar al Comité Central... Pero a la hora de la verdad no nos siguió, se quedó bajo los faldones protectores de Orestes y los suyos... Cuando años después me presenté ante la Ejecutiva, no sé… Ahora os lo puedo reconocer: tenía una vana ilusión de que Cayo intercedería por mí... Cuando leí las actas descubrí que sí lo había hecho... Y sin embargo... ¡Me había mostrado tan fría ante él! ¡Tan distante!...
Pasamos aproximadamente otra hora más esperando en aquel cuarto que hacía las veces de enfermería. Pablo ocupó mi lugar en la camilla y se echó una cabezadita.
- Siento como te traté en Davenport - le dije a Helena aprovechando los ronquidos de Pablo.
- Lo sé. Yo también he sido una estúpida - reconoció la ciega -. Quiero contarte algo. Quiero que sepas por qué me convertí en lo que soy.  Por qué he servido y a la vez odiado a Saúl hasta que te conocí. Pero no puedo contártelo aquí. No me fio de este sitio y no me fio de estos arranios.
- Descuida. Saldremos de esta y seré “todo oídos”.
- Gracias.

8.10

Pablo se reincorporó al escuchar como la puerta se abría una vez más. En esta ocasión era Víctor el que entró en la habitación, pero no lo hacía sólo, le acompañaba un tipo que rondaba los cuarenta años y que también llevaba bastón porque cojeaba de una pierna. Sin embargo, fue otro detalle de esa persona lo que atrajo poderosamente mi atención. ¡Su parecido! Era una copia rejuvenecida de Víctor. El parecido era impresionante: menos arrugas, sin bigote y en lugar de las canas, pelo intensamente negro.
- Por fin me encuentro con la famosa Exiliada - exclamó con un marcado acento arranio -. ¡Bienvenida a mi hogar! - e imitó el gesto de una reverencia.
- Te presento a Gúlik –nos indicó Víctor -. Es el líder de Sangre y Fuego el brazo armado de Llama Arrania.
- Y familiar tuyo, ¿supongo? –aventuró Pablo.
- jejejeje - Gúlik se carcajeo -. Este viejo traidor al que llamáis Víctor es mi tío, el hermano pequeño de mi padre.
Las palabras arranias, que pronunció Víctor cuando yo estaba tendida en el suelo herida y que nos salvaron, evitaron que termináramos como los policías, debían de hacer mención a su parentesco con ese tal Gúlik. ¿Por qué no nos había dicho nada antes? Ese contacto con Sangre y Fuego quizás nos hubiera venido muy bien para encontrar a Cayo, visto lo visto. Pero Víctor no tenía por qué saber que Cayo estaba infiltrado entre los independentistas. Era muy posible que Víctor quisiera mantenernos alejados de Sangre y Fuego, ya que sus dirigentes y militantes decían odiar a los bolcheviques. De entrada lo más probable era que los independentistas arranios no hubieran estado muy dispuestos a ayudarme, por muy ex bolchevique que yo fuera, a buscar antiguos dirigentes bolcheviques.
- Sé que eras una bolche. Todos te llaman la Exiliada. Si esos cerdos centralistas te exiliaron... Jajajaja, algo bueno habrías hecho. Mi querido tío dice que las BAB te buscan... Pero todo eso no te convierte en alguien de fiar. Apareces cuando vamos a iniciar una importante misión armada... Eso no puede ser una casualidad.
Los arranios tienen un acento muy musical y muy característico. A muchos habitantes de Arrania es lo único que les queda de su antiguo idioma. Gúlik tenía un acento muy marcado: Convertía las "bes" y "uves" en "efes", contaban con más vocales que las nuestras, y las "eses" las alargaba y les daba un sonido especial que yo no era capaz de imitar... Nada que ver con el estandarizado y pautado idioma común que hablaba Víctor. Eso solo podía significar que Víctor hacía mucho tiempo que vivía lejos de Arrania o que, conscientemente ocultaba su acento. Durante la guerra, varios de mis soldados eran arranios de Tímberlane. Recuerdo en concreto un par de milicianos: Karen y Relar, los dos muy valientes y abnegados. Karen trataba de ocultar su acento. Renegaba de su idioma y de su origen. Relar, sin embargo, lo enfatizaba lleno de orgullo. No era nacionalista, pero amaba su tierra, su cultura, su lengua… Os podéis imaginar que cuando se conocieron en mi batallón se odiaban, se llevaban como el perro y el gato. Tuvieron que pasar algunas batallas, algunas bajas y heridos para que estas tonterías se dejaran de lado: Todo mi batallón estaba unido, y a ninguno de mis hombres les molestaba o les importaba el acento arranio… Karen poco a poco se soltó y recuperó su identidad… mostrando un acento muy bonito.
- Mi maestro - continuó Gúlik sin darnos tiempo a decir nada- me dijo una vez que sólo podemos fiarnos de los que tienen sus manos tan manchadas de sangre como las tuyas... Mi querido tío dice que sólo estáis de paso, que buscáis a un prófugo de las BAB y que cuando lo encontréis volveréis a la República. Puede que sea cierto, pero también puede que todo eso sea una mentira. Os dejaré iros sólo si me ayudáis. Es una oferta que no podéis rechazar porque de lo contrario me tendré que deshacer de vosotros. No os puedo alojar aquí eternamente. Ran, que ha mostrado interés por vosotros, os explicará el plan. Buenas suerte amigos de mi tío, ex-bolchevique, querido tiito.
Gúlik se despidió con tanta educación como cinismo y, cojeando, salió de la habitación. Yo estaba atónita. Para conseguir una explicación busqué a Víctor con la mirada. Parecía incómodo con todo aquello, pero eso no era suficiente.

8.11

- ¿Seguro que ese Gúlik no es tu hijo? Porque “faya, osh pareceish como shi lo hufieras parido”.
Pablo se divertía a costa de Víctor imitando de manera cruel el acento arranio. No me gustó esa conducta. Ya os he hablado de Karen y Relar, pero había conocido a muchos otros valerosos arranios. Todas las calumnias que el gobierno republicano consentía para denigrar a los arranios eran eso mismo: calumnias. Pablo notó mi malestar y no volvió a reírse de los arranios.
- Mi familia es de Arrania -comenzó a explicar Víctor-. Yo mismo nací en un pueblo del interior, Harsh, se llama, pero pronto mis padres vinieron a Tímberlane a buscar trabajo. Mi hermano mayor, el padre de Gúlik, regresó al pueblo. Su familia siempre fue independentista. Yo en la ciudad me hice bolchevique. Ya con diecinueve me largué a Cáledon... No había regresado hasta hoy. Sabía que Gúlik estaba metido en Sangre y Fuego... No sospechaba que hubiera escalado tanto como para convertirse en su líder aquí en Tímberlane.
- ¿Querrían matarte las BAB por tu conexión con Gúlik? ¿Por eso envió el coronel Saúl a Helena para asesinarte? – pregunté.
- No, no. No creo que Saúl sepa nada de mi relación con Gúlik. Nadie lo sabía hasta ahora… Mirad, he llegado a un acuerdo con él. Nos dejara libres si le ayudamos en un atentado terrorista.
- ¡Cómo!
Eso no era posible. Esa fue mi primera reacción. Los bolcheviques no participaban en acciones de terrorismo individual, así lo caracterizábamos. El gobierno nos acusaba de poner bombas y sembrar el caos por todo el país, pero esos no son nuestros métodos. Nunca lo fueron. Sí es cierto que he matado gente. ¡Quién no lo ha hecho en una guerra! Solo sobrevive el que mata. Esa es la pura realidad. Y también he matado a inocentes, aunque nada en comparación a las barbaridades cometidas por los fascistas. Pero yo creo que una cosa es una guerra y otra cosa es hacer un atentado. ¡No sirven para nada! Al general, ministro o comisario que te cargas le sustituye otro, igual o peor y además el gobierno utiliza el terrorismo como argumento para armarse más y mejor. Pero lo más importante: el terrorista se cree que él y sus cojones son armas suficientes para derrotar a un enemigo mucho mejor armado... El terrorista minusvalora las acciones masivas, la fuerza organizada... ¡Espera un momento! Quizás eso era lo que nos pasaba, en parte, a los que seguimos a Jaime... Pensábamos... Yo pensaba que yo y mis ovarios -en este caso- nos bastábamos... ¡No! No voy a dar, después de tanto tiempo, la razón al Comité Central. ¡Aquello era diferente! En todo caso, yo no iba a poner ninguna bomba.
- Yo no voy a poner ninguna bomba, Víctor. Ya tengo bastante a mis espaldas con todo lo que ha pasado desde mi llegada como para ahora hacer algo que en toda mi vida he rechazado.
- ¿Nunca has organizado un atentado? - me preguntó Pablo incrédulo, sin duda intoxicado aun por toda la propaganda del gobierno.
- ¡Claro que no! Los bolcheviques rechazamos esos métodos – Pablo estaba sorprendido.
- Estamos en sus manos Exiliada. Nos tienen. Y sabes que los independentistas arranios odian a los bolcheviques. Los odian casi más que a la República. Les acusan de todo. Están convencidos de que Arrania no es independiente por culpa de los bolcheviques.
- Eso es absurdo.
- Da igual que sea absurdo. Si se enteran de que buscas a un antiguo dirigente bolchevique nos matarán. Si se enteran de que vienes de parte de Verónica, nos matarán. Nuestra única esperanza es ayudarles.
- Cayo está aquí infiltrado - informé a Víctor. El anciano se sobresaltó.
- ¿Está aquí?
- Sí, vino antes a vernos. Lleva tiempo aquí infiltrado.
- ¿Es el que vino antes a veros, cuando yo estaba con mi sobrino? ¡Ese es Ran! El que, precisamente tiene que explicaros el atentado… Eso sólo puede significar que Gúlik sospecha algo y ese atentado que nos prepara es una trampa.

