Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

viernes, 30 de agosto de 2013

Capítulo 10 El Arqueólogo

10. EL ARQUEÓLOGO

10.1

Carta de Helena a la Exiliada:
QUERIDA EXILIADA:
SE SUPONE QUE LAS CARTAS SE EMPIEZAN ASÍ. ESPERO QUE AL LEER LA PRIMERA SÍLABA TU REACCIÓN NO HAYA SIDO DESTRUIR LA CARTA. ¡DAME UNA OPORTUNIDAD, POR FAVOR!
NO SÉ NI POR DONDE EMPEZAR. SÓLO ESPERO QUE NO ME ODIES POR TODO LO QUE HA PASADO. NECESITO QUE SEPAS QUE NO TE HE MENTIDO Y QUE LO QUE TE DIJE AQUELLA NOCHE, ANTES DE IRME, ERA CIERTO. NUNCA ANTES HABÍA SENTIDO ALGO ASÍ. EN MI CORAZÓN SÓLO HABÍA ODIO. ODIO Y SANGRE. SI CONOCÍ EL AMOR, ERA TAN REMOTO Y TAN SEPULTADO EN MI PROPIA VERGÜENZA, QUE MI CEREBRO LO HABÍA OLVIDADO.
HASTA QUE TE CONOCÍ.
HE DECIDIDO ESCRIBIRTE PORQUE QUIERO HABLARTE DE MÍ, DE MIS SECRETOS, PERO TAMBIÉN PARA QUE ENTIENDAS LO QUE PASÓ Y LO QUE SIENTO POR TI. CUANDO TUVE LA OPORTUNIDAD DE DECÍRTELO EN PERSONA, PRIMERO NO ME ATREVÍA, LUEGO NO TENÍA TIEMPO...
EL CORONEL SAÚL ME ORDENÓ ASESINAR A VÍCTOR. ESO YA LO SABES. TAMBIÉN ERA VERDAD CUANDO OS EXPLIQUÉ QUE ÉL NO ME DIJO EL MOTIVO. SÓLO SABÍA QUE ANTES DE CAPTURARTE NECESITABA LIBRARSE DE ÉL. TODO LO QUE OS EXPLIQUÉ, DESDE QUE NOS ENCONTRAMOS HASTA QUE ME FUI, ERA CIERTO. AL PRINCIPIO DECIDÍ UNIRME A TI PARA GANAR TU CONFIANZA Y ASÍ URDIR UNA MANERA EFECTIVA Y DOLOROSA DE VENGARME DE SAÚL. 
PERO ME ENAMORÉ.
SÍ, ME ENAMORÉ DE TI, Y MIS PLANES DE VENGANZA PASARON A UN SEGUNDO PLANO: LO MÁS IMPORTANTE PARA MI ERA, ES, PROTEGERTE. ¡PROTEGERTE!
FINGÍ LA MUERTE DE VÍCTOR -PABLO ME DIJO CONOCER EL MÉTODO BRAUSS-HOMÍN-. NO HE VISTO A VÍCTOR CONTIGO, PERO ESPERO QUE PABLO LO COMPRENDIERA TODO-… FINGÍ LA MUERTE DE VÍCTOR PARA PROTEGERTE; PARA QUE SAÚL PENSARA QUE SE HABÍA SALIDO CON LA SUYA; PARA QUE SAÚL ME ACEPTARA A SU LADO. SI NO HUBIERA FINGIDO SU MUERTE, VÍCTOR HUBIERA MUERTO ESA MISMA NOCHE.
CUANDO HABLE POR TELÉFONO CON SAÚL LO COMPRENDÍ. TE VOY A RELATAR CÓMO FUE ESA CONVERSACIÓN:
SI RECUERDAS, LLAMAMOS TRAS COMPROBAR QUE EN EL MÓVIL DE GÚLIK HABÍA DOS NÚMEROS, UNO A LAS OFICINAS DE CIA+FIA DE TÍMBERLANE, OTRA, LA CLAVE PERSONAL DE SAÚL.  TÚ NO QUERÍAS DELATAR A LOS TERRORISTAS ARRANIOS, PERO TODO PARECÍA INDICAR QUE GÚLIK ERA AGENTE DE LAS BAB. Y ASÍ ERA.
 LLAMÉ A SAÚL:
- COMADREJA CIEGA, LLAMANDO A PADRE.
 COMADREJA CIEGA ES MI CLAVE PERSONAL; "PADRE" ES LA CLAVE QUE SAÚL UTILIZA CON ALGUNOS AGENTES BAB QUE ÉL CONSIDERA ESPECIALES. COMO MÁS ADELANTE TE RELATARÉ, DESDE LUEGO ÉL NO ES MI PADRE.
- SOY PADRE. ¡HELENA! ¡QUÉ SORPRESA! YA PENSABA QUE TE HABÍAS OLVIDADO DE NOSOTROS. ¿HAS CUMPLIDO POR FIN TU COMETIDO?
EL TONO DE SAÚL ERA ESPECIALMENTE CÍNICO. SIEMPRE LO ES, CON ESOS DULCES SUSURROS CON LOS QUE SE COMUNICA, PERO EN ESA OCASIÓN, DURANTE TODA LA CONVERSACIÓN, TUVE LA INTUICIÓN DE QUE ÉL SÍ QUE SABÍA QUE HABÍA CONFRATERNIZADO CON VOSOTROS Y QUE SE LIMITABA A JUGAR CONMIGO.
- NO SEÑOR. ME HE INFILTRADO PARA GANARME LA CONFIANZA DE LA EXILIADA.
- ESO ME HAN DICHO MIS INFORMADORES. DE HECHO BASTANTES AGENTES CREEN QUE TE HAS PASADO AL ENEMIGO.
- NO SEÑOR. ESPERO EL MOMENTO PROPICIO. 
- TU MISIÓN NO ERA GANARTE LA CONFIANZA DE LA EXILIADA. ¡TU MISIÓN ERA ELIMINAR AL VIEJO! SI NO LO HAS HECHO ¿POR QUÉ TE COMUNICAS CONMIGO? ¿QUE QUIERES?
LA PREGUNTA ERA DIRECTA Y SOSPECHOSA. EN ESE MOMENTO ESTUVE TENTADA DE COLGAR.
-QUERÍA INFORMARLE, SEÑOR, DE ALGO QUE PIENSO QUE PODRÁ INTERESARLE. HE DESCUBIERTO UN INMINENTE ATAQUE DE SANGRE Y FUEGO, LOS INDEPENDENTISTAS ARRANIOS, A VARIOS OBJETIVOS IMPORTANTES COMO MÍNIMO EN TÍMBERLANE.
- LO SÉ HELENA - TEMÍA QUE ME DIERA ESA RESPUESTA -. LA OFENSIVA COMENZARÁ EN POCOS MINUTOS.
- PE... PERO... - RECUERDO QUE BALBUCEÉ.
- LA OFENSIVA ESTÁ... -Y PENSANDO SUS PALABRAS- TOLERADA. ESOS LOCOS VAN A ATACAR DOS FABRICAS DE CIA+FIA, UN CUARTEL DE LA POLICÍA Y VAN A TRATAR DE TOMAR EL AYUNTAMIENTO DE TÍMBERLANE. NO TE PREOCUPES. CIA+FIA COBRARÁ EL DINERO DEL SEGURO Y UNA SUBVENCIÓN DEL GOBIERNO CON LA QUE PODRÁ MODERNIZAR ESAS FABRICAS. LA DIVISIÓN DE LA CORPORACIÓN EN TÍMBERLANE ESTÁ AL TANTO, DE HECHO ME CONSTA QUE EN PARTE FINANCIAN A SANGRE Y FUEGO PARA CUANDO NECESITAN ELIMINAR COMPETIDORES NO ARRANIOS JEJEJE. EN CUANTO AL ATAQUE A LA COMISARIA Y EL AYUNTAMIENTO, NADA QUE NO PODAMOS CONTENER, DE HECHO LA OFENSIVA ELIMINARÁ A UNOS DIRIGENTES DE SANGRE Y FUEGO CONTRARIOS A PACTAR CON LOS EMPRESARIOS ARRANIOS QUE RIVALIZAN CON NUESTRO HOMBRE DENTRO.
ES LO QUE LE SOLTÉ A GÚLIK CUANDO APARECIÓ. VÍCTOR YA HABÍA DICHO QUE SU SOBRINO HABÍA LLEGADO A UN ACUERDO CON LA REPÚBLICA PARA PROTEGER A SU MUJER Y A SU HIJO. HE DESCUBIERTO QUE LAS BAB FUERON AYUDANDO A GÚLIK A QUE ESCALARA POSICIONES EN SANGRE Y FUEGO.
CONTINÚO CON LA CONVERSACIÓN:
- PE... PERO MORIRÁN CIVILES INOCENTES... - LE DIJE. HASTA ENTONCES LA MUERTE DE INOCENTES NUNCA ME HABÍA IMPORTADO. AL DECIRLE ESAS PALABRAS CREO QUE ME DELATABA... AL MENOS A MÍ MISMA... ¡TANTO HABÍA CAMBIADO EN MI INTERIOR POR TU CULPA!
- Y TAMBIÉN LOGRAREMOS QUE LA OPINIÓN PÚBLICA TOLERE Y EL PARLAMENTO APRUEBE MÁS PRESUPUESTO PARA LAS BAB Y MÁS TROPAS EN ARRANIA. A VECES EL BIEN COMÚN REQUIERE DE SACRIFICIOS - ERA EL DISCURSO OFICIAL QUE TANTAS VECES OFRECÍAMOS A INCAUTOS TERCEROS, PERO AHORA ME LO DECÍA A MÍ -. PERO BUENO, ¡YA ESTÁ BIEN! NO TENGO PORQUE DISCUTIR TODO ESTO CONTIGO - LOS HABITUALES SUSURROS DE SAÚL FUERON REEMPLAZADOS POR INHABITUALES GRITOS -. YO YA SABÍA QUE ESTABAIS EN TÍMBERLANE. POR FIN TENGO CLARO QUÉ ES LO QUE BUSCA LA EXILIADA. CONOZCO CUÁL SERÁ SU PRÓXIMO MOVIMIENTO Y CAERÁ EN MI TRAMPA. EN CUANTO A TI, ROMPE INMEDIATAMENTE ESA EXTRAÑA COALICIÓN QUE HABÉIS FORMADO Y QUÍTAME DE EN MEDIO AL VIEJO DE UNA MALDITA VEZ, NECESITO QUE MUERA ANTES DE CAPTURAR A LA EXILIADA... ¡Y VUELVE A CASA! ES UNA ORDEN.
- SÍ SEÑOR.
¿COMPRENDES AHORA QUERIDA EXILIADA? SI YO AUN QUERÍA PROTEGERTE, SI YO AUN ESTABA DISPUESTA A SACRIFICARME POR TI, TENÍA QUE VOLVER CON SAÚL, PARA AYUDARTE DESDE SU LADO. DESDE LA TRAMPA QUE TE ESTABA ORGANIZANDO. SÍ, AHORA YA LO SABES EN TUS HUESOS, PERO YO LO DESCUBRÍ ENTONCES: SAÚL TE ORGANIZABA UNA ENCERRONA EN VANCOUVER.
NO SÉ CÓMO LO AVERIGUÓ, SI ALGUIEN SE LO DIJO O FUE SU INTUICIÓN O INTELIGENCIA, PERO ÉL ENTONCES YA SABÍA QUE IBAS TRAS LOS EX-DIRIGENTES BOLCHEVIQUES Y SABÍA QUE TU PRÓXIMO DESTINO ERA VANCOUVER BUSCANDO A LA CUARTA Y ÚLTIMA DIRIGENTE. CUANDO LE OÍ EXPLICÁRMELO SUPE QUE MI ÚNICA OPCIÓN ERA FINGIR LA MUERTE DE VÍCTOR Y ABANDONARTE. SI TE HUBIERA DICHO: "¡NO VAYAS A VANCOUVER! ¡SAÚL TE ESTÁ TENDIENDO UNA TRAMPA!", NO ME HUBIESES HECHO CASO Y HABRÍAS CAÍDO EN LA TRAMPA SIN QUE YO PUDIERA HACER NADA PARA AYUDARTE. ¡NO LO PODÍA PERMITIR!
Continuará...

