Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

martes, 13 de noviembre de 2012

Capítulo 1, la exiliada 11.

Abandonamos aprisa aquella habitación de servicio y nos internamos por los sótanos. Bruno nos confirmó que conocía un camino para salir del hospital, pero teníamos que darnos prisa. Se oían disparos y explosiones y había cadáveres de paramilitares desparramados por el suelo. Lo que allí sucedía era una auténtica carnicería. Pablo nos cubría la espalda, armado y concentrado, dispuesto a volver a matar. Pero entonces no tenía tiempo de pensar en él. 

Parecía que la batalla la estaban ganando con facilidad las BAB, pero eso no me tranquilizaba. Sabía que también ellos me buscaban. Y así fue, en un cruce nos tendieron una emboscada. De golpe, los disparos venían de todas partes. Nos cubrimos a tiempo gracias a un grito de Pablo, pero una bala alcanzó a Víctor atravesándole de cuajo su mano izquierda. El anciano se retorcía de dolor, pero entre Bruno y yo le pudimos poner a cubierto tras una esquina. Pablo, con sus disparos, nos cubría. 

Mientras Bruno atendía al herido, saqué la pistola que había cogido del paramilitar y me incorporé al tiroteo. Era la primera vez que disparaba un arma desde el final de la guerra antifascista. Noté una sensación muy rara que me recorría la barriga. Una vez, hastiada, me había jurado a mi misma que nunca más tocaría un arma. Ahora la utilizaba, y aunque fuera con mucha peor puntería que la de Pablo, hay cosas que nunca se olvidan. Otra vez volvía a la guerra. 

- ¡Ríndase señorita Atenea!, - gritó el oficial de nariz aguileña - ¡No tiene donde ir! 
- ¡Encantado de conocerte, Atenea! - me dijo Pablo entre disparo y disparo recordando que hasta entonces aún no le había dicho cómo me llamaba. - Las milicianas bolcheviques siempre me parecieron muy sexys, sobre todo manejando un arma. 

Miré a Pablo, me sonreía mientras disparaba a los soldados. Sentí miedo por aquel muchacho. ¿Quién era? Antes, a momentos parecía un niño inocente y nervioso. Ahora era una máquina de matar, con una puntería increíble. 

- Es nuestro momento. - Pablo me hizo un gesto y Bruno incorporó a Víctor como pudo. 

Salimos corriendo hasta un conducto estrecho y lleno de tuberías que nos bajaba al alcantarillado. Las balas y los gritos de los soldados sonaban cada vez más lejanos. Una vez en el alcantarillado seguimos corriendo atravesando túneles muy oscuros, llenos de agua pestilente e infectados de ratas. Y corrimos y corrimos y no paramos de correr... Hasta que ya no podía más. Estaba agotada. Bruno, que llevaba a Víctor cada vez con más dificultades, indicó una escalerilla de ascenso. 

- Ya estamos suficientemente lejos del hospital. - nos dijo con la lengua afuera. 

Subimos y salimos a la superficie. Amanecía. 

Estábamos en un parking al aire libre lleno de coches. De lejos se veía una estructura ardiendo de la que salían grandes columnas de humo negro y llamas brillantes. Era el hospital, pasto de la destrucción. 

Pablo miró las llamas, se le enrojecieron los ojos y lanzó su pistola muy lejos con cara de repugnancia, de asco. Se apartó de nosotros como avergonzado y se sentó a sollozar entre dos coches. 

Víctor por su parte se apoyó dolorido en otro coche y, ayudado por Bruno, trató de vendarse la mano con un jirón de tela de su chaqueta de pana. 

Después de mirar a mis compañeros me volví a contemplar el hospital en llamas. Me sentía desolada. ¿Merecían mis ganas de volver todo lo que había pasado desde entonces? Quizás debía regresar una vez más al exilio y olvidarlo todo. Me asaltaban numerosas dudas… 

*** 

El hospital estaba destruido y la mayoría de sus trabajadores o pacientes y visitantes fueron declarados muertos o desaparecidos. El coronel Saúl dio nuevas instrucciones al comisario Santos para que el parte a los medios de comunicación no contuviera ninguna contradicción: El hospital había sido atacado por una célula bolchevique, aun activa, reforzada desde el exilio. Los bolcheviques habían ejecutado a los rehenes uno a uno mientras reivindicaban la disolución de la República. Había cerca de dos mil muertos en total, entre civiles, policías y terroristas bolcheviques. Desde la guerra no se había producido una matanza de tal calibre. Por su puesto no habría ninguna mención a los mercenarios paramilitares, ni a la intervención de las BAB. Según el comunicado, las fuerzas del orden se habían visto impotentes y rogaban al Ministerio Especial de Pacificación que reforzara a la policía para evitar futuras amenazas. Ésta era la versión oficial de lo sucