Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

jueves, 29 de agosto de 2013

Capítulo 1 La Exiliada (completo y corregido)

1. LA EXILIADA

1.1

Abrí los ojos.
Pero sólo veía sombras. Sobresaltada, por acto reflejo me incorporé… y me encontré sentada en una camilla. Estaba en una habitación oscura que parecía de hospital. Noté que mi cuerpo estaba desnudo, tan solo cubierta por una sábana ligera y un camisón. También me dolía la cabeza, estaba desorientada y no recordaba qué hacía allí. Miré a mi alrededor: Estaba en lo cierto, parecía una habitación de hospital, pero la ventana estaba asegurada con barrotes y la puerta parecía muy robusta y... ¡Espera un momento! Tenía mi muñeca izquierda esposada a la camilla. Eso me asustó. Tiré instintivamente de mi brazo apresado. Pero no conseguí ningún resultado.
Además, no estaba sola. En la habitación había un extraño: en frente mía, un anciano parecía dormitar sentado en una silla. No entendía nada de lo que estaba pasando.
Pasaban los segundos mientras me espabilaba, procurando no perder de vista al anciano: era de poblado cabello canoso y frondoso bigote, vestía un traje de pana parduzca. Con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en la pared, emitía leves ronquidos y, de cuando en cuando, cabeceaba. Parecía un elegante abuelete, pero, pese a su aspecto inofensivo –muchos hombres peligrosos eso parecen cuando duermen- no le había visto en mi vida... O al menos que yo recordara. Y eso era lo que más me preocupaba: ¿Qué había pasado? Me encontraba perdida. ¿Y ese dolor de cabeza? Me llevé la mano derecha a la sien. Parecía como si un pálpito me taladrara el cerebro.
Trate de recordar, aun a costa de más dolor: Volvía. Volvía de mi exilio. Estaba sentada en un autobús camino de Cáledon. Después de años, no podía estar más tiempo vagabundeando por el Continente. Sin rumbo, sin objetivo… Había sentido un fuerte impulso de volver. Necesitaba regresar a la República.
En el lado continental de la frontera conocía a un viejo amigo. Un antiguo guerrillero. Durante las guerras civiles ya nos había ayudado a pasar la frontera a los camaradas y refugiados. Me consiguió, no con dificultad, unos papeles falsos a nombre de “Atenea Libertad”. No dejaba de tener gracia ese nombre. Pero era un nombre real, de una mujer de color como yo, de edad cercana a la mía, que vivía plácidamente en una atrasada zona rural del interior de la República. En su rutinario modo de vida, al margen de complicaciones, guerras y conspiraciones políticas varias, nunca sospecharía que su alter ego era una exiliada que trata de regresar.
Recordé cómo en la frontera había tomado el autobús. Estaba nerviosa… No. Estaba excitada. Me veía tan cerca… y no tenía ni idea de lo que haría una vez estuviera en Cáledon. Yo sabía que no debía bajar la guardia, pero una vez sentada en el transporte, el cansancio del viaje y las curvas del camino pudieron conmigo. Cerré los ojos...
Y desperté en aquella habitación, sin más recuerdos, con un terrible dolor de cabeza, casi desnuda, esposada a una camilla y acompañada de un anciano.

1.2

Allí sentada forcé la vista para explorar la habitación: No quería que ningún detalle se me escapara. A mi izquierda había un pequeño cuarto cerrado que debía de ser el baño; a mi derecha, justo al lado de la cama, tenía una mesita vacía… y poco más. Traté de mirar a través de los barrotes: la ventana estaba limpia y pese a la oscuridad se veía bastante bien: era de noche... pero… ¿Esos brillos? Se veían luces en movimiento, luces rojas y azules. Y eso, sólo podía significar una cosa ¡Afuera estaba la policía! ¿Afuera? ¿Rodeaban el edificio? Entonces… ¿quién me había esposado? ¿Quién me retenía si no era la policía?
El anciano, hasta entonces, no había dejado de dormir. Carraspeó algo y se cambió de postura, pero para seguir durmiendo algo más cómodo. Pensé que había llegado el momento de despertarle. Necesitaba respuestas.
- ¡Usted! ¡Oiga! ¡Señor!
El anciano abrió primero un ojo y, muy lentamente, como si tuviera que pedirle permiso, abrió el otro.
- Veo, muchacha, que por fin te has despertado. - Bostezó y al tiempo me mostró que su muñeca derecha estaba también esposada, en este caso a un radiador.
- ¿Quién es usted? ¿Qué hago aquí? ¿Estoy presa?
- Mmm… Sí, te buscaban a ti. Pero no la policía, la policía está fuera... Muchacha, no hay tiempo para preguntas.
Usando de manera patosa su mano zurda, sacó del bolsillo de su chaqueta una horquilla del pelo. Alargó el brazo y, con esfuerzo, la posó sobre mi cama. Me clavó la mirada como esperando que yo supiera lo que tenía qué hacer. Pero no se equivocó: con un rápido impulso me estiré, cogí la horquilla y comencé a juguetear con la esposa que me apresaba hasta que, por fin, quedé liberada.
Mientas me frotaba la muñeca, ahora sin ninguna atadura, devolví la mirada al anciano.
- Se aprendían muchas cosas en las milicias de Jaime, ¿verdad muchacha? - me dijo mientras se atusaba el bigote. Aquella referencia a mi pasado con Jaime me dejó por un instante helada. Si él sabía quién era, otros podrían también saberlo. Por eso estaba allí retenida.
Me incorporé de un saltó olvidándome de mi estado casi desnudo. El anciano giró la cara ruborizado, tratando de evitar encontrarse con mi cuerpo. Entonces me percaté de mi desnudez: De adolescente me gustaban mis curvas, pero aquellos años habían pasado. Ahora tenía celulitis, estrías, algo de barriga y la gravedad derrotaba a mis pechos. Me dio vergüenza que un desconocido me viera así. ¿Pero qué podía hacer? No vi ropa a mí alrededor, así que me resigné y decidí olvidar todo aquello y centrarme en averiguar qué estaba pasando.
Me acerqué primero a la ventana, tratando de ver algo más. Salvo los brillos rojos y azules no podía distinguir nada de nada. Luego fui hacia el baño, con el vano deseo de que allí estuviera mi ropa. Toqué la puerta, fría y cerrada. ¡Mierda! Me giré de nuevo hacia la camilla y a allí estaba el historial médico. Lo ojeé:
"Paciente desconocida e indocumentada. - ¿y los papeles de Atenea Libertad que tanto me había costado conseguir? - Ingresada con conmoción cerebral y hematomas leves. Firmado: Doctor Hierba.
- ¿Es usted el doctor Hierba? - pregunté al anciano segura de que no lo era.
- No, pero ellos piensan que sí. Le recomiendo que me quite las esposas y salgamos de aquí.
- No le conozco y no sé nada de usted. No me fío.
- ¿No le basta con saber que le he salvado la vida, muchacha? Del autobús. - Del autobús... Hice un nuevo esfuerzo para tratar de recordar. ¿Había tenido un accidente?
Ignoré la petición del anciano y, de nuevo con la horquilla, me empleé a fondo para manipular la cerradura de la puerta. Sin más instrumentos, la puerta me resultó mucho más difícil de manejar que la esposa. Con suavidad y muy concentrada movía la horquilla rememorando otras épocas pasadas. Cuando por fin sonó el deseado clic, me dispuse a explorar lo que había fuera de la habitación.
- Voy a echar un vistazo, volveré a por usted.