10.2

Continúa el relato de la Exiliada:
Navegamos durante casi todo el día. El mar estaba en calma y la brisa se hacía muy agradable porque el sol iluminaba con fuerza. El barco de Luigi apestaba a pescado, pero lo peor eran los mareos y las náuseas que provocaban las olas. A mí el mar siempre me había gustado y el sonido de las olas tenía para mí un efecto tranquilizante, pero una cosa es ver el mar desde la costa otra bien distinta, navegarlo: si ya durante la guerra me mareaba… os podéis imaginarme como me encontraba entonces. Además no podía quitarme de encima ni el recuerdo de la marcha de Helena, ni la culpa por la destrucción causada por las BAB en las ciudades por donde había pasado. ¿Qué habría sido de mis amigos? ¿Estarían vivos?
Por el ataque de las BAB no podíamos viajar a Davenport. Allí nos hubieran descubierto al llegar. Tampoco podíamos volver de regreso a Tímberlane. Cayo, Pablo y Luigi discutieron el posible destino. Si seguíamos bordeando la costa hacia el norte abandonábamos la República y entrabamos en el Continente. Estuve tentada de pedirle a Luigi que nos llevara allí, al Continente, para irme de una vez por todas de la República y volver al exilio... Por mi culpa la desgracia se sucedía, en Cáledon primero... Ahora en New Haven y Davenport... Pero no podía abandonar ahora. No podía hacerlo.
Finalmente optaron por navegar hasta un pequeño pueblo pesquero a medio camino entre Davenport y Tímberlane, pero fuera de Arrania. Se llama Viver.
A medida que nos acercábamos al pueblecito - porque realmente era un pueblito muy pequeño - regresó la cobertura de los móviles y pude comprobar que Bruno me había vuelto a llamar... Supuse que traía horribles novedades de los ataques a New Haven y Davenport. Estuve tentada de arrojar el teléfono al mar… ¡Estaba tan cansada de malas noticias! Pero me armé de valor, tragué saliva, apreté los puños y le devolví la llamada.
- Hola Bruno, soy la Exiliada. Perdona que estuviera todo el día sin cobertura. Estábamos en alta mar.
- ¿Estáis bien? - me preguntó preocupado.
- Sí, sí, no te preocupes. Cuando atraquemos discutiremos qué hacer. Si volvemos a Cáledon o qué hacemos.
- Bien. Tengo noticias de New Haven y Davenport. Para variar, son bastante buenas.
- ¿Ah sí? – no me lo podía creer.
- Sí. El ataque de las BAB ha sido terrible... Eso ya lo sabíamos. Hay bastantes muertos, pero sobre todo heridos, presos y desaparecidos... Es una locura. En New Haven atacaron y arrasaron los campos de cultivo y los barracones de los jornaleros.  En Davenport fueron a por el puerto y los barrios de los estibadores. ¡Bombardearon el puerto! ¿Te lo puedes creer? Han destituido a las autoridades locales de las ciudades y las BAB han designado a gente de los suyos para gobernar directamente en ambas ciudades. Es un gravísimo precedente.
- No… no veo las buenas noticias por ningún sitio Bruno.
- Sí capitana, pero el caso es que ¡la gente ha resistido!
- ¿Cómo? ¿En serio?
- Sí capitana. En ambos sitios. De hecho, en New Haven las BAB tuvieron que retirarse de los campos porque no lograban controlarlos y tanto allí como en Davenport han sufrido bajas importantes. La resistencia popular ha sido valerosa y contundente y aún ahora continúan los combates y no se puede decir que el gobierno controle la situación.
-¡Joder! –Yo estaba sorprendida por la reacción tan potente de la gente - Y ¿qué se está diciendo en los medios de comunicación?
- Mentiras. Que se trata de un alzamiento bolchevique que ha obligado al gobierno a intervenir en estas dos ciudades y en Tímberlane. Pero las noticias sólo hablan de que las tropas de la República se han impuesto y que ha vuelto la paz y el orden. El caso es que, y esto tiene importancia, tus compañeros, así como los antiguos dirigentes bolcheviques, están a salvo. En New Haven los semitas llegaron a organizar un sistema defensivo para proteger a las personas más expuestas por el papel que jugaron cuando tú estabas allí: Roger y compañía. En Davenport los estibadores y estudiantes hicieron algo parecido: utilizaron el sistema de alcantarillado de la ciudad.
- ¿Están a salvo?
- Sí. He podido hablar con Roger y con la niña, con Melisán, y me han dicho que ha habido bajas, pero que los antiguos bolcheviques están bien.
¡Sí que eran buenas noticias, a pesar de todo! A ver… No me malinterpretéis: Tal y como habían alertado Orestes y Luisma, la venganza de las BAB y del gobierno estaba siendo terrible. Muertos, heridos, represión, destrucción… Además, el control directo de las tres ciudades por parte de las BAB era un peligroso precedente que anticipaba lo que seguramente nos esperaba en toda la República: una completa aniquilación de las apariencias democráticas que aún tenía el régimen. El poder de Saúl aumentaba.  Pero, lo más importante de todo, era que la gente no se había quedado de brazos cruzados. ¡Se habían defendido! ¡Habían luchado! No estaban derrotados, a pesar de las dos guerras y de la brutal represión. Y, bueno, yo quería creer que todo por lo que habíamos pasado, primero rechazando el pogromo fascista y luego en Davenport, con la movilización contra la mafia, no había sido en vano.
Víctor escuchó mi informe de los sucesos en Davenport y New Haven. Ya estaba mejor y en pie, pero se le notaba cansado. Pablo y Cayo tuvieron reacciones contrarias. Pablo mostró el mismo entusiasmo que yo había sentido cuando les relaté la defensa organizada en ambas ciudades. Cayo, por el contrario, se mantuvo triste, abatido, por el derramamiento de sangre y las muertes, según él innecesarias. Reconozco que me enojé con él. Aunque decía no reprocharme nada, en el fondo me acusaba de la represión, me echaba la culpa de la muerte de inocentes. ¡Pero el verdadero responsable eran las BAB! ¡Y cómo se atrevía él a juzgarme! ¡Él! ¡Hablando de “muertes innecesarias”! ¿Qué hay de las “muertes innecesarias” a las que él había contribuido al ayudar a Sangre y Fuego? Pero era inútil, una pérdida de tiempo, discutir con el antiguo dirigente bolchevique. Durante la pelea en la fábrica de Tímberlane, cuando peleó con nosotros contra los arranios, no sé… parecía que regresaba el Cayo que yo había conocido... Pero era sólo un espejismo. El actual Cayo se parecía a Orestes y a Luisma... Pero no tenía nada que ver conmigo.

10.3

Pudimos desembarcar cerca de Viver sin problemas. Nos despedimos, agradecidos, de Luigi, que regresó a sus faenas como pescador y exploramos el pueblo.  Como os dije, Viver era muy pequeño: puerto pesquero, templo parroquial en una plaza acogedora con bares y un núcleo urbano orientado al mar, de donde sus habitantes obtienen todo lo necesario para vivir. Fuimos a un restaurante de la plaza que no parecía muy caro. Nos sentamos en la terraza como si fuéramos turistas y pedimos unas bandejas con pescado y marisco y para beber cerveza. Teníamos que reponer fuerzas antes de decidir qué pasos dar a continuación:
- Cuando decidí ingresar en Sangre y Fuego estaba desmoralizado y desesperado... - Me explicó Cayo -. He hecho cosas horribles...
- ¿Sabes algo de Marian? Voy a completar mi misión buscando a Marian en Vancouver.
- ¿Verónica sabía dónde estábamos todos? Es curioso... Sí, Marian está en lo que queda de Vancouver.
- ¿Por qué decidió irse precisamente allí? - preguntó intrigado Víctor.
Vancouver había sido una prospera ciudad comercial y religiosa, justo en la frontera entre la República y los países continentales. En el medievo, los beatos y santurrones creían que era la última morada de un santísimo santo con poderes milagrosos, el Primer Teócrata, capaz de sanar al enfermo y cosas de esas en nombre de los dioses. Fue la sede de un poderoso reino religioso que abarcaba parte de la actual República y parte del sur del Continente. Cuando sus monjes guerreros ya no eran tan terribles, siguió prosperando como lugar de peregrinación y de comercio.
Toda la riqueza de Vancouver, todos sus templos y monumentos de piedra, todo su comercio, toda su gente fue exterminada con la guerra fascista. Allí comenzó la guerra, sin previo aviso o declaración formal de beligerancia. A traición, aprovechando su situación fronteriza, Vancouver fue completamente arrasada por los fascistas. Nadie sobrevivió. O eso pensamos. La noticia de su destrucción total causó un terrible impacto en todo el mundo. Fue a raíz del desastre de Vancouver por lo que Jaime comenzó a insistir en la necesidad de tomar las armas, contradiciendo a la mayoría del CC. También en Vancouver comenzó el cisma bolchevique.
Ahora en Vancouver sólo hay una monstruosa base militar y ruinas...
- Igual que yo estaba desmoralizado, que Luisma no quería ya saber nada, etcétera, Marian quería meditar, reflexionar, investigar... Estaba obsesionada: Quería conocer las ruinas de Vancouver, aprender del origen de la guerra que nos destruyó como Partido.
- ¿Estás en contacto con ella?
- Lo estuve, hasta que adopté la identidad de Ran. Una vez en Sangre y Fuego era peligroso comunicarme con ella. Hasta entonces, que yo sepa, estaba con unos arqueólogos que escavaban en las antiguas ruinas religiosas.
- Es un comienzo.
- Yo estuve un tiempo en la base militar de Vancouver – nos informó Pablo -. Es un lugar muy peligroso: es una base militar, pero también se entrena a los agentes de las BAB en ella.
- Más BAB... –aunque esa referencia a nuestros mortales enemigos me hizo pensar en la remota, improbable, peligrosa posibilidad de que volviera a ver a Helena.
- Yo no puedo ir contigo, Exiliada - Víctor aún no se había recuperado de su muerte. Le costaba andar y tenía un aspecto cansando –. Tal y como estoy, allí sería un estorbo.
- No te preocupes Víctor. Iré con Pablo. Cayo te llevará a Cáledon. Allí ayudaras a Bruno a preparar la reunión. - Víctor asintió con desgana.
- Lo he pensado - intervino Cayo - He decidido acompañarte. Con los papeles que tenéis a Víctor no le costará llegar a Cáledon. Por aquí mismo pasa un autobús. En cambió necesitarás mi ayuda en Vancouver. 
No me lo esperaba y me alegré. Me alegré mucho. El pusilánime Cayo por fin tomaba una decisión valiente. Me reencontraba con mi viejo amigo.
Eso me animó, así que después de cenar tenía ganas de tomar algo más y relajarme. Después de todos estos días viviendo al límite, yendo de aquí para allá y luchando con sentimientos encontrados, tenía los nervios destrozados. Invité a Cayo a que fuéramos a algún otro bar del pueblo para beber y compartir recuerdos de la adolescencia y de nuestra militancia conjunta antes de las guerras: Cuando todo era brillante y nos imaginábamos a nosotros mismos desfilando, con enormes banderas rojas, por las calles de Cáledon proclamando la República de los Consejos Obreros...jajajaja. Invité a Pablo y a Víctor a que nos siguieran, pero Víctor seguía muy cansado y Pablo tenía aún muy fresca la borrachera en Davenport. Anciano y muchacho se fueron a dormir mientras yo compartía anécdotas y chascarrillos con Cayo.
Necesitaba ese descanso. Fue muy agradable y nos reímos mucho.
Víctor aprovechó que estaban solos para hablar con Pablo:
- Aun no hemos hablado de lo que pasó en Davenport, asesino. En Tímberlane no dudaste en oponerte a mi criterio y posicionarte con la ciega.
- Me hubiera gustado escuchar a tu sobrino lo que tenía que decir antes de que le abrieras la tapa de los sesos - le respondió desafiante -. Si yo hubiera sido Helena, no hubiera fingido tu muerte.
- ¿Olvidas nuestro acuerdo, asesino?
- Nuestro acuerdo ya no tiene validez, Víctor. En Davenport le expliqué a ella quién fui. Lo qué fui. Lo que hice. Ella ya lo sabe. ¿Y sabes qué te digo? Que no le importa. Que me ha perdonado.
- ¿Ah sí? ¿Y tú te has perdonado a ti mismo? Jajaja. No lo creo. Tú sigues siendo un asesino, aunque te escondas detrás de esa máscara llamada Pablo. Y te digo más: llegará un momento en que tendrás que tomar una verdadera decisión y, entonces, te darás cuenta de quién eres realmente y comprenderás que sólo yo puedo ayudarte. Jajaja. Cuando llegue ese momento, tomarás partido... Y me elegirás a mí. Jajaja. Ya lo verás.

10.4

Dejamos atrás Viver. Víctor se fue a Cáledon en autobús con suficiente dinero y el número de teléfono de Bruno para contactar con él. Los demás, a Vancouver alquilando un coche nuevo. Desde mi huida del hospital de Cáledon sería la primera vez que viajaba sin Víctor y sin nuestra vieja furgoneta robada y maqueada. Se me hizo muy raro. Habíamos cruzado casi toda la República en ese trasto escuchando los consejos y lecciones del anciano. Me di cuenta de que lo echaría en falta. ¡En tan pocos días habían pasado tantas cosas! ¡Parecían meses! Al menos, el nuevo coche era cómodo y rápido, mucho más que la furgo, ¡mi trasero se lo agradecía! Pero también resultó ser bastante caro. Por suerte, Cayo, además de su compañía, había aportado a nuestro fondo común una importante reserva de sólidos. 
Pablo condujo durante toda la tarde y parte de la noche. Nos permitimos el lujo de parar en un motel y descansar unas horas. Vancouver estaba muy lejos, apartada de los núcleos civilizados de la República. Con la furgoneta el viaje hubiera sido eterno. Gracias al coche, llegamos cuando el sol asomaba por las montañas.
Vancouver está incrustado en medio de la cordillera montañosa que separa la República del Continente; la misma cadena montañosa que nace y cerca Tímberlane y que en una de sus ramificaciones menores alcanza el norte de Cáledon. La llaman la Gran Muralla, para diferenciarla de la Pequeña Muralla que aísla y protege la fértil región de New Haven del desierto del sur. En los últimos años de la Monarquía, una autopista atravesaba las montañas y unía la capital con Vancouver. Tras la guerra, sólo quedan pequeñas carreteras secundarias, estrechas y llenas de curvas. Para cruzar al Continente es mejor viajar por el paso de Harris, por donde yo había entrado en la República. Ya nadie cruza la Gran Muralla por Vancouver.
Ver Vancouver y sus alrededores desde lejos tenía su encanto, si una se abstraía de la muerte y destrucción que allí se había provocado: entre agrestes picos rojos, desnudos de bosques y vida, se podían ver las ruinas de piedra caliza de la antigua catedral y del palacio del Teócrata, estructuras centenarias formadas aun por torres y agujas que apuntan al cielo. Esos restos eran de otra época en la que el hombre promovía una furiosa competencia artística entre la obra de la naturaleza -los picos serrados de las montañas- y sus propias obras, hoy casi derruidas. El sol rojizo y los picos rojizos anaranjaban el cielo, como si estuviéramos en un planeta diferente. Para mi tenía un aire familiar, sin que llegara a saber de qué. En todo caso la escena era preciosa… pero también dramática:
Porque a medida que nos acercábamos con el coche, la admiración por los paisajes era inevitablemente reemplazada por una sensación de pesimismo y abatimiento: ruinas, escombros, basura... restos de metal y hormigón, musgo, arena, barro y piedra calcinada… Y a lo lejos, en una colina también rojiza aun ocupada con los restos de una antigua fortaleza, se dejaba ver la base militar de las BAB, cuadrada, cerrada por alambre, más hormigón y cuatro torreones de vigilancia.
Se me erizaron los vellos de los brazos. Sentía las ruinas, la muerte, la traición… y el silencio. Acostumbrada al bullicio urbano de Cáledon o Davenport con sus coches, sirenas, sus gentes ruidosas... Incluso en New Haven la naturaleza tenía vida y sonido, los árboles, los insectos y pájaros y las voces de los jornaleros trabajando. Pero en Vancouver sólo nos acompañaba el aullido del viento, como si todo estuviera desierto e incluso los animales se hubiesen ido.

10.5

Continúa la carta de Helena:
EL HELICÓPTERO EN EL QUE ME FUI ME LLEVÓ DIRECTAMENTE A LA BASE MILITAR DE VANCOUVER. TU PRÓXIMO DESTINO. ALLÍ ME ESPERABA SAÚL. LA BASE YA LA CONOCÍA, PORQUE DURANTE MI INSTRUCCIÓN COMO AGENTE BAB DURANTE UN TIEMPO ME DESTINARON ALLÍ. LA BASE ESTÁ MUY BIEN ARMADA, TIENE COMPLEJOS SUBTERRÁNEOS Y ZONAS CON QUIRÓFANOS PARA EXPERIMENTOS MILITARES. 
COMO TE PUEDES IMAGINAR, EL REENCUENTRO CON SAÚL FUE MUY TENSO.
EN MI CULTURA, EL HIYAB ESTÁ VINCULADO AL TRÁNSITO DE NIÑA A MUJER. CUANDO ME VINO MI PRIMER PERÍODO, PARA VISUALIZAR LA TRANSFORMACIÓN, INFORMAR DE MI FERTILIDAD, ME PUSE EL HIYAB. SÓLO A MI FAMILIA MÁS CERCANA LE MUESTRO MI CABELLO. SIN EL HIYAB ME SIENTO DESNUDA. PARA QUE COMPRENDAS MIS SENTIMIENTOS, QUITARME EL HIYAB ES COMPARABLE A COMO SI TUVIERAS QUE MOSTRAR TUS PECHOS EN MEDIO DE UNA GRAN AVENIDA LLENA DE GENTE. ESPERO QUE ENTIENDAS LO IMPORTANTE QUE ERES PARA MI, POR ESO ME DESCUBRÍ LA OTRA NOCHE. QUERÍA QUE VIERAS Y TOCARAS MI CABELLO.
EN CASA DE MIS PADRES IBA SIN HIYAB, ME LO PONÍA PARA SALIR DE CASA. CUANDO SAÚL ME RECLUTÓ... -YA TE CONTARÉ-... EL CASO ES QUE ANTE SAÚL ME DESCUBRO. ME QUITO EL HIYAB. EN ESTA OCASIÓN YO YA NO QUERÍA HACERLO, PERO SI DEJABA AHORA DE HACERLO, SAÚL TENDRÍA LA PRUEBA DEFINITIVA DE QUE TODO HA CAMBIADO. PESE A LA INCOMODIDAD QUE SENTÍA ME QUITÉ EL PAÑUELO Y ME MOSTRÉ SIN ÉL ANTE SAÚL, ESPERO QUE POR ÚLTIMA VEZ.
SAÚL ME ESPERABA EN UN DESPACHO FRIO Y HÚMEDO, CON POCA VENTILACIÓN. ALLÍ FLOTABA UN LEVE OLOR RANCIO. CUANDO ENTRÉ, ÉL ESTABA SENTADO, SUPONGO QUE TRAS UNA MESA. POR EL SONIDO, CREO QUE REVISABA UNOS PAPELES. AL VERME SE PUSO DE PIE. ENTONCES ME QUITÉ EL HIYAB. LE COMPLACIÓ PORQUE SE ACERCÓ A MÍ.
- ¿MATASTE AL VIEJO?
- SÍ SEÑOR. TAL COMO HABÍAS ORDENADO.
- ESO PARECE... 
- VARIOS DE TUS HOMBRES, INCLUIDO ESE OFICIAL CON ALIENTO DE AJO, LO COMPROBARON.
- MUCHOS DE ESOS HOMBRES, - ME DIJO CON CIERTO CANSANCIO EN SU TONO - ANTES NO ME SERVÍAN A MÍ.
HUBO UN INSTANTE DE SILENCIO, COMO SI SAÚL ME INTERROGARA CON SU MIRADA. TRATÉ DE NO PONERME NERVIOSA, PERO ERA COMPLICADO. ÉL ME CONOCE MUY BIEN.
- TÚ COMPORTAMIENTO HA SIDO MUY EXTRAÑO, HELENA.
- QUERÍA GANARME LA CONFIANZA DE...
ME AGARRÓ DEL CUELLO Y ME APRETÓ. SAÚL ES MUY FUERTE. CALCULÓ LA PRESIÓN EXACTA PARA HACERME DAÑO Y DEMOSTRARME QUE PODÍA ROMPERME EL CUELLO SI QUERÍA. NOTÉ COMO EL CARTÍLAGO Y LAS VERTEBRAS ME CRUJÍAN.
- HAS DESOBEDECIDO MIS ÓRDENES. EL VIEJO HACÍA TIEMPO QUE TENÍA QUE ESTAR MUERTO. NINGUNO DE MIS HOMBRES TENÍA QUE HABERLE VISTO. NINGUNO. LOS HOMBRES MURMURAN.
ME SOLTÓ. CAÍ A SUS PIES TRATANDO DE RECUPERAR EL ALIENTO. EL CUELLO ME DOLÍA.
- ¿QUI... QUIÉN ERA? – LE PREGUNTÉ.
- AHORA YA NO IMPORTA.
ME INCORPORÉ COMO PUDE. ME ESFORCÉ POR PARECER FUERTE, INMUTABLE, COMO ÉL ME HABÍA ENSEÑADO.
- TU AMIGA VENDRÁ A VANCOUVER.
- LO SÉ - LE RESPONDÍ. CUALQUIER OTRA RESPUESTA HUBIERA SIDO MENTIRA Y SAÚL LO HABRÍA SABIDO.
- BUSCA A UNA ANTIGUA BOLCHEVIQUE. NI MÁS NI MENOS. HA RECORRIDO VARIAS CIUDADES DE LA REPÚBLICA BUSCANDO A CONOCIDOS PRÓFUGOS. AQUÍ SE ESCONDE MARIAN DE LOCK. ANTIGUA DIRIGENTE DE LA EJECUTIVA NACIONAL. EN NEW HAVEN ENCONTRÓ A ORESTES VULL, EN DAVENPORT A LUIS MARÍA SANTOS Y EN TÍMBERLANE A CAYO CNEO.
- ¿CÓMO...? - ¿CÓMO SABÍA TODO ESO? ¿CÓMO SABÍA TUS PLANES?
- LA EXILIADA QUIERE RECONSTRUIR EL PARTIDO BOLCHEVIQUE, PERO SU AVENTURA TERMINA AQUÍ. NOSOTROS ENCONTRAREMOS A MARIAN, CAPTURAREMOS A LA EXILIADA Y TERMINAREMOS CON TODOS LOS MALDITOS BOLCHEVIQUES.
Continuará…

10.6

- La carretera nos lleva a la base militar... Me gustaría pensar que nuestro camino no es ese. No te gustaría entrar ahí.
Pablo conducía el coche y nos alertó de que, o nos desviábamos del camino, o nos daríamos de bruces con un control del ejército.
Cayo había visto más atrás un camino de tierra que se separaba de la carretera y parecía internarse en las montañas en dirección a las ruinas de la catedral. Con mucho cuidado dimos marcha atrás y tomamos esa pista. Nos llevó a través de la montaña hasta un acantilado en el que se veían vistas preciosas de las ruinas y de las montañas... Pero eso era todo. El camino terminaba ahí. Bajamos del coche.
Como ya me había sucedido en el camino, me quedé de nuevo hipnotizada por el paisaje. Desde allí las vistas eran impresionantes. Aquellas piedras te invitaban a pensar, a reflexionar, a pararte un momento y pensar en algo más trascendental que las tareas inmediatas. Pero yo no tenía tiempo para eso.
Mientras que la guerra había prácticamente destruido los edificios contemporáneos, casi hasta sus cimientos, las antiguas construcciones de piedra, levantadas por miedo a unos dioses inexistentes, aún estaban ahí. Es verdad, estaban en ruinas, con las piedras ennegrecidas, invadidas por los líquenes y musgos, pero ahí estaban. Aquella catedral con sus agujas y bóvedas, así como el Palacio del Teócrata, con sus columnas y cúpulas, no podía verlos simplemente como meros monumentos a un dios, al poder de una jerarquía eclesiástica y al miedo que infundían entre los oprimidos… ¡Era eso! ¡Malditos curas! Pero también tenía que verlo como un monumento al trabajo humano, a los obreros que habían sido capaces de levantar aquella maravilla.  Construidas para durar, para simbolizar el poder en la tierra de esos malditos dioses, ahora olvidados, toda la creatividad del momento se había volcado en aquellas obras de arte... En cambio, los edificios modernos sólo buscan resultar útiles y baratos... Sólo buscan conseguir un beneficio económico para su constructor... ¿Qué seríamos capaces de construir en un mundo no regido ni por el miedo a los dioses, ni por el miedo al látigo y al paro, un mundo no regido por los beneficios empresariales y la lucha por la supervivencia?
Entonces me di cuenta, ¡volvía a pensar como una bolchevique! Desde que había regresado del exilio -entonces negaba por activa y por pasiva que yo fuera bolchevique-, habían pasado tantas cosas que me había ido transformando. Allí delante de las ruinas de Vancouver, pensando en la capacidad del trabajo humano, me di cuenta. Saqué de mi bolsillo la foto mía de joven, la que había recuperado en la antigua casa de mis padres: Esa jovencita, con el megáfono, entusiasmada… ¡esa era yo! y no otra, no el abandonado despojo en el que me había convertido durante el exilio. Pensé que, cuando todo aquello terminara, tenía que volver a Stickton y visitar la tumba en la que están enterrados mis padres. Y más que nunca tuve ganas de terminar de una vez mi misión y volver a Cáledon. Enfrentarme otra vez a Verónica y decirle: ¡Ves Verónica! ¡Estabas equivocada! Sigo siendo una bolchevique.
- ¡Mira Exilada! - Pablo interrumpió mis pensamientos. Me señalaba lo que parecía un campamento, con varias tiendas de campaña, situado a la sombra de la catedral.

10.7

El único camino para bajar hacia el campamento era un pequeño sendero. Era peligroso. El camino era empinado y las rocas se soltaban precipitándose al vacío. Un paso en falso y podías caerte con resultados fatales. Fuimos bajando y bajando... pero muy poco a poco, paso a paso.
Ya os había contado mi experiencia en las montañas con la milicia... cuando tuve que asesinar a un soldado a mi cargo para poder continuar la marcha. Aquello había sucedido relativamente cerca de donde nos encontrábamos ahora, al otro lado de la Gran Muralla en dirección hacia Cáledon. Quizás por eso el paisaje me resultaba familiar. Todo aquel episodio había transcurrido en un sendero parecido a donde ahora estábamos. Los recuerdos me hacían sentir incomoda. Por un momento perdí la concentración necesaria para bajar de manera segura.
Estuve a punto de precipitarme: uno de mis pies resbaló al pisar mal una roca que se desprendió con mi peso. Pablo evitó mí caída con muchos reflejos: me agarró del brazo en el momento justo.
El resbalón me puso muy nerviosa, por la impresión que me había causado, pero sobre todo por el regreso de la inseguridad que me azotaba cuando me comparaba con mi pasado. Una vez más el contraste ente lo que había sido y lo que era ahora me avergonzó. Volver a pensar como una bolchevique no me devolvía mi juventud y agilidad perdida. Agradecí a Pablo su ayuda y continuamos el descenso, aunque no pude quitarme los nervios del cuerpo.
***
El campamento parecía abandonado, pero no lo estaba. Eran cinco tiendas de campaña, un generador, un vivac que hacía de almacén, un todoterreno viejo, oxidado, y una mesa a techada con una lona que supuse que haría las veces de comedor.
-¿Hola?
No hubo respuesta.
-¿Hola?
Aunque había basura y suciedad, el campamento estaba habitado. Esperamos un momento sentándonos alrededor de la mesa.
- Quizás están trabajando - propuso Pablo-. Podríamos ir a alguna de las ruinas.
Miramos a nuestro alrededor: Todo era ruina. La catedral, el palacio, restos de una muralla, restos de algo parecido a un acueducto... ¿dónde ir?
- Podemos intentarlo en la catedral. Es la ruina más famosa.
Nos pusimos en pie y caminamos hacia la antigua catedral. De cerca impresionaba aún más, aunque también aumentaba la percepción de la destrucción que había sufrido: los muros rojos, la piedra ennegrecida, los líquenes que luchan por sobrevivir… Las torres de la catedral parecían agujas, finas y largas. Los tres alzamos las cabezas para que nuestros ojos pudieran acompañarlas en su ascenso hacia el cielo: parecían no tener fin.
Fuimos a lo que antaño había sido la puerta principal de la catedral. Era un inmenso triple arco ojival. Ya no tenía puertas. En su momento más grandioso debía haber estado decorado con gárgolas, demonios y santos, ahora sólo quedaban prominencias de piedra desgastadas por la erosión. Nos asomamos al interior. Dentro se podía ver con bastante claridad porque la luz entraba a través de una pared completamente derruida, además de las aberturas ojivales que en su tiempo debían haber sido ventanas con vistosas cristaleras.
La catedral parecía vacía. No entramos. Estábamos actuando a ciegas.
Entonces escuchamos un ruido. No procedía del interior de la catedral sino de las antiguas murallas. Corrimos hacia allí.
Tras un promontorio formado por escombros nos encontramos con un viejo, viejo, viejo y enclenque anciano, muy arrugado por la edad, con gafas y barba blanca -muy descuidada y larga, muy larga- que se peleaba con un pico para tratar de rasgar la pared. Cerca de él, un joven con aspecto de universitario jugaba con su teléfono móvil haciendo como que sujetaba el maletín con las herramientas del anciano.
La escena era patética, irreal.