8.12

Efectivamente.
Gúlik sospechaba de Ran y de nosotros.
Suele suceder que algunos espíritus aventureros que, por un lado, desconfían de los trabajadores, de su capacidad de lucha y sacrificio, por otro, dan pábulo a todas las teorías conspiranoides posibles. Gúlik era de ellos. Veía la mano de sus enemigos por todas partes. Creía estar rodeado de espías y pensaba que numerosos planes le apuntaban a él como libertador de Arrania.
- Ella era una destacada bolchevique, de la facción de Jaime. - le dijo una mujer aproximadamente de mi edad de ojos y cabello oscuro.
- Muchos leales patriotas se dejaron engañar por Jaime y le siguieron a la muerte. Los social-centralistas se disfrazaron de bolcheviques para engañar a la juventud de Arrania - le explicó Gúlik.
- Pero los bolcheviques decían luchar contra la socialdemocracia.
- Era todo hipocresía. En tiempos de crisis, los social-centralistas necesitaban un disfraz más radical. La guerra fue una coartada para volver a ocupar militarmente nuestra tierra. ¡Fíjate! Republicanos y fascistas son ahora amigos y aliados mientras mantienen la opresión sobre nuestro pueblo.
Un tercer hombre, engominado y vestido de traje –lo que le hacía contrastar vivamente con los miembros de Sangre y Fuego-, escuchaba impaciente la conversación entre Gúlik y la mujer. En ese punto decidió interrumpirles:
- Nuestros amigos comunes se impacientan, Gúlik. Han financiado la operación para conseguir resultados y se impacientan.
- ¡Qué esperen el momento idóneo! - Gúlik se mostró irritado -. Ahora se creen todopoderosos porque tienen el dinero, pero a la hora de la verdad nos necesitarán y entonces implorarán nuestra ayuda.
- Pero sí deberíamos continuar con los preparativos - apuntó la mujer.
- Tienes razón Raia - ya sabemos cómo se llama la mujer -, pero la llegada de mi tío lo ha enturbiado todo. No puede ser una casualidad. Me ha prometido colaboración futura si no desvelo quién es realmente. La ex-bolchevique y sus acompañantes no saben nada.
- ¿Te fías de él?
- En absoluto. Él es muy poderoso, sin embargo, ahora me pide ayuda… pero no tendrá ningún escrúpulo en seguir persiguiendo a los patriotas si se sale con la suya. Tenerlo aquí puede suponer una gran oportunidad, pero también muchísimos riesgos. Por ahora, su presencia debe de seguir siendo un secreto. Nadie debe de saberlo – y miró con atención al hombre, que asintió discretamente.
- ¡Cómo detesto a los renegados! – Exclamó Raia. Renegados eran los arranios que según los independentistas, se pasaban al campo de los centralistas.
- Dile a nuestros amigos que mañana iniciaremos la operación - le comunicó finalmente Gúlik al hombre –. Pero ni una palabra sobre mi tío. ¡Raia! Necesito que vigiles a Ran. No me fio de él. Creo que nos esconde muchas cosas. Y ese interés por los amigos de mi tío... No es trigo limpio. Si alguno de ese grupo se niega a cumplir las órdenes ya sabes qué hacer.
- ¿Y tu tío?
- No. Mi tío es más valioso vivo...
El hombre trajeado pidió permiso para irse y abandonó la sala en la que estaban. Gúlik continuó conversando con Raia:
- Estamos cerca. ¡Estamos muy cerca! Hemos soportado muchas amarguras. Pero ya estamos cerca.
- Es deprimente que tengamos que soportar a los burguesitos en todo esto - se quejó Raia, seguramente en referencia al hombre que se acababa de marchar.
- Lo sé. Son unos cobardes. No dan la cara. Pero ahora les interesa financiarnos, siempre que en nuestras acciones eliminemos a alguno de sus competidores foráneos. Pero nunca te fíes de ellos. A la mínima que les apriete el gobierno, que les ofrezcan alguna chuchería, nos venderán para salvarse ellos. Por eso esta operación es tan importante, porque demostraremos toda nuestra fuerza.