1.3

El anciano era misterioso. Parecía afable y sereno, pero a la vez críptico, enigmático… Ante “ellos” se hacía pasar por un tal doctor Hierba. ¿Ante quienes? Decía haberme rescatado de un accidente, ¿en el autobús? Sabía de mi pasado con Jaime...
Pero lo primero es lo primero. Luego volvería a por el anciano. Me aseguré de no oír nada al otro lado de la puerta y la abrí con suavidad. Lo justo para asomar la cabeza. Miré a un lado y a otro. Sólo un pasillo oscuro. Por fin salí, cerrando la puerta tras de mí.
Camillas y sillas de ruedas abandonadas por el pasillo. Oscuridad, silencio… Me acordé de una película de terror que había visto de niña. Una escena transcurría en un hospital abandonado: al paciente, inmovilizado en una camilla, misteriosos enfermeros, a los que nunca se les veía el rostro, le hacían recorrer unos pasillos cada vez más lúgubres… directo hacia el infierno. Aquel pasillo revivió en mí la misma sensación nerviosa, mezcla de tensión y temor, que había sentido viendo la película.
Al fondo del pasillo había otra ventana con barrotes. En el otro sentido una puerta que unía aquella zona con el resto del edificio. A ambos lados, otras habitaciones cerradas. Sigilosamente me deslicé hasta la ventana. Desde ahí la perspectiva era más clara que en mi habitación: Estaba en un complejo hospitalario formado por varios edificios. No lo conocía, aunque hacía muchos años que no pisaba Cáledon... Si es que allí me encontraba. Fuera había numerosos coches patrulla y camiones blindados de la policía con sus características luces rojas y azules. Parecía que acordonaban el edificio.
Me volví sobre mis pasos para acercarme a la puerta de salida, pero a mitad de camino escuché como su manilla gemía y comenzaba a girarse. Alguien abría la puerta desde afuera. Pensé primero en esconderme bajo una camilla, pero con el rabillo del ojo vi una pequeña puerta de servicio a mi derecha que estaba entreabierta. Reaccioné con rapidez. Mis reflejos, desentrenados por el exilio, no estaban tan atrofiados como me había imaginado. Me dejé caer dentro y cerré la puerta. ¡Justo a tiempo! Pensé.
Era un pequeño almacén lleno de utensilios de limpieza, escobas, fregonas... Y un hombre.

1.4

Bueno, lo que se dice un hombre... Me encontré con un muchacho que parecía más asustado por mi presencia que yo por la suya: Poco más de veinte años, si los tenía. Más alto y delgado que yo, de pelo corto y moreno, rasgos bastante marcados, el chico creía protegerse sujetando nervioso una escoba. Llevaba un pijama gris, así que parecía otro paciente de hospital. Sólo cuando me vio mejor y se dio cuenta de que yo era una chica y que además estaba casi desnuda, su expresión cambió de miedo… a interés. Recordé, incomoda, que sólo el camisón cubría, a duras penas, mi cuerpo. Me dio vergüenza… y me enojé con el muchacho.
- Hola - Me dijo con un susurro y una sonrisa socarrona. Yo le devolví el saludo con cierta indiferencia y me volví, dándole la espalda, para prestar atención a lo que pudiera pasar al otro lado de la puerta.
- ¿Quién eres? - insistió el chico.
Comenzaba a irritarme. Me preocupaba el pasillo. Estaba concentrada tratando de oír algo y cualquier ruido me molestaba. Le respondí mandándole callar. ¿Y si nos escuchaba quién diablos hubiera entrado en el pasillo? Me esforcé en escuchar a través de la puerta, pero no distinguí ningún sonido. Sólo oía la respiración acelerada del chico. Notaba su aliento en mi nuca y eso me incomodaba aún más.
- Me llamo Pablo. ¿Y tú?
Le lancé una mirada glacial, pero él me devolvió aquella sonrisa suya, cada vez más estúpida.
- ¿Dónde estamos? - le pregunté finalmente, tratando de tranquilizarme.
- ¿Cómo que donde estamos? - me respondió incrédulo - pues en un armario...
- No, no… Me refiero al lugar, la ciudad. - el chico, Pablo, no daba crédito.
- ¿No lo sabes? Pues el hospital Doctor Vénder de Cáledon.
Así que sí que estaba en Cáledon al fin y al cabo. Pero aquel hospital debía de ser nuevo, por eso no lo había reconocido. Había pasado tanto tiempo…
-  ¿Tú quién eres y qué haces aquí? ¿Qué ha pasado?
- Ya sabía yo que así vestida, jejeje, no eras de ellos. – “niñato”, pensé - No sé qué pasó. Hubo ruido, disparos... Yo solía meterme aquí a fumar, lejos de las enfermeras... Y aquí me pilló todo el barullo. Y aquí me quedé hasta ahora.
- Todo un héroe.
- Oye, yo te he dicho mi nombre, ¿tú no me vas a decir cómo te llamas?
Le respondí girándome nuevamente y acercándome a la puerta para tratar de volver a escuchar. Noté entonces una mano rozándome el trasero.
-¡Ay! - exclamó el muchacho tras mi contundente bofetada. “A este niñato le faltaba un hervor, ¡cómo se atrevía!”, pensé entonces indignada.
Pero su grito podía haber revelado el escondite.

1.5

Volví a escuchar con atención a través de la puerta. No parecía haber nadie.
- Al principio hacían rondas - dijo Pablo aun doloriéndose del bofetón - pero dejé de escucharles. Creo que ya no salen al pasillo.
- ¿Y por qué no has salido de aquí?
- ¿Para ir a dónde? No señora. Además para salir del pabellón psiquiátrico hay que pasar por la cabina de los vigilantes.
- ¿Este es el pabellón psiquiátrico?
- Sí… ¡pero yo no soy de este pabellón! - respondió el muchacho muy nervioso - Yo venía aquí... a fumar... Sí, a fumar, soy fumador. El lío este me pilló fumando. Estoy ingresado porque me hirieron, sí, estaba herido, ¡mira! - Y trató de enseñarme la barriga. Yo lo impedí, pero su forma tan alterada de actuar me demostraba que sí que debía de ser del pabellón psiquiátrico.
- Voy a salir. ¡Quédate aquí! – le ordené.
Y abrí suavemente la puerta. Por la ranura, eché una mirada afuera. No había nadie, pero en esta ocasión tome precauciones: agarré con fuerza una escoba y me deslicé por la pared hacia la puerta principal del pasillo. Supuse que allí estaría la cabina de los vigilantes mencionada por Pablo.
No había avanzado un par de metros cuando noté tras de mí al muchacho. Estaba muerto de miedo, pero había decidido acompañarme. Le hice un gesto para que fuera sigiloso y continué avanzando.
Ya cerca de la puerta escuché a alguien: El vigilante. Parecía solo. Recordé entonces un truco de la milicia. Indiqué a Pablo que se quedara quieto frente a la puerta, pero a cierta distancia, y que se quedara allí pasara lo que pasara.
- ¿Lo entiendes? Pase lo que pase –el insistí.
Entonces yo me coloqué de tal manera que la puerta al abrirse me ocultara. Llamé con los nudillos y, como sucedía en un noventa por ciento de las veces, el vigilante picó el anzuelo: Abrió la puerta y se dirigió hacia un aterrorizado Pablo. Me dio la espalda lo justo para romper mi escoba en su cabeza. El vigilante cayó al suelo redondo.
Pero no era un vigilante del hospital, ni de ningún servicio de seguridad que yo conociera. Parecía una especie de paramilitar, vestido de negro con pasamontañas, chaleco, pistola, cuchillo...
Pero no me dio tiempo a mucho más. Había descuidado mi espalda:
- ¡Alto ahí! - otro paramilitar encapuchado me señalaba mientras buscaba su pistola.
No tuvo tiempo de desenfundarla. Hubo alguien que fue mucho más rápido. Más rápido que el paramilitar y más rápido que yo: ¡Pablo! El muchacho había cogido la pistola del primer paramilitar que yacía en el suelo y, sin pensárselo, disparó una acertada bala a la cabeza del segundo.
El cadáver cayó de bruces ante mí, sin que yo supiera muy bien qué hacer. Estaba absolutamente paralizada. ¿Quiénes eran esos paramilitares? Y, más urgente aún, ¿quién era ese Pablo? El muchacho había demostrado tanta sangre fría como para, en fracciones de segundo, recoger el arma del primer paramilitar, apuntar y disparar certeramente en la penumbra de aquel pasillo a un hombre en movimiento y dispuesto a desenfundar. Una vez efectuado el disparo, Pablo dejó caer la pistola al suelo y él mismo se desplomó con los ojos desorbitados, gritando y llevándose las manos a la cabeza. Era como si su disparo hubiese sido algún tipo de acto reflejo, procedente de lo más profundo de su subconsciente y ahora volvía a ser un chico inocente, nervioso, alterado y aterrado.
- ¿Do... Dónde aprendiste a hacer eso? - le pregunté muy nerviosa - ¿Estás bien? - me acerqué lentamente hacia é. Se acurrucaba apoyado en la pared, casi llorando. Aparte la pistola empujándola lejos con el pie y con mi mano acaricié con suavidad su espalda, tratando de consolarle. No obtuve respuestas, pero el muchacho se tranquilizó. Por fin se incorporó y vi que se avergonzaba de estar llorando: No era capaz ni de cruzar su mirada conmigo y mucho menos con el cadáver del paramilitar, ahí mismo tumbado sobre un charco de sangre, con un agujero en la cabeza y los ojos abiertos mirando al infinito.