10.8

El anciano ni se inmutó con nuestra presencia. El joven no sólo jugaba con el teléfono, escuchaba música a un volumen tan alto que casi la escuchábamos nosotros. Me acordé de Helena, ella hubiera podido distinguir qué canción era.
- ¡Oigan! - gritó Pablo.
Cayo se acercó al anciano. Le tocó suavemente el hombro tratando de llamar su atención.
- Aquí se puede ver joven. Presta atención: Aquí se puede ver - parecía que el anciano había confundido a Cayo con su ayudante.
- No se esfuercen. Está loco.
El joven había por fin reparado en nuestra presencia. Se había quitado la música y nos miraba con aire de resignación y aburrimiento.
- Buenos días, buscamos a una arqueóloga llamada Marian - preguntó Cayo.
El anciano reaccionó al escuchar el nombre de Marian. Comenzó a gritar mientras sus ojos enloquecían.
- ¡Marian tenía razón! ¡Tenía razón! ¡Marian, te amo!
El anciano soltó el pico, se puso a llorar y se sentó en un taburete, llevándose las manos a la cara.
- Marian es su esposa - Nos explicó el muchacho que, con toda la parsimonia del mundo, se guardaba el teléfono y se levantaba para llevarle al anciano unos pañuelos de papel -. Hace unos días discutieron y ella se fue. Era la última que quedaba.
- ¿Se fue? - pregunté sorprendida.
- Nosotros dos somos lo que quedamos de la expedición del doctor Cruz - y señaló al anciano-. Vinieron hace años, al terminar las guerras, para salvar todo lo que se pudiera de Vancouver de la destrucción causada por las bombas y de los saqueadores. Al principio todo debía ir bien porque incluso el profesor y la señora Cruz se casaron.
“¡Marian se había casado!”, pensé sorprendida.
- Pero con el tiempo el profesor fue enloqueciendo y la señora Cruz estaba obsesionada... ¡A mí no me pregunten! – el muchacho parecía querer evitar el esfuerzo físico y sobre todo mental de tener que responder a mis preguntas.
- ¡Tenía razón! ¡Tenía razón! ¡Te amo! – continuaba exclamando el doctor Cruz.
- Poco a poco, los estudiantes y los demás arqueólogos se fueron marchando. A mí me envió hace poco la universidad más que nada para hacer de niñera. El profesor no se quiere ir. Fue un hombre brillante, supongo que el rector se siente responsable de él.
- ¿Y la señora Cruz?
- Hace un par de días que se fue. Desapareció. También estaba loca, si quieren saber mi opinión. Se fue sin avisar. Informé a la universidad, aún no ha venido nadie a buscarla. Cuando les vi pensé que quizás les hubieran enviado a ustedes. Ya veo que no.
- ¡Lo había encontrado! ¡Lo había encontrado! - interrumpió el profesor con una gran excitación-. ¡Fue a buscarlo! ¡Tenías razón! ¡Te amo!
El muchacho negó con la cabeza y volvió con su teléfono y su música, dando por zanjada la conversación y deseando que nos fuéramos.
- ¿Qué buscaba Marian? ¿Qué encontró? - pregunté al anciano temiendo que sólo me respondiera con más desvaríos.
- ¡Empezó dentro! Ella estaba segura. ¡Empezó dentro! En la muralla se ve. No la creía. En la muralla se ve. Fue a buscarlo. Fue al palacio. ¡Tengo hambre!
El anciano se levantó del taburete y comenzó a andar en dirección hacia el campamento. El muchacho reaccionó con un bufido.
- No le hagan caso. ¡Márchense! La señora Cruz se fue. Ella también estaba loca. Se la comerían los lobos o se despeñaría.
- ¿Por qué no avisaron a la policía? - preguntó Cayo.
- ¿A la policía? Aquí no hay nadie. A la base no puedes acercarte, te disparan sin mediar pregunta. Los teléfonos no tienen cobertura, yo el mío lo uso para jugar. Y el pueblo más cercano está a medio día en coche... En el coche hay una radio que comunica con la universidad, pero funciona como el culo. ¡Ya les avisé! Es asunto de ellos encontrar a esa chalada. Miren, júzguenme si quieren. Dentro de un par de días se acaba mi turno, vendrá un relevo de la universidad y yo me iré... Esto es un sin sentido. Hace tiempo que tendría que haber venido un loquero a llevarse al profesor, pero la universidad mantiene el proyecto... ¡Qué se apañe el que venga! ¡Ya no es mi problema!
Todo aquello era muy raro.

10.9

Me acerqué a la muralla. O lo que quedaba de ella. Era como una pared gruesa, discontinua, pero de la que se adivinaba una antigua unicidad y propósito. Tras una lluvia de explosiones que había triturado trozos enteros de muralla, ahora sólo quedaban restos aislados conformados por ladrillos ennegrecidos. Era curioso, muchas de las piedras supervivientes conservaban el relato de la guerra: no hacía falta fijarse para ver en ellas los pequeños agujeros causados por las balas fascistas.
Sin embargo, ¡a mí, aquellas piedras no me decían nada! Yo no tenía ni idea de nada de eso. Sólo veía restos y ruinas.
Volví la vista al anciano. Se alejaba casi arrastrándose, seguido de cerca por el estudiante.
Miré a Cayo. Estaba mudo desde hacía tiempo.
- ¿Sabías que Marian se había casado? - le pregunté por preguntarle, realmente esa información no me interesaba.
- No, no tenía ni idea. - me respondió.
A Cayo le pasaba algo.
- ¡Qué raro! – exclamó de improviso Pablo. Siguiéndome se había acercado a los restos de la muralla -. Los agujeros de bala están por dentro.
- Vancouver fue la primera ciudad en ser invadida. Aquí comenzó... - le traté de explicar, como si lo que nos había dicho fuera obvio.
- Ya, ya, pero si fue invadida... ¿Por qué las balas están por dentro? ¿No tendrían que estar por fuera?
Al principio no lo entendía. O no lo quería entender. Volví a acercarme a la muralla. Miré por los dos lados. ¡Era verdad! Las balas estaban por dentro, dentro de lo que había sido el recinto urbano. Las balas procedían de dentro de la ciudad, no de fuera como se supondría en una invasión.
- ¿Fue tomada a traición y la batalla se produjo dentro del recinto amurallado? - preguntó Pablo.
- Que yo sepa no. Se supone que el ejército fascista sí atacó de improvisto, pero desde fuera. Cercaron la ciudad y la tomaron al asalto. Al menos eso es lo que se explicó.
- No... No fue eso lo que realmente pasó.
Esas palabras eran de Cayo. Me giré sorprendida hacia él. Me lo encontré nervioso, su pie derecho arremolinaba sin parar la arena del suelo, precisamente a donde dirigía su mirada. Recuerdo que pensé que no me iba a gustar lo que tenía que contarme. Estaba en lo cierto.
- Verás… -no se atrevía a mirarme a la cara mientras me hablaba. No sólo estaba nervioso, estaba avergonzado, sudaba y su rostro se enrojecía -. Decidí acompañarte para así poder explicarte… algunas cosas… y así, si encontrabas a Marian, pues que no te pillara por sorpresa...
- Vete al grano – le dije impacientándome.
- Ya, sí… ¡A ver! Digamos que ha sido una suerte que dejaras Vancouver para el final. No quiero imaginarme que hubiera pasado de haber comenzado tu búsqueda por aquí.
- Habla claro Cayo. No te entiendo.
El recorrido del viaje había sido cosa de Víctor. Él me había sugerido un orden determinado atendiendo a la distancia desde Cáledon. Por eso habíamos dejado Vancouver para el final.
- Sí, sí, escúchame: La guerra antifascista no comenzó como se ha contado. Sí, empezó aquí, pero no hubo un ataque sorpresa de los fascistas. Verás... ¿Cómo te explico? Nosotros habíamos caracterizado la situación como prerrevolucionaria. Los socialdemócratas habían colapsado y nosotros éramos la principal oposición parlamentaria. El gobierno era muy débil. Nos preparábamos para tomar el poder.
- Sí, eso lo sé. Por eso siempre creímos que la guerra había sido alentada por la propia burguesía de la República.
- Sí, eso es cierto. Pero lo que muchos no saben es cómo fue el proceso exactamente... Y que nosotros, el Partido, estábamos implicados de una manera que me avergüenza reconocértelo.