8.13

Hacía tiempo que no tenía pesadillas. Desde New Haven.
Sin embargo, esa noche en Tímberlane fue muy mala. Por un lado haberme pasado todo el día tumbada no me ayudaba a conciliar el sueño. El dolor de la herida tampoco contribuía. Pero además me sentía muy nerviosa. Escuchaba los ronquidos de Pablo y notaba la presencia más etérea de Helena. Me habían dejado la cama y ellos dormían sentados sobre unas butacas que no parecían muy cómodas. Víctor estaba fuera. Supusimos que con su sobrino.
Intentando dormir terminé repasando toda mi estancia en la República... Desde mi llegada a Cáledon, el hospital, Verónica, New Haven, Davenport... hasta llegar a Cayo. Verónica, pese a sus extraños métodos con las tres hermanas, quería reconstruir el Partido. Orestes, seguía siendo un arrogante, pero aparentemente se mantenía más entero, aunque no compartía su balance sobre cómo había resuelto el pogromo. Luisma nunca había sido la alegría de la huerta y estaba completamente desmoralizado, pero ¡Cayo! Cayo estaba irreconocible... Y luego estaba esa “misión” que nos quería encomendar Gúlik.
Hubo un momento en que no recuerdo si pensaba o soñaba... O se mezclaban las dos cosas.
Había vuelto a Davenport, pero estaba con Cayo mirando los dos el mar. Las olas rugían, pero no me tranquilizaban como de costumbre. Me giré: Víctor se desangraba por su mano herida. Detrás estaba Helena que también se desangraba por la bala que le había atravesado en New Haven. También estaba Pablo. Su herida no se podía ver, pero era la más grave. Fueron cayendo, uno tras otros, a mis pies. Creo que muertos. Sus cadáveres formaban un pasillo macabro en dirección a uno de los contenedores del puerto.
- Continúa con tu misión - me susurró Cayo.
Avancé llorando por mis compañeros muertos y entré en el contenedor. Dentro me esperaba Luisma. Observaba impasible el cadáver de Orestes al que yo había disparado. El antiguo líder bolchevique se giró y me miró:
- Estás aquí para esto - Me lo dijo con una tranquilidad, como si él deseara que realmente le matara.
Yo estaba armada. Apunté y disparé y no dejé de llorar ni un momento.
Escuché entonces un ruido a mi espalda. Era yo de adolescente, con el megáfono, como la foto que me había dado Orestes. Mi yo de adolescente salió corriendo del contenedor y yo la seguí. Corrí tras ella, pero ya no estaba en Davenport, ni en New Haven, ni en ningún lugar conocido... Estábamos en un camino de barro, atravesando unas montañas con el cielo anaranjado. No lo conocía, pero me sonaba… Y seguíamos corriendo y corriendo y la muchacha me llevó... ¡ante Jaime!
Desperté sobresaltada. No pude dormir más aquella noche. Me puse a pensar en mi sueño. En el que había tenido en New Haven con la muerte de Orestes y el que había tenido ahora. Estuve por llamar a Roger y a Melisán para saber si Orestes y Luisma seguían vivos... Pero vi la hora que era -muy de madrugada- y me pareció absurdo.