1.6

Deje de atender a Pablo y me fijé en el paramilitar inconsciente: comenzaba a reanimarse. No podía perder más tiempo. El disparo tenía que haberse oído en todo el edificio. Tenía que pensar rápido. Con un trozo de la escoba volví a golpearle. Cogí la pistola utilizada por Pablo y registre tanto al cadáver como al inconsciente. El muerto tenía su pistola, un walkie-talkie, una linterna y un llavero con llaves de puertas y de... esposas. ¡El anciano!
Volví corriendo a mi habitación. El anciano seguía allí tranquilo, casi somnoliento, inevitablemente había escuchado el disparo. Por un momento pensé en dejarle allí, pero quizás le necesitara. No sabía quién era, pero él sí me conocía. Con las llaves, le quité las esposas y sin perder ni un segundo regresé junto con Pablo para usar la esposa recién adquirida. Así podía inmovilizar definitivamente al paramilitar golpeado. El anciano me siguió con mucha tranquilidad, incluso parsimonia. Ni se inmutó al ver el cadáver, pero si parecía disgustado ante la presencia de Pablo. Éste se había vuelto a acurrucar en el suelo del pasillo, pálido y con los ojos rojos.
- ¿Qué hace aquí este niño? - preguntó el anciano.
Pero no tenía tiempo de responderle. Con las llaves y la pistola -olvidando la pistola del otro paramilitar- pasé a la cabina del vigilante, ahora vacía.
Era una sala con forma de “x”. Comunicaba cuatro alas de aquel piso con otra zona cerrada que debía conducir a los ascensores y escaleras. Al lado de esta puerta había una cabina con equipo informático y de vigilancia. Había seis pantallas apagadas. En toda la planta no funcionaba ningún dispositivo eléctrico. Debían de haber cortado la corriente. Probé el llavero del paramilitar. Ninguna de las llaves abría la puerta de salida. Pero al acercarme pude escuchar al otro lado de la puerta un inconfundible, pero aún lejano, sonido de botas.
Opté por ganar tiempo: Requerí al anciano que me ayudara. Era mayor, pero no parecía artrítico. Juntos empujamos las camillas diseminadas por el pasillo y los muebles de aquella sala para bloquear la puerta. Pablo al vernos se incorporó a la tarea aportando a la barricada todo lo que veía a mano. El trabajo le animaba.
Revisé los otros pasillos. Estaban desiertos, aunque en uno de ellos encontré un uniforme de limpiadora de color azul celeste. Me lo puse sin pensármelo dos veces, pantalones y chaquetita. ¡Por fin tapada! Pablo no ocultó su disgusto cuando me vio vestida.
- ¡Venga! ¡Esos trapos no te favorecen! – Exclamó el muchacho que hasta entonces, con más o menos disimulo no había dejado de mirarme el culo.
- Lo siento, Pablo – le respondí sonriendo- Lamentablemente tenemos un conflicto de intereses. Estaba cansada de enseñar el culo… ¡Sobretodo porque tú no dejabas de mirármelo!
- ¡No miro el culo de cualquiera! Deberías sentirte alagada.
Pablo arrancó de mí una risa. Lo necesitaba y se lo agradecía. Sin embargo, no podía perder el tiempo. Mi cabeza no podía dejar de prestar atención a la barricada. Era muy precaria. ¿Qué íbamos a hacer allí atrapados? ¿Y ahora qué?
Pues en ese momento se encendieron las luces de toda la planta. Recuerdo que nos asustamos los tres al escuchar el zumbido de los fluorescentes. En la cabina el equipo de vigilancia y las pantallas también volvieron a funcionar. Cuatro pantallas mostraban cada una un ala del pabellón: los tres pasillos desiertos y el pabellón del que procedíamos, con los paramilitares, el muerto y el esposado. En otra pantalla se veía la cabina de vigilancia, y a nosotros en ella. Pablo se puso a agitar los brazos para verse en la pantalla y averiguar la localización de la cámara. La sexta pantalla nos mostró la salida cerrada. Estaban los ascensores, escaleras para subir y bajar y otros tres paramilitares, armados esta vez con automáticas. ¿Esperando qué?
Debí de pensar en voz alta, porque una voz me respondió a través de un intercomunicador del equipo de vigilancia de la cabina:
- Parece que ya se ha abortado tu insignificante intento de fuga, Exiliada.
Era una voz madura y grave, con un toque de ronquera, aunque esa sensación podía provocarla las interferencias radiofónicas.
-  Perdona que no me haya presentado antes, querida, pero hemos tenido un pequeño problema eléctrico. Nada grave, ya lo he solucionado. Veo que aprovechaste ese lapso de tiempo para hacerte con el control de la planta.  Jejeje.  Disfrútala mientras puedas, porque en un rato llegará nuestro transporte y te llevaré conmigo lejos de aquí. Jejeje.
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?- pregunté, pero no hubo respuesta.
- Te quiere a ti, Exiliada. - Era el anciano el que ahora hablaba. - No sé de quién es esa voz. Seguramente un mercenario. Sabes que el gobierno paga muy bien por la cabeza de una bolchevique.
- ¡Yo ya no soy bolchevique! - contesté contrariada.
- Pero lo eras. Una revolucionaria profesional, ni más ni menos. Además muy destacada. Fuiste una de las que siguió a Jaime en la guerra contra las Potencias Fascistas, pero luego, cuando comenzó la guerra civil, le abandonaste y te exiliaste.
¿Quién era ese anciano? ¿Por qué sabía todo eso de mí?
- Descuida, muchacha. Yo también fui bolchevique. Hace mucho tiempo - se detuvo un instante y su mirada se perdió. El anciano parecía rememorar una época lejana y pasada. - Pero mucho antes de que tú fueras liberada lo dejé... Por diferencias. Pero después… todo lo que pasó, la guerra contra el fascismo, la guerra civil... – sonrió levemente - Y ahora… No me extrañaría que esos paramilitares hubieran provocado el accidente del autobús. – Dejó de divagar y se volvió a centrar en el presente - Fue una suerte que aquel hombre calvo te sacara del autobús y yo pudiera atenderte.
-¿Hombre calvo?
- ¿No recuerdas nada, verdad? - continuó el anciano. – Hubo una explosión en el autobús en el que viajabas. Todo fue muy raro. Yo estaba allí de casualidad. Venía en coche hacia el hospital. Me pareció una explosión interna... El hombre calvo salió de entre los hierros arrastrándote. Paró mi coche y me obligó a que te subiera y viniéramos al hospital. Me dijo que era importante. Y entonces te reconocí. Tuviste mucha suerte. Apenas nos fuimos llegaron las ambulancias... Y también la policía.
- ¿Y qué fue de ese hombre calvo? Parece que le debo la vida.
- No lo sé. Desapareció cuando llegamos al hospital. Pero escucha, no tenemos tiempo. Esos hombres saben quién eres. No sé exactamente qué quieren, pero no será bueno. Tenemos que encontrar una manera de salir de aquí.
¡Qué fácil era decir eso! ¡Teníamos que encontrar una manera de salir de allí! ¡Pero todo estaba transcurriendo tan rápido! ¡Y ese dolor de cabeza! Con tanto ajetreo casi me había olvidado de él, pero ahora volvía con más fuerza. Me taladraba el cerebro.
Llegados a este punto, os debo una explicación. Sí. Esa era yo: Una antigua bolchevique. Pero ya no lo era. Lo fui desde mi adolescencia, pero me habían expulsado por seguir a Jaime e incumplir las directrices del Comité Central. ¡Cuánto tiempo de todo aquello! Pero no importaba el tiempo que había transcurrido, mi pasado me perseguía. ¡No tenía que haber vuelto! pero no podía permanecer en el exilio. Aburrida, viciada... degradada… así me sentía lejos de la República, y por eso volví...
Y allí esperando, sin salida, sin respuestas… no podía quitar la vista de aquellas pantallas, de la del ascensor con los paramilitares esperando –me parecía que sonreían, que se reían de mi destino-; la de los pasillos, con el cadáver, con el agujero de bala en la cabeza; la de la cabina, con aquellos dos desconocidos... No había salida.
Entonces la luz y las pantallas volvieron a apagarse. La electricidad volvía a fallar. El líder de los paramilitares no era tan poderoso.