10.10

- Nos preparábamos para tomar el poder, sí... pero la dirección del Partido, la Ejecutiva, sufría una fuerte división... Todo un sector de la Ejecutiva, entre ellos Jaime, pero no sólo, quería acelerar la toma del poder, organizar una insurrección y tomar el poder por la fuerza. Yo simpatizaba con esos planteamientos. Por contra, otro sector, “de derechas” les llamaba Jaime, creía que era más cauto esperar, obligar al gobierno a convocar elecciones y ganar la mayoría del Parlamento. Orestes y la mayoría, Luisma, Marian... querían preparar la insurrección, pero a través de desarrollar órganos de poder obrero en las fábricas, barrios, siguiendo el esquema clásico... La posición de Orestes era impecable en la teoría, pero hacía tiempo que habíamos lanzado la consigna de organizar comités revolucionarios en cada fábrica, en cada barrio, y los resultados no eran los que esperábamos... Jaime decía que las masas la única consigna que querían oír era el llamamiento a la insurrección: que la propia insurrección crearía sus órganos de poder. Cada día que esperábamos, en opinión de Jaime, dábamos más margen de maniobra a la burguesía que ya entonces preparaba en secreto la invasión de las potencias fascistas. Las dudas de Orestes alimentaban al ala de derechas que justificaban su posición de esperar las elecciones precisamente en la ausencia de comités obreros. Según ellos era una demostración del bajo nivel de conciencia de las masas.
- ¿Por qué en el Comité Central no sabíamos nada de algo así?
- Sabíamos que el Partido estaba infiltrado, teníamos sospechas incluso de algunos miembros del CC y en esos momentos de presión todos queríamos preservar la unidad y... supongo que también el prestigio de la dirección.
- ¡El prestigio!
- La Ejecutiva nos veíamos capaces de llevar al Partido a la toma del poder. ¡Hasta entonces lo habíamos hecho relativamente bien! La división nos pilló por sorpresa. Es verdad que a posteriori podíamos ver indicios, tendencias latentes… pero no nos esperábamos una fractura así de brusca.
- ¿Qué pasó aquí en Vancouver?
- Estalló una insurrección. Jaime afirmó que era una confirmación de sus análisis. La mayoría de la Ejecutiva pensábamos que él mismo la había alimentado y provocado. Orestes acusaba a Jaime de querer ser Lenin... ¡a toda costa! 
-¿Fue Jaime?
- No lo creo. Pienso que fue una insurrección espontanea... Por algo que sucedió en la ciudad y que ha sido enterrado por la historia. El caso es que la guarnición republicana fue expulsada de la ciudad y los obreros tomaron el control. Pero la insurrección duró un día escaso: durante la noche siguiente las tropas fascistas entraron en la ciudad y masacraron a los revolucionarios. No nos dio tiempo ni a reunirnos para evaluar qué hacer...
- ¿Entonces?
- Alguien desde dentro de Vancouver facilitó la entrada de tropas fascistas en la ciudad. Un “caballo de Troya”. Creemos que militantes del Partido.
-¿Cómo? ¡No puede ser!
- Nadie se lo creía. Pero las noticias parecían muy veraces.
-¿Jaime?
- Durante un tiempo algunos camaradas así lo creyeron: Que Jaime había provocado la insurrección y había facilitado que fuera aplastada, para provocar una insurrección generalizada... Pero muchos no lo creíamos... Además los medios habían logrado silenciar la insurrección y lo que prevalecía era que las Potencias fascistas habían invadido la República... Así era de hecho. Marian pensaba que no había sido Jaime. Y apuntaba hacia la posibilidad de que los traidores se encontraran entre los partidarios del ala de derechas, que quisieran forzar la guerra para obligar al gobierno republicano a capitular o a llamarnos a formar un gobierno de emergencia o de concentración nacional.
-¡Venga! ¿Quién dentro del Partido podía defender semejante locura? En el ADN bolchevique está el rechazo a cualquier tipo de frente popular, de pacto con la burguesía.
- Sí, sí, pero no lo explicaban así. Sus defensores se envolvían en la teoría y daban la vuelta a sus argumentos echando la culpa al aventurerismo de Jaime y explicando que el gobierno iba a caer como una fruta madura, que sólo había que ser paciente y disciplinado. 
- Me suena esa argumentación. ¿Quién dirigía este sector “de derechas”?
-Verónica.
El nombre de mi antigua maestra retumbó en mi cabeza. Cayo continuó su explicación:
- La ruptura de Jaime ante el avance fascista zanjó el debate. La división era ya un hecho. La mayoría de la Ejecutiva optamos por preservar la unidad ante el desafío de Jaime. El debate en el CC ya era si nos lanzaríamos a la guerra contra el fascismo o si debíamos esperar. Además no había ninguna prueba, ni de la autoría de Jaime, ni de la autoría del ala de derechas. Destapar acusaciones de esta magnitud, sin pruebas y en una situación tan grave era un error. Optamos por tapar todo el asunto.
- ¿Por qué no te uniste a Jaime? - le pregunté finalmente.
- Tenía miedo.
Tenía miedo.
- La guerra se desarrolló y los acontecimientos en Vancouver quedaron enterrados. Pero cuando se inició la guerra civil la agresión de Jaime reforzó la posición de Verónica. Por eso fuimos tan duros contigo. Para Verónica eras la encarnación de la traición: de ser su discípula pasaste a seguir a Jaime y ¡encima osabas volver! Pero después nos masacraron, las BAB destruyeron lo que quedaba del CC y Marian, cuando los miembros que quedábamos de la Ejecutiva decidimos dispersarnos, quiso venir aquí y averiguar la verdad. Afirmaba que sólo el conocimiento de la verdad nos permitiría reconstruir el Partido... Ni Orestes, ni Luisma, ni yo pensábamos en reconstruir nada así que la dejamos sola, con sus locuras decíamos... Y por eso se vino sola aquí, en un desesperado intento de encontrar algo, algún indicio, alguna prueba... ¡bah! ¡Una locura! Aquí no queda nada.
Cayo, de una fuerte patada llena de hastío, incluso asco, lanzó una piedra contra la muralla. Sentía repugnancia de sí mismo. Eso se le notaba a leguas. Yo, en cambio, lo que estaba era muy indignada. Pocos minutos antes me había reafirmado en mi bolchevismo, en mi voluntad de terminar la misión y recuperar mi pasado perdido durante el exilio… pero ahora caía esta bomba. ¡Intrigas! ¡Mentiras! ¡Maniobras! ¡Orestes! ¡Jaime! ¡Verónica! ¡Eran todos iguales! No me pude contener: le di a Cayo un guantazo, una bofetada todo lo fuerte que pude.
"¡Malditos!", le grité.

10.11

Me senté sobre un montón de arena para mirar al infinito y sentir odio y desprecio por mí misma y por el mundo. El atardecer enrojecía aún más los paisajes de Vancouver. El sol rojizo que buscaba ocultarse tras las sierras reforzaba el color del barro y de la arena.
Me sentía engañada, utilizada... ¡Por todos! Creo que si entonces hubiese tenido a mi alcance el loto dulce del exilio... hubiera recaído en su consumo. Así de tocada me habían dejado las revelaciones de Cayo. No lo entendía. ¡No lo entendía! Comprendía la “teoría”, había sucedido en la historia del movimiento obrero: una dirección sometida a tremendas presiones, ideológicas y de las distintas clases en pugna... Lenin y Trotsky se habían tenido que enfrentar a Kámenev y Zinoviev... Estos dos bolcheviques de la época clásica, de ser grandes colaboradores de Lenin, pasaron en semanas a rechazar y hacer públicos los planes de la insurrección bolchevique... En los momentos colosales, las presiones eran también colosales... La conclusión es que habíamos fracasado, no habíamos sido capaces de estar a la altura.
¡Verónica! Siempre se llenaba la boca hablando de teoría. No creía que ella hubiese instigado el inicio de la guerra hasta el punto de vender a los trabajadores de Vancouver. Tampoco había sido Jaime, de eso también estaba segura. Conviví en la guerra con él y si tenía un defecto es que era demasiado directo, nada de maniobras, de subterfugios, de engaños... Pero daba igual. La dirección, Orestes, pero también Verónica y Jaime, no habían sabido lidiar con todo aquello. Desde varios puntos de vista se podía decir que habían traicionado a la revolución. ¿En que quedaban entonces todos mis esfuerzos? ¿En que quedaba toda la gente muerta en Cáledon, en New Haven o en Davenport? ¿En que quedaban Bruno, o Roger, Melisán, Helena...? ¿En que quedaba todo?
Pablo se sentó a mi lado. Primero en silencio, observando como yo cogía guijarros del suelo y los lanzaba a lo lejos.
-¿Has pensado en por qué Helena fingió la muerte de Víctor y volvió con las BAB? - me preguntó tras un rato de silencio.
La verdad es que no lo había pensado... Sólo sabía que Helena me había dicho que estaba enamorada de mí, que podía haber matado a Víctor de verdad y que nos podía haber delatado. Ojala hubiera estado allí conmigo entonces.
- Le he estado dando vueltas. Creo que ella quiere protegerte... Creo que se enteró de algo y pensaba que sólo volviendo a las BAB podría ayudarte. Creo que se sacrificó por ti.
Quería creer a Pablo, pero ¡joder! ¡Sí que quería creerle! Pero... ¡Qué más daba todo eso! Me tenía que haber largado de vuelta al exilio... Al menos con ella...
- Mira Exiliada... Yo no sé qué es realmente el bolchevismo. En las BAB me explicaron que erais enemigos de todo lo bueno que tiene la vida: que engañabais, mentíais, manipulabais... Ahora pensarás, por lo que te ha dicho tu colega, que mis jefes tenían algo de razón...
Cogí una piedra más grande y la arrojé con más violencia lo más lejos posible.
- Pero escúchame, ¡escúchame un momento! Para Bruno, o para Roger, o Helena, el bolchevismo es lo que tú has estado haciendo desde que volviste a la República. Has tratado de ayudar y organizar a unos trabajadores de Cáledon, has despertado la dignidad de las mujeres jornaleras semitas de New Haven, me has impresionado de tal manera, a mí y a Melisán, ¡que fuimos capaces de ponernos a la cabeza de la manifestación más grande en la que he estado en toda mi vida!... Y en Tímberlane, estabas dispuesta a darlo todo, incluso tu vida, por tus ideales, algo que tu amigo, el "antiguo dirigente" había sido incapaz. Ya te digo, yo no sé qué es el bolchevismo, no he leído uno sólo de tus libros comunistas, pero te he visto actuar, y he visto el efecto que tu ejemplo: lo que tu inspiración ha provocado en gente como Bruno, como Roger o Melisán... o en mí mismo. Para mí, tú eres la verdadera “Última Bolchevique” y todos esos antiguos jefes tuyos que hemos ido rescatando de su nulidad y mediocridad representan toda la mierda que las BAB podían utilizar para desacreditar a los revolucionarios como tú.
Le miré a los ojos emocionada. Empecé a llorar como una niña. Pablo me abrazó.
- Terminemos el trabajo –me ordenó, el también emocionado-. Olvídate de lo que no eres y céntrate en lo que eres realmente, ¡Última Bolchevique!

