Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Capítulo 1, la exiliada, 5

Volví a escuchar con atención a través de la puerta. No parecía haber nadie. 


- Al principio hacían rondas - dijo Pablo aun doloriéndose del bofetón - pero dejé de escucharles. Creo que ya no salen al pasillo. 
- ¿Y por qué no has salido de aquí? 
- ¿Para ir a dónde? No señora. Además para salir del pabellón psiquiátrico hay que pasar por la cabina de los vigilantes. 
- ¿Este es el pabellón psiquiátrico? 
- Sí… pero yo no soy de este pabellón - respondió el muchacho muy nervioso - Yo venía aquí... A fumar... Sí, a fumar, soy fumador. El lío este me pilló fumando. Estoy ingresado porque me hirieron, sí, estaba herido, ¡mira! - Y trató de enseñarme la barriga. Yo lo impedí, pero por su forma tan alterada de actuar me demostró que sí que debía de ser del pabellón psiquiátrico. 

- Voy a salir. ¡Quédate aquí! – le ordené. 

Y abrí suavemente la puerta. Por la ranura, eché una mirada afuera. No había nadie, pero en esta ocasión tome precauciones: agarré con fuerza una escoba y me deslicé por la pared hacia la puerta principal del pasillo. Supuse que allí estaría la cabina de los vigilantes mencionada por Pablo. 

No había avanzado un par de metros cuando noté tras de mí al muchacho. Le hice un gesto para que fuera sigiloso y continué avanzando. 

Ya cerca de la puerta escuché a alguien: El vigilante. Parecía solo. Recordé entonces un truco de la milicia. Indiqué a Pablo que se quedara quieto frente a la puerta, pero a cierta distancia, y que se quedara allí pasara lo que pasara. Entonces yo me coloqué de tal manera que la puerta al abrirse me ocultara. Llamé con los nudillos y, como sucedía en un noventa por ciento de las veces, el vigilante picó el anzuelo: Abrió la puerta y se dirigió hacia un aterrorizado Pablo. Me dio la espalda lo justo para romper mi escoba en su cabeza. El vigilante cayó al suelo redondo. Pero no era un vigilante del hospital, ni de ningún servicio de seguridad que yo conociera. Parecía una especie de paramilitar, vestido de negro con pasamontañas, chaleco, pistola, cuchillo... 

Pero no me dio tiempo a mucho más. Había descuidado mi espalda: 

- ¡Alto ahí! - otro paramilitar encapuchado me señalaba mientras buscaba su pistola. 

No tuvo tiempo de desenfundarla. Hubo alguien que fue mucho más rápido. Más rápido que el paramilitar y más rápido que yo: ¡Pablo! El muchacho había cogido la pistola del primer paramilitar que yacía en el suelo y, sin pensárselo, disparó una acertada bala a la cabeza del segundo. 

El cadáver cayó de bruces ante mí, sin que yo supiera muy bien qué hacer. Estaba absolutamente paralizada. ¿Quiénes eran esos paramilitares? Y, más urgente aún, ¿quién era ese Pablo? El muchacho había demostrado tanta sangre fría como para, en fracciones de segundo, recoger un arma, apuntar y disparar certeramente en la penumbra de aquel pasillo a un hombre en movimiento y dispuesto a desenfundar. Una vez efectuado el disparo, Pablo dejó caer la pistola al suelo y él mismo se desplomó con los ojos desorbitados, gritando y llevándose las manos a la cabeza. Era como si su disparo hubiese sido algún tipo de acto reflejo, procedente de lo más profundo de su subconsciente y ahora volvía a ser un chico inocente, nervioso, alterado y aterrado. 

- ¿Do... Dónde aprendiste a hacer eso? - le pregunté muy nerviosa - ¿Estás bien? - me acerqué lentamente hacia donde se acurrucaba. Aparte la pistola empujándola lejos con el pie y con mi mano acaricié con suavidad su espalda, tratando de consolarle. No obtuve respuestas, pero el muchacho se tranquilizó. Por fin se incorporó y vi que lloraba. Pablo no era capaz ni de cruzar su mirada conmigo y mucho menos con el cadáver del paramilitar, ahí mismo tumbado sobre un charco de sangre, con un agujero en la cabeza y los ojos abiertos mirando al infinito.