1.7

Quizás convenga que ahora os cuente lo que estaba pasando afuera. En ese momento yo no lo sabía, pero luego pude atar cabos:
Efectivamente se trataba de un hospital de Cáledon, pero uno relativamente nuevo situado en las afueras de la ciudad. El hospital había sido tomado por una fuerza paramilitar que mantenía a gran parte del personal, los pacientes y los visitantes retenidos como rehenes. La policía acordonaba el edificio.
El comisario Santos era rechoncho y grasiento y parecía más un chupatintas que un sabueso. Sin embargo tenía mucha experiencia a sus espaldas y de joven había sido ágil y atlético. La edad y los donuts habían causado estragos, pero no habían atrofiado sus instintos: “¡Aquello era muy raro!”
Los terroristas – reflexionaba Santos- habían tomado militarmente el edificio. Iban muy bien equipados. Con mucha facilidad habían reducido a la seguridad del hospital y todos los rehenes, personal médico, trabajadores, pacientes y visitas, se hacinaban en la planta baja, de rodillas y con los brazos cruzados detrás de sus cabezas. Pero no había ninguna reivindicación, ninguna exigencia. Los grupos anarquistas siempre pedían la “liberación de todos los presos” o incluso la “disolución de la República”... Eran niñatos de familia bien y después de su heroica acción se rendían y eran rescatados por sus padres, destacados miembros del Partido Demócrata-Republicano. Los ladrones eran más realistas: pedían un rescate y refugio en el extranjero... Los bolcheviques reales, los de verdad, no actuaban desde el final de la guerra, a pesar de que siempre que había algún problema, real o imaginario, se le llamaba ATB, “Amenaza Terrorista Bolchevique”. Al gobierno le interesa mantener el recuerdo de los “bolches”, pensó el policía.
Y es que con el ataque al hospital en el Ministerio Especial de Pacificación estaban de enhorabuena. Una verdadera acción terrorista era idónea mantener la tensión, el miedo y la presencia policial y militar en toda la República. Desde antes que terminara la guerra, las ATB fueron en su día la escusa oficial del gobierno para establecer el Estado de Emergencia Republicano, es decir, la dictadura policíaco-militar bajo apariencia democrática que aún se mantenía. Daba igual que los paramilitares del hospital no fueran bolcheviques. De hecho, la mayoría de las veces que se decretaba una ATB, los únicos que ejercían violencia eran los agentes del gobierno.
En esta ocasión los paramilitares sí eran realmente terroristas y no se trataba de una huelga, una manifestación o un motín, pero aunque oficialmente se trataba de una ATB, el policía al cargo tenía muy claro que aquellos hombres, uniformados de negro y armados con automáticas, no eran, ni muchísimo menos, bolcheviques. Todos los llamamientos de la policía a negociar, a liberar rehenes, a conocer sus reivindicaciones fracasaban... Porque parecía que no querían nada. Sólo esperaban dentro del hospital.
Con el paso del tiempo, la policía especial se impacientaba y exigía asaltar el edificio. Santos, temiendo por los rehenes, logró contenerles, pero tarde o temprano tendría que dejarles actuar, aunque eso significara una matanza.
En dos ocasiones la electricidad del edificio se fue. Desde dentro exigieron que se reanudara el servicio o matarían a rehenes. ¡Pero la policía no tenía nada que ver con el corte del suministro! La compañía eléctrica aseguraba que el fallo era interno, de dentro del hospital.
Con el primer corte, los paramilitares cumplieron sus amenazas. Asesinaron a dos rehenes en el mismo vestíbulo del hospital. Cundió el pánico y la policía especial exigió intervenir. Santos iba a darles autorización cuando volvió el suministro eléctrico. Los paramilitares se tranquilizaron por un momento.
Pero pasados unos minutos la luz volvió a cortarse. Dentro del hospital mataron a otro rehén (ya había tres muerto) y amenazaron con asesinar a otros cuatro si no se restablecía el servicio de inmediato.

1.8

Llegaron entonces ocho todoterrenos blindados teñidos completamente de negro, de los cuales bajó una tropa de soldados de élite armados hasta los dientes. Sus uniformes, de color negro y gris, recordaban los que utilizaban los soldados de las Potencias Fascistas durante la guerra. En el lado izquierdo del torso, sobre el lugar donde deberían tener el corazón, destacaba un emblema: un caballero matando a un dragón con una lanza. Era inconfundible. Todos los ciudadanos de la República los distinguirían y temblarían en su presencia.
Al mando de este grupo estaba un hombre alto, de piel morena y cabeza rapada que vestía sobre el uniforme –también con el emblema con el caballero y el dragón- una gabardina de cuero negro. En esta ocasión no coincidiría con él, pero pronto descubrí que aquel militar no se rendiría hasta capturarme.
- ¿Quién está al mando? – preguntó aquel hombre mediante un susurro, con un tono muy tranquilo, casi se podría decir que dulce. - A partir de ahora me encargo yo.
- ¿Quiénes son ustedes? - preguntó el comisario.
- Soy el coronel Saúl, - continuó susurrando - al frente de las Brigadas Anti-Bolchevique. - las terroríficas BAB, pensó el comisario, que no pudo evitar ponerse nervioso e incluso temblar.
Las BAB habían destacado durante la guerra civil asesinando a los activistas y milicianos bolcheviques, tanto del bando de Jaime como los leales al Comité Central. Reclutados de entre lo más degradado de la escoria social, eran los más sanguinarios militares republicanos y existía toda una leyenda negra tras ellos. Se decían capaces de cualquier cosa y tenían en su haber la aniquilación de barriadas obreras enteras.  Ahora eran el brazo armado del Ministerio Especial de Pacificación, el verdadero poder en la sombra.
- Mi lugarteniente le indicará el protocolo a seguir con los medios de comunicación - continuó susurrando el coronel Saúl, indicándole al comisario que fuera junto a un oficial de las BAB de nariz aguileña.
Sin embargo, este oficial ignoró al policía y se acercó presuroso a su superior.
- Hemos detectado que se acerca un helicóptero. Creemos que bi-rotor. He ordenado que sea interceptado, pero nos llevará tiempo.
- Así que se la quiere llevar… - reflexionó el coronel - Dirige el asalto inmediatamente. No tenemos tiempo.
El comisario Santos se quedó allí paralizado. El oficial de nariz aguileña le entregó un dossier con un gesto evidente de desprecio y le abandonó para dirigir a sus soldados.
Entonces Santos pudo ver horrorizado como las BAB se lanzaban a un asalto frontal contra los paramilitares que custodiaban la planta baja del hospital. Éstos no se esperaban un ataque así, pero no dudaron en utilizar a los rehenes de escudos. Fue una verdadera matanza…
Y era Santos el que tendría que dar la cara por todo aquello... Tembloroso agarró con fuerza aquel dossier que le habían dado y buscó entre los papeles una solución para todo aquello.