10.12

Yo no era la "Última Bolchevique", pero las palabras de Pablo me animaron, y mucho.
¡Cuánto me alegraba de que en Davenport decidiera quedarse conmigo! Pablo siempre estaba a mi lado, dispuesto a ayudarme...
Yo no quería ser, ni la primera, ni la "Última Bolchevique", pero me decidí a completar lo que había comenzado. Encontraría a Marian y, de paso, averiguaría todo lo que pudiera sobre lo que realmente había pasado en Vancouver... Aunque la verdad ya no le importara a nadie, yo sí quería conocerla.
El anciano arqueólogo se había referido al palacio como destino de la desaparecida Marian. Supusimos que se refería al Palacio del Teócrata, junto a la Catedral, la otra gran construcción de la antigua Vancouver. Había que empezar por allí la búsqueda. Pasamos por el campamento y pedimos prestados algunas linternas. No sé quién nos ignoró más, si el viejo ido o el joven enganchado a su teléfono. No obstante nos dieron las linternas y también nos invitaron a picar algo de comida y a beber agua, muy de agradecer por la tremenda sequedad del ambiente. La falta de humedad, la arena y el polvo nos deshidrataba y nos resecaba. A mí me dolía la garganta y notaba la boca seca. Bebimos en abundancia y cargamos unas cantimploras para el viaje.
Desde allí fuimos directos al Palacio.
Menos impresionante que la Catedral, pero más sólido, el Palacio del Teócrata estaba compuesto por enormes bloques de piedra oscura y formas simétricas. Las bombas lo habían dañado casi más que a la Catedral: varias alas estaban derruidas y los antiguos torreones que se alzaban sobre el techo habían desaparecido. El grandioso juego de cúpulas que se elevaba tras la fachada principal y conformaba el edificio central del palacio estaba agujereado.
Aquellas ruinas habían sido el centro de poder de los teócratas, incluso cuando ya estaban dominados políticamente por reyes y gobernantes de un lado y otro de la Gran Muralla. Desde un balcón principal, hoy inexistente, el Teócrata, todos los domingos, impartía las bendiciones al pueblo, ofreciéndoles paz y eternidad, a cambio de mansedumbre y obediencia. Como ya os conté, en la religión teocrática no es posible un paraíso en la tierra, pero él nos promete un mundo de justicia... tras la muerte. Sus legiones de sacerdotes llevaban la "buena nueva" a todos los rincones del Continente y hasta más allá de la actual República, también a las Antiguas Colonias. Con la huida del Monarca, el Teócrata, temeroso de la Revolución, también huyó, aunque para entonces, tanto Vancouver, como su poder estaban ya en decadencia. Su sistema de creencias tardará en ser olvidado, pero siempre me juré a mí misma que haría lo necesario para terminar con su poder y riqueza terrenal.
Presidía la fachada del edificio una enorme esfinge, cuya faz representaba antes de las bombas, balas y erosión, al Primer Teócrata, “mensajero de los dioses”. Su imagen imponente buscaba el miedo de los campesinos y siervos analfabetos, supersticiosos y crédulos: un monstruo alado, con garras en vez de manos, y un rostro severo cuya mirada persigue a todo el que se acerca. Monjes de piedra, de formas muy geométricas y con los rostros tapados por las capuchas, escoltan al Teócrata, portando oro y joyas recogidas para honrar a los dioses.
Como pasaba con la Catedral, las puertas del palacio están destruidas, los restos, escombros y arena acumulada, dificultan la entrada en el edificio. Dentro resuena el eco. Un juego arquitectónico de varias cúpulas, la central amplia y enorme, se alza majestuoso ante nuestras cabezas. Los agujeros provocados por los proyectiles de la guerra permiten el paso de algunos rayos de luz que, lejos de iluminar el amplio espacio, fuerzan un color azul brumoso, casi fantasmagórico. El fuego había arrasado el interior: cenizas, restos carbonizados, piedras ahumadas... Al fondo de la cúpula central se encontraba la sala del trono del Teócrata. Las puertas de piedras parecían incorruptas, cerradas a la presencia de intrusos.
-¡Mira! – indicó Cayo resonando su voz por el eco del edificio.
El antiguo dirigente bolchevique me mostraba una especie de pasillo situado a uno de los lados de la gran cúpula, perpendicular al cerrado salón del trono. El acceso al pasillo parecía escavado en la roca. La zona parecía haber sido despejada recientemente.
- ¡Pisadas! – Pablo había enfocado el suelo con una de las linternas y así había visto aquellas huellas – Son de un pie pequeño, probablemente de mujer. También hay colillas.
- ¡Marian fumaba! - corroboró Cayo.
El pasillo se había hundido, pero alguien había abierto un agujero entre los restos que bloqueaban el acceso. Ahora se podía pasar. No parecía muy seguro, pero parecía indicar el camino que teníamos que seguir. Nos adentramos a través del agujero con mucho cuidado para no provocar un derrumbe y así, accedimos al pasillo. Sus tabiques estaban decorados por más monjes geométricos. Avanzamos lentamente a través de un laberinto que giraba a izquierda y derecha. Las habitaciones a las que antaño comunicaba este pasillo parecían derrumbadas, tapiadas o ambas cosas, lo que nos empujaba a continuar hacia adelante.
Pero, ¡un momento! parecía que a lo lejos, siguiendo el túnel hacia abajo, sí que parecía haber una salida: Se podía ver un pequeño punto de luz, muy débil, pero evidente.
No me hacía ninguna gracia, pero hacia allí nos dirigimos.

10.13

Conforme avanzábamos hacia el punto de luz, el pasillo se estrechaba. La oscuridad, el aire viciado, las dificultades para recorrer el camino y el sonido agobiante que provocaban mis compañeros al respirar potenciaban un ambiente cada vez más claustrofóbico. Me sentía como atrapada, como si allí adentro pronto nos olvidáramos del sol para siempre. Paso a paso estábamos bajando: descendíamos, aunque muy poco a poco. El punto de luz, que al entrar en el túnel parecía proceder de un indefinido abajo, estaba ahora al nivel de nuestros ojos y seguía subiendo. 
- Quizás ese punto de luz es porque este camino conduce al exterior – dije sin creérmelo ni yo misma.
- No creo – me respondió Pablo -. No hemos dejado de bajar. Creo que ya estamos muy por debajo del nivel del suelo. Esa luz tiene que ser artificial.
Cayo, de más tamaño que Pablo o que yo misma, tenía cada vez más dificultades para continuar por el túnel. Se le notaba más torpe y su respiración más pesada. No lo estaba pasando nada bien. Yo tampoco me encontraba bien, he de reconoceros.
Seguíamos la luz. Y la luz nos hacía bajar y bajar. Pronto comprendimos que ese túnel, ese agujero por el que casi nos estábamos arrastrando, formaba parte de un trabajo inacabado. Efectivamente, alguien había estado trabajando allí, escavando, ampliando el túnel, pero no había concluido.
Llegamos al origen de la luz. Era un tabique agujereado por el que se escaba la luminosidad. No se podía avanzar. El agujero, había sido abierto a golpes y dejaba escapar la luz, pero impedía el paso a las personas. A nuestros pies distinguimos un maletín con instrumentos varios, entre ellos un pico y una maza. Eran muy probablemente los instrumentos que habían cavado aquel túnel. Debían de ser de Marian.
- Nos equivocamos - dijo Cayo deseoso de regresar -. Marian no está aquí. Posiblemente fuera ella la que trabajara aquí, pero ya no está.
Pero habíamos llegado hasta ese lugar y tenía curiosidad por saber qué era lo que buscaba Marian. Miré por la abertura. La luz procedía de algún tipo de generador eléctrico. Parecía una luz de emergencia... ¡Tanto tiempo funcionando! Tras el tabique había lo que me parecía algún tipo de habitación, con muebles y un zumbido eléctrico y un hedor repugnante a cerrado y a muerte.
- Puede que Marian no continuara excavando porque no era lo que buscaba –conjeturó Pablo.
- ¿Después de tanto esfuerzo? ¿Y tan cerca? – No, estaba convencida de que lo que ella buscaba estaba ahí. Al otro lado del muro. Dónde estaba ella era otro asunto.
Cogí los instrumentos de excavación y decidí terminar el trabajo.
- Quizás vuestra compañera interrumpió el trabajo para buscar… ¡perfumes aromáticos! ¡Qué peste! - bromeó Pablo, pero razón no le faltaba, al agrandar el agujero el hedor era cada vez más intenso e insoportable. Me causaba náuseas y estuve casi a punto de vomitar. Cayo tampoco tenía buen aspecto, sudaba a mares y estaba enrojecido. Se apartó del agujero pestilente y bebió algo más de agua para refrescarse.
Sí que era una habitación, pero parecía un bunker. El olor era producto del aire cerrado... A saber de cuánto tiempo, pero también a materia orgánica completamente descompuesta. Era un olor de muerte. ¿Por cuánto tiempo? Difícil adivinarlo. Yo sospechaba que éramos los primeros intrusos que entrabamos allí probablemente desde la destrucción de la ciudad al inicio de la guerra. Agrandé el agujero lo suficiente como para que pudiéramos entrar. Pablo me ayudó. Cayo era más reacio.
Era efectivamente un bunker del momento del inicio de la guerra: un calendario colgado en la pared mostraba el año fatídico del inicio de la guerra antifascista: el Onceavo año de la República. Pero el mes no coincidía con el de la destrucción de Vancouver: el inicio de la guerra se había producido el 8 febrero. ¡El calendario marcaba el mes de abril!
- Aquí abajo continuaron con vida durante como mínimo dos o tres meses después del inicio de la invasión.
Pablo me señaló un cadáver sentado en el suelo del bunker, prácticamente descompuesto: ya se le distinguían los huesos. Tras él, ¡otro cadáver!, otro más, tumbado en el suelo entre la sala principal y otro cuarto... Y en ese otro cuarto, un dormitorio con cuatro literas de dos plantas, ¡al menos, otros diez cadáveres! Siete tumbados en las camas, otros cuatro parecían arrojados al suelo del cuarto. ¡Doce cadáveres! ¡Doce muertos sepultados con vida en ese lugar maldito! Por cómo estaban vestidos no eran soldados, vestían como civiles, con ropas humildes. ¡Qué horror! Nunca me hubiera ni imaginado una cosa así. Parecía sacado de una película de terror. Y era terror lo que en ese momento sentía.
Pablo, que parecía menos impactado, no perdió el tiempo y se puso a revisar el cuarto principal: Encontró un enorme dispositivo electrónico, con pantallas ahora apagadas. En otro cuarto estaba el generador, que aun funcionaba, aunque bajo mínimos... Debía utilizar alguna fuente de energía con una autonomía fantástica, ¿nuclear? En otra sala se almacenaba comida, salvo la enlatada, toda perdida, podrida y fétida... La instalación era de todas formas pequeña, pero muy bien distribuida. Encontramos la puerta, metálica, aunque completamente rota. Había restos en los alrededores... Supuse que dentro de la desesperación de verse allí encerrados trataron de abrir la puerta con lo que pudieron...
Se equivocaron de lugar...
- Este equipo electrónico aun funciona. Se pueden ver y oír mensajes - me dijo Pablo.
¡A qué esperábamos!

10.14

- ¡Socorro! ¡Socorro!
Primero fue el sonido. Sucio, ruidoso, a duras penas distinguible. Las imágenes costaron aún más. Estaban muy estropeadas y distorsionadas. El aparato funcionaba, pero a duras penas. El paso del tiempo, la falta de mantenimiento y, seguramente, la filtración de arena y grava en sus circuitos había causado mella.
- Búnker 718, nos hemos quedado encerrados al iniciarse los bombardeos.
La imagen nos permitía distinguir, no sin dificultad, al hombre que hablaba: Era un adulto varón de entorno a los treinta años, visiblemente asustado, aunque limpio y peinado, que se dirigía desde dentro del Búnker a cualquiera dispuesto a escucharle.
- Alguna estructura demolida ha bloqueado la puerta. ¡No podemos salir! ¡Socorro! ¡Socorro!
¡Pobres desgraciados! Estaban condenados, pero se aferraban a la esperanza de que les salvaran… Nosotros podíamos confirmar que nadie les había ayudado. Esas imágenes sólo nos mostraban como se había gestado la desgracia. No ofrecían ninguna pista de lo que realmente había sucedido...
Había otro mensaje:
Era otro hombre distinto al anterior, pero emitía desde el mismo lugar. Su barba larga y salvaje; el pelo, grasiento y despeinado; la suciedad y su delgadez, casi cadavérica… todos sus rasgos nos informaban de que entre este mensajero y el primero había transcurrido mucho tiempo. Mucho tiempo allí abajo encerrados.
- Soy Jacob Blum. Hablo -casi susurrando- desde el Búnker 718, con la esperanza de que algún día se descubra esta traición y paguen sus responsables. Nos protegimos aquí doce ciudadanos de Vancouver. Número 1 nos prometió que estaríamos a salvo, pero nos ha abandonado. Mi mujer está enferma. Otro compañero ha muerto. Hay agua y comida y el aire es respirable, pero hay algo que nos enferma y no sabemos si es el generador, experimental, o si se ha infiltrado algún virus... ¡Se han olvidado de nosotros!
Pero de golpe, dentro del mensaje, se escucha un disparo. El hombre que retransmite, tan sorprendido como nosotros, se gira asustado y así, de manera abrupta, el mensaje finaliza. No era difícil imaginarse que, llevados por la desesperación, algunos de los cautivos habrían optado por quitarse la vida.
- ¡Número 1! - esa mención al misterioso jefe de los paramilitares... Número 1 tenía algo que ver con los sucesos de Vancouver...
- Aquí no podemos hacer nada por toda esta gente – dijo Cayo, ansioso de que nos fuéramos de esa tumba.
Tenía razón. Esos cadáveres llevaban allí doce años de abandono y silencio y muchas huellas estarían irremediablemente perdidas. Pero yo estaba horrorizada por el fatal destino de esos doce individuos, engañados por Número 1. ¿Habían ellos, entregado la ciudad a los fascistas? Era muy posible que algo tuvieran que ver, pero eso no les hacía merecedores de una muerte tan horrible. ¿Qué diablos había pasado en esa maldita ciudad? Si era Marian la que había descubierto el búnker, éste, con sus difuntos habitantes, no ofrecía ninguna explicación, sólo más preguntas que embrollaban el inicio de la guerra, la insurrección, las facciones dentro del bolchevismo, los fascistas y Número 1...
Ya no tenía sentido continuar allí. Había decidido irnos del búnker de una vez, cuando Cayo se tuvo que sentar, mareado, indispuesto, sobre un taburete. Tenía muy mal aspecto. 
- No me encuentro bien - nos dijo con una tonalidad casi infantil.
- Salgamos de aquí. Seguramente es el olor. A mí también me está doliendo la cabeza – indiqué, aunque por un momento pensé en la misteriosa enfermedad que había mencionado el mensajero.
Ayudamos a Cayo a reincorporarse y salimos pitando del búnker. Los tres queríamos abandonar aquel lugar lo antes posible. Recorrimos de vuelta el pasillo hacia la cúpula del palacio. Si bajamos con precaución, ahora el ascenso era rápido… precipitado. De Cayo casi tuvimos que tirar de él. Una vez fuera del túnel, de regreso a la gran cúpula, agradecimos no tener que soportar más ni el hedor putrefacto, ni el aire viciado del pasillo. Sin embargo, Cayo no parecía mejorar y mi dolor de cabeza no remitía.
De hecho, me sentía mareada. 
- Deberíamos de salir del palacio – dije.
Cuando emprendíamos el camino de salida, Pablo se dio cuenta de algo extraño: la puerta de acceso al Salón del Trono del Teócrata estaba abierta de par en par. ¡Antes de que entráramos en el túnel que nos condujo al bunker esas puertas estaban cerradas! No sólo eso: Pablo aseguraba que había visto como alguien corría hacia adentro del salón.
-¡Sólo he visto sus piernas corriendo, sus talones! ¡Parecía una mujer! - Nos dijo - ¡Estoy seguro de lo que he visto!
Pablo también había empezado a sudar. Parecía que también enfermaba como Cayo… o como yo misma. ¿Sería entonces una alucinación lo de esa mujer? Pero lo que claramente no era locura era lo de las puertas, ahora abiertas. No me encontraba bien. Estaba confusa. Todo estaba confuso.
- Igual es Marian – Insistió Pablo.
Escuchamos entonces unas risas de mujer procedente del salón del trono. No era una alucinación y Pablo me miró como reprochándome que no le creyera.
Pero algo no iba bien. Esas puertas tenían que estar cerradas. ¿Quién las había abierto? Y luego estaban esas risas... Podía ser Marian. El estudiante nos había dicho que ella también había enloquecido en compañía del anciano. Me dolía la cabeza, estaba mareada y no podía pensar con claridad. Teníamos que encontrar a Marian, pero... yo estaba enferma... Cayo estaba muy enfermo... Pablo también sudaba y enrojecía... ¡Teníamos que irnos de allí! Buscar al arqueólogo y al estudiante para que nos ayudaran, que nos dieran alguna medicina que nos pusiera mejor.
Y, no obstante, de mi boca salió la orden de seguir a las risas, de entrar en el Salón del Trono.
Avanzamos cautelosos, tratando de hacer el menor ruido posible. Yo sujetaba a Cayo, que ya casi no podía moverse. Cruzamos las puertas. Pensé en la posibilidad de que se cerraran a nuestras espaldas y nos quedáramos allí encerrados, como los desgraciados del búnker. Enfermos, débiles y enclaustrados, moriríamos pronto.
Continué avanzando. 
La gran Sala del Trono era amplia e imponente. Pude asombrarme de su maravilla incluso pese al mareo… o igual el mareo la magnificaba a pesar de la ruina y el abandono. Se decía que antaño murales de oro cubrían las paredes, pero los saqueadores se habían llevado todo. Ahora ya sólo quedaba la misma imagen grabada en piedra que decoraba la fachada del palacio, el Primer Teócrata terrible, dispuesto a asustar a los ignorantes siervos, y a sus pies, su trono de piedra caliza, también desvalijado de las joyas que en el pasado lo habían adornado.
Un momento: alguien estaba sobre el trono. Esforcé mis ojos: Sí, sobre el trono nos esperaba alguien sentado. Me acerque como pude: Era una mujer, inmóvil. Nos observa.
Me acerco más. Pablo me acompaña, tan intrigado como yo. Dejo a Cayo apoyado en el suelo, él ya no puede moverse. Presto atención al trono: la mujer... ¡Es Marian!, ¡Sí! ¡La antigua dirigente bolchevique! 
- ¡Marian! ¿Marian?
Volvieron las risas. ¿Es ella la que se ríe? ¿Son suyas esas risas? No. Ella está inmóvil. Pero yo seguía escuchando esas risas. Se ríen de nosotros. Llegué al trono y toqué a Marian. No se movía. No podía hacerlo porque estaba muerta. ¡Muerta! Llevaba así poco tiempo porque aún no estaba fría. Tenía en el pecho un agujero de bala. La sangre era reciente. Me manché con su sangre.
Escuché unos pasos a mi espalda. De allí procedían las risas. Me giré y allí estaban, esperándonos. Saúl, Helena y al menos diez soldados BAB, dos de ellos de civiles: una mujer, vestida igual que Marian. Ella era la que se reía. El otro soldado de paisano era el estudiante enganchado al teléfono en el campamento del arqueólogo. El coronel sonreía. Helena se mantenía inexpresiva. ¡Mi cabeza! Pablo se apoyó sobre la piedra del trono. También estaba muy enfermo. El estudiante... el agua... No es el búnker. Es el agua. Nos han envenenado. Habíamos caído en una trampa. Marian era el cebo.
Perdí el conocimiento.


FIN DEL CAPÍTULO 10