8.14

Volvemos a Cáledon. Pero no por gusto.
Cuando yo estaba luchando contra mis nervios para tratar de dormir algo, el coronel Saúl conjuraba los suyos con una cafetera de café y café más negro que la noche, sentado en su despacho de El Castillo, la sede del Ministerio Especial de Pacificación en Cáledon, tras varios memorándum e informes.
Mientras sorbía el café de su taza, sin levantar la mirada del líquido, con la cabeza indicaba al oficial de nariz aguileña que pasara y le informara. Éste entró. Parecía muy cansado, con ojeras, mucho sueño. De hecho reaccionó con deseo cuando respiró el aroma de café que inundaba todo el despacho. Por supuesto, el coronel Saúl ignoró las necesidades de su colaborador.
- Nuestros informadores - explicaba el oficial- confirman que la Exiliada ha sido la responsable de la pelea de New Haven y de los tumultos de Davenport.
- New Haven y Davenport... - la voz cansada pero audible del oficial fue sucedida por los susurros tranquilos de Saúl - ¿Está él con ella?
- Sí señor. Y también está su asesina.
El oficial esperaba alguna respuesta de su superior ante la información, pero ante la impasibilidad del coronel, el oficial continuó hablando:
- Varios testigos han identificado a una semita ciega, junto a un anciano, un jovencito moreno y la Exiliada: negra, rondando los treinta, atractiva... La asesina se les ha unido.
- Helena es leal.
La insistencia del oficial irritó al coronel Saúl. Apoyó con cierta violencia la taza de café sobre el escritorio y cambió sus susurros por una voz más clara y firme. El oficial se alarmó, temeroso de que se hubiera extralimitado.
- Helena -volvieron los susurros - tiene órdenes de terminar con el viejo, pero sin despertar sospechas en la Exiliada. Se habrá unido a ese grupo para poder cumplir con su misión.
- ¡Sí señor!
- Cáledon, New Haven y Davenport...
El coronel Saúl guardó un momento de reflexión. Sus pensamientos le llevaron lejos de aquellas paredes. Su mirada parecía escrutar historias que a su oficial se le escapaban. Asintiendo levemente, procedió a rellenar su taza con el café de la cafetera. Acto seguido tomo un nuevo sorbo y presionó un botón de su mesa: un compartimento en su superficie se abrió y salió un ordenador portátil. Introdujo varios códigos y revisó varios archivos hasta que su rostro se iluminó, parecía que había dado con lo que buscaba. El oficial estaba intrigado pero no se atrevía a interrumpir al coronel mientras leía sin parar la información que aparecía en la pantalla del ordenador.
-¡Aha! - interrumpió su lectura. Empiezo a descifrar lo que está pasando. Es la utilidad de guardar todos los informes, todos los expedientes... Y lo más importante: ya sé con quién negociar jejeje para conocer los próximos movimientos de la Exiliada.
El coronel sonreía y parecía satisfecho. Como recompensa se tomó otro sorbo de café.
- ¿Qué instrucciones damos a nuestros agentes de New Haven y Davenport? –preguntó el oficial.
- Limpieza. Quiero que se limpie todo. Todo aquel que haya tenido contacto con la Exiliada en ambas ciudades. Limpieza total.
- ¡Sí señor!


FINAL DEL CAPÍTULO 8