1.9

No entendía todo ese revuelo por mi regreso del exilio. En el hospital me retenía un grupo de mercenarios que a saber qué diablos querían de mí. Fuera del hospital, el gobierno enviaba a un grupo de elite para capturarme. ¿Tan importante era? Es verdad que había sido militante bolchevique, pero cuando decidí seguir a Jaime durante la guerra antifascista fui expulsada del Partido por el Comité Central. Luego al comenzar la guerra civil no pude continuar, y abandoné a Jaime a su suerte. También a él lo traicioné. No fui la única. Muchos otros milicianos dejaros en ese momento las armas.
No. Yo no era un peligro para la República. Admito que decidí volver del extranjero cuando en Sumailati, una de las Potencias Fascistas, no la más importante, pero desde luego una de ellas, comenzaban a sonar los tambores de la rebelión. ¿Tenía miedo el gobierno de que algo así pudiera pasar aquí? Sin embargo, yo realmente había regresado porque en el exilio me sentía vacía, lejos de todo lo que me había importado en mi vida, desgarrada. Pero aunque os resulte contradictorio, lo cierto es que no quería fomentar ninguna rebelión. ¡Qué diablos! ¡Ni tan siquiera tenía una idea clara de qué iba a hacer una vez llegara a Cáledon! ¿Tan desesperado estaba el gobierno que necesitaba anular, destruir, cualquier elemento, por inofensivo que fuera, que pudiera recordar a los bolcheviques?
- Ya no hay bolcheviques - Me explicó el anciano. Por fin se presentó. Dijo llamarse Víctor. - Muchos de los mejores murieron durante la guerra contra las Potencias Fascistas, otros se desangraron en una guerra civil que sólo sirvió para fortalecer al gobierno republicano. Otros muchos abandonaron, desmoralizados al ver el Partido Bolchevique hecho ruinas y el peligro fascista, al que habían combatido y vencido, instalado ahora cómodamente en el poder. Los pocos restantes fueron sistemáticamente asesinados. Algunos por las BAB, pero otros por grupos desconocidos, probablemente mercenarios vinculados a la mafia, como los que nos están reteniendo aquí. Lamento informarte de que ese ha sido el destino del bolchevismo.
Según el anciano, Víctor, yo era todo lo que quedaba, me habían tomado por una bolchevique y por eso me perseguían.
- ¡Yo no soy bolchevique! - protesté.
Pero ahora daba igual, estaba atrapada y perseguida. Y si algo tenía claro es que no quería terminar con mis huesos en una prisión.
Miré a mí alrededor. El anciano, tranquilo, parecía no perder los nervios. El muchacho, Pablo, se encontraba mejor y no se separaba de mí.
Todo cambió de golpe. Como dije, la luz se había vuelto a ir y no podía saber qué sucedía fuera, pero en los pisos inferiores comenzó una batalla brutal. Desde donde estábamos empezamos a distinguir en la distancia los disparos y gritos: Las BAB irrumpían en el vestíbulo del hospital asesinando a los paramilitares y a los rehenes sin distinción ninguna.
Como no podía ser de otra manera, al iniciarse el enfrentamiento armado, al líder mercenario le habían entrado prisas. Ordenó a sus hombres que me buscaran y me cogieran inmediatamente. Se pusieron a golpear la puerta que les separaba de mí para poder tirarla abajo. Recuerdo que me asusté. Miré a Pablo. Toda esa tensión volvió a afectarle: se puso muy nervioso, no dejaba de moverse, muy inquieto. Yo no sabía qué hacer.
Entonces una trampilla se abrió del techo.
Víctor había hablado de un tipo calvo que me había rescatado del autobús accidentado. No sabía quién era esa especie de ángel de la guarda. Y digo “ángel de la guarda” porque de repente apareció, cuando menos me lo podía esperar y más lo necesitaba. Pero no era un calvo cualquiera: era “mi calvo”, era un antiguo miliciano que había servido conmigo durante las guerras antifascistas. Era Bruno “manitas”, antiguo mecánico y luchador incansable. No sabía nada de él desde el inicio de la guerra civil, cuando me había exiliado. ¡Qué sorpresa más agradable! Y a él también le hizo feliz verme en pie y sonriente. Era mi primera alegría desde mi regreso. Por fin alguien en quien confiar.
- ¡Capitana!
Primero me saludó afectuosamente por mi antiguo rango en la milicia desde el agujero de la trampilla, pero inmediatamente nos hizo un gesto para que subiéramos con él a la trampilla. La puerta que daba a la salida comenzaba a crujir. La barricada que habíamos montado aún aguantaba, pero muy pronto cedería. Nos ayudamos unos a otros a subir al techo y, justo antes de que lograran derribar la puerta, habíamos escapado por un conducto de ventilación.
¡De película!

1.10

Reptamos lentamente por una sucesión de túneles oscuros y húmedos. La única guía era el gateo seguro de Bruno que encabezaba la marcha. Giramos a la izquierda, luego a la derecha, bajamos por una rampla...
- ¡Qué putada que encontraras ropa! - me dijo Pablo, que iba justo detrás de mí.
Antes de subir a la trampilla había cazado al muchacho mirándome, unas veces de reojo, otras sin disimulos. No era una mirada peligrosa, pero sí nerviosa y muy expresiva. Yo le gustaba. Lo sabía por esa mirada y porque, aparte de algunos comentarios socarrones, me trataba con mucha atención, incluso con dulzura. Por ejemplo, cuando me ayudó a subir al techo, intentaba que no me lastimara y se portaba conmigo como todo un caballero, o cuando me encontraba más perdida en aquella sala del vigilante rodeada de pantallas y preguntas, logrando arrancarme una sonrisa entre tanta tensión.
- ¡Deja de olfatearme el culo, Pablo! ¡No somos perros! Y da gracias por los pantalones, en el exilio me salió mucha celulitis.
- No estoy de acuerdo. Antes de ponerte los pantalones me fijé muy bien y tenías un culo de negra estupendo.
- ¿Qué quieres decir con eso de “culo de negra”? - le dije con un fingido tono de indignación, al cual respondió con nervios y tartamudeo:
- No, no... Si me gusta, vosotras lo tenéis... Las negras... Bueno, es... bonito...
- Shiiiiii! - Bruno nos hizo callar - silencio tortolitos, - las palabras de Bruno eran burlonas, aunque pronto recupero la seriedad - Estamos en una zona delicada, tenemos que bajar por un tubo vertical. Tiene la anchura justa para ir agarrándonos, pero tiene su complicación. En todo caso no os preocupéis, termina justo sobre un contenedor grande con ropa sucia.
Y tratamos de agarrarnos, pero Víctor que cerraba la marcha no aguantó y nos arrastró a los demás. Caímos durante varios metros hasta impactar sobre un montón de sabanas, camisones, baberos, batas y uniformes sucios y malolientes. Una mezcla fétida de vómitos, restos de comida, de orines y excrementos inundaba toda la sala. Estábamos en un área de servicio en el sótano del hospital. Pero no estábamos solos, cinco semiautomáticas nos apuntaban.
Por fin conocí a mi secuestrador. El líder de los paramilitares me esperaba en persona. No era una trampa de Bruno; de hecho mi antiguo compañero de armas estaba sorprendido y enfadado.
- ¡Hola querida! ¡Por fin nos vemos las caras!
Era un hombre con un porte que impresionaba: Rondaría los cuarenta años, pero la edad no parecía hacerle mella. Era muy alto, robusto y musculoso, de horas y horas de gimnasio. Por su aspecto parecía nórdico, de intensos ojos azules, tenía el pelo rubio, largo, pero recogido en una coleta. Su acento también revelaba su origen foráneo, las consonantes las pronunciaba con dureza.
Aquel armario miró con desprecio a Bruno:
 - Tú debes ser el que me ha estado tocando los cojones todo este rato. Sabía que los cortes de electricidad no eran cosa de la policía... Reconozco que eres bueno, pero no lo suficiente.
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? - le volví a preguntar.
- Soy el que te ha capturado querida Exiliada. Llámame “Número 2”. Jejeje. Se filtró tu llegada en la frontera y no podía quedarme sin semejante trofeo. Me ofrecen todo un tesoro por ti. Jejeje. Fui yo quien reventó el autobús. Fue un trabajo de artesanía, sabía que sobrevivirías al accidente jejeje. Lo que no sabía es que ese calvo se me adelantaría. No me quedó más remedio que asaltar el hospital, sabía que las BAB te seguían la pista. ¡Y ese viejo! - señalando a Víctor- Me engañaste viejo, llegué a pensar que eras su médico. Te necesito vivita y coleando. Pero ya está bien Exiliada, nuestro transporte ha llegado. Quiero cobrar mi recompensa por la última bolchevique.
- Ya no soy bolchevique.
- A mí eso me tiene sin cuidado. ¡Cogedla! Y a los demás matadles.
Todo sucedió muy rápidamente: Los paramilitares a las órdenes de ese tal “Número 2” se dispusieron a cumplir sus órdenes. Cuando uno de ellos me había cogido del brazo y trataba, no sin mi resistencia, de sacarme del contenedor, una puerta situada detrás de los paramilitares reventó de golpe. Inmediatamente soldados de las BAB, armados hasta los dientes, entraron. Iban dirigidos por el oficial de nariz aguileña.
El combate no se hizo esperar. “Número 2” y sus hombres buscaron rápidamente refugio para poder cubrirse y disparar, aunque dos de ellos fueron mortalmente alcanzados por el fuego enemigo. Nosotros nos agachamos y tratamos de eludir el tiroteo cubriéndonos entre la ropa sucia. Unos y otros se disparaban y parecían ignorarnos, pero no era así.
- ¡Olvidaos de los mercenarios! - ordenó el oficial de nariz aguileña - ¡Capturar a la chica!
Tras esas palabras del oficial de las BAB, Víctor, Bruno, Pablo y yo nos miramos unos a otros. Entonces el anciano sacó de su americana de pana una pistola. Era la del paramilitar muerto por Pablo en el pabellón psiquiátrico. Yo me había olvidado de ella, pero Víctor no. La había cogido sin decirnos nada. El anciano le lanzó el arma a Pablo.
- Sé de lo que fuiste capaz allá arriba. Ahora, saca a la chica de este aprieto.
Y así fue. Pablo sufrió una transformación como ya le había ocurrido antes. De ser un muchacho nervioso, risueño y aparentemente inofensivo, se convirtió en un asesino preciso y frío. Se puso en pie, disparó dos tiros, se agachó eludiendo la respuesta, se volvió a incorporar y disparó otras dos veces y, ganando terreno, saltó fuera del contenedor y volvió a disparar. Se hizo un silencio.
Me asomé con precaución para ver qué había pasado: Tres paramilitares y dos soldados BAB yacían en el suelo. Pablo controlaba la habitación porque nuestros enemigos habían retrocedido.
- ¿De dónde has sacado a éste, capitana? - me preguntó Bruno mientras Pablo nos indicaba que saliéramos del contenedor.

1.11

Seguían escuchándose disparos y pronto aparecerían más enemigos. Cautelosamente abandonamos la habitación. Estábamos en los sótanos del hospital.
- Conozco una salida. Hay un antiguo pasadizo que comunica el sótano con el sistema de alcantarillado. Lo construyeron por si estallaba una nueva guerra para poder bajar allí a los pacientes. Ahora está cerrado, oculto y olvidado, pero a nosotros nos vendrá muy bien para escapar. – Nos informó Bruno, aunque también nos alertó que nos teníamos que dar mucha prisa.
Le seguimos. A los disparos a nuestras espaldas se sumaron explosiones. En un giro Bruno se confundió y nos encontramos con un pasillo con varios cadáveres de paramilitares desparramados por el suelo. ¡Lo que allí estaba sucediendo era una auténtica carnicería! Por suerte nadie nos vio. Retomamos la ruta correcta casi corriendo. Pablo nos cubría la espalda, armado y concentrado, dispuesto a volver a matar. Pero entonces no tenía tiempo de pensar en él.
Parecía que la batalla la estaban ganando con facilidad las BAB, pero eso no me tranquilizaba. Sabía que también ellos me buscaban. Y así fue: en un cruce nos tendieron una emboscada. De golpe, los disparos venían de todas partes. Nos cubrimos a tiempo gracias a un grito de Pablo, pero una bala alcanzó a Víctor atravesándole de cuajo su mano izquierda. El anciano se retorcía de dolor, pero entre Bruno y yo le pudimos poner a cubierto tras una esquina. Pablo, con sus disparos, nos cubría.
Mientras Bruno atendía al herido, saqué la pistola que había cogido del paramilitar y me incorporé al tiroteo. Era la primera vez que disparaba un arma desde el final de la guerra antifascista. Noté una sensación muy rara que me recorría la barriga. Una vez, hastiada, me había jurado a mí misma que nunca más tocaría un arma. Ahora la utilizaba, y aunque fuera con mucha peor puntería que la de Pablo, hay cosas que nunca se olvidan. Otra vez volvía a la guerra.
- ¡Ríndase señorita Atenea!, - gritó el oficial de nariz aguileña - ¡No tiene donde ir!
- ¡Encantado de conocerte, Atenea! - me dijo Pablo entre disparo y disparo recordando que hasta entonces aún no le había dicho cómo me llamaba. - Las milicianas bolcheviques siempre me parecieron muy sexis, sobre todo manejando un arma.
Miré a Pablo, me sonreía mientras disparaba a los soldados. Sentí miedo por aquel muchacho. ¿Quién era? Antes, a momentos parecía un niño inocente y nervioso. Ahora era una máquina de matar, con una puntería increíble.
- ¡Estamos cerca! Abajo no nos encontraran – gritó Bruno.
- Es nuestro momento. - Pablo me hizo un gesto y Bruno incorporó a Víctor como pudo.
Salimos corriendo hasta un conducto estrecho y lleno de tuberías que nos bajaba al alcantarillado. ¡Era un laberinto! Los soldados tendrían muy difícil seguirnos. Efectivamente, las balas y los gritos de los soldados sonaban cada vez más lejanos. Una vez en el alcantarillado seguimos corriendo atravesando túneles muy oscuros, llenos de agua pestilente e infectados de ratas. Y corrimos y corrimos y no paramos de correr... Hasta que ya no podía más. Estaba agotada. Bruno, que llevaba a Víctor cada vez con más dificultades, indicó una escalerilla de ascenso.
- Ya estamos suficientemente lejos del hospital. - nos dijo con la lengua afuera.
Subimos y salimos a la superficie. Amanecía.
Estábamos en un parquin al aire libre lleno de coches. De lejos se veía una estructura ardiendo de la que salían grandes columnas de humo negro y llamas brillantes. Era el hospital, pasto de la destrucción.
Pablo miró las llamas, se le enrojecieron los ojos y lanzó su pistola muy lejos con cara de repugnancia, de asco. Se apartó de nosotros como avergonzado y se sentó a sollozar entre dos coches. 
Víctor por su parte se apoyó dolorido en otro coche y, ayudado por Bruno, trató de vendarse la mano con un jirón de tela de su camisa.
Después de mirar a mis compañeros me volví para contemplar el hospital en llamas. Me sentía desolada. ¿Merecían mis ganas de volver esa destrucción, toda esa muerte? Quizás debía regresar una vez más al exilio y olvidarlo todo. Me asaltaban numerosas dudas…
***
El hospital estaba completamente destruido y la mayoría de sus trabajadores o pacientes y visitantes fueron declarados muertos o desaparecidos. El coronel Saúl dio nuevas instrucciones al comisario Santos para que el parte a los medios de comunicación no contuviera ninguna contradicción: El hospital había sido atacado por una célula bolchevique, aun activa, reforzada desde el exilio. Los bolcheviques habían ejecutado a los rehenes uno a uno mientras reivindicaban la disolución de la República. Había cerca de dos mil muertos en total, entre civiles, policías y terroristas bolcheviques. Desde la guerra no se había producido una matanza de tal calibre. Por supuesto no habría ninguna mención a los mercenarios paramilitares, ni a la intervención de las BAB. Según el comunicado, las fuerzas del orden se habían visto impotentes y rogaban al Ministerio Especial de Pacificación que reforzara a la policía para evitar futuras amenazas. Ésta era la versión oficial de lo sucedido.
Cuando el coronel Saúl daba estas instrucciones a Santos, se les acercó el oficial de nariz aguileña. El líder de las BAB despachó al comisario, pero Santos pudo oír el informe del oficial:
- El cabecilla de los mercenarios también logró escapar.
- No importa. Los mercenarios no son el objetivo.
- ¡Como ordene coronel! Sólo una cuestión importante, señor: la Exiliada no huyó sola. “Quien usted sabe” estaba con ella.
El coronel Saúl palideció. Miró con gesto solemne las llamas del hospital y después elevó su mirada hacia el horizonte. Entonces, sin hacer ningún comentario, se alejó, visiblemente turbado.
Santos hizo como si no hubiera escuchado nada y se volvió hacia sus hombres. Los policías trataban de atender a los pocos civiles –trabajadores, pacientes y familiares- que habían logrado sobrevivir a la matanza. Todo se había llenado de bomberos y de ambulancias y junto a los agentes hacían una tarea imposible. Lo sucedido aquel día en aquel hospital iba a tener graves consecuencias. Pero Santos no podría olvidar esas referencias a “mercenarios”, “Exiliada” y “Quién usted sabe”.
La población de la República se despertaría esa mañana con la noticia, horrible, de la matanza del hospital Doctor Vender de Cáledon. En todos los canales de televisión, emisoras de radio, internet… distintos periodistas y comentaristas, cada uno con su matiz, relatarían una masacre que tenía que recordar a todo el mundo las crueldades de la guerra. Con lágrimas en los ojos, los tertulianos rendirían tributo merecido a aquellos inocentes muertos, doctores y enfermeras que hasta entonces cumplían una gran función salvando vidas; a los pacientes y sus familiares, obreros mayoritariamente, cuyo único delito era estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado… Pero también achacarían estas muertes a los bolcheviques, responsables de una guerra civil y que ahora seguían cometiendo asesinatos indiscriminados. En esos debates, el periodista sensato, aquel de voz contundente y discurso rotundo, exigiría indignado más seguridad, exigiría con firmeza que se hiciera pagar a los asesinos por semejante brutalidad. Se oirían aplausos, muy probablemente reales, porque entre el público estaría presente algún conocido o familiar de alguna de las víctimas. ¡Qué ruin es jugar con los sentimientos de la gente!

FIN DEL CAPÍTULO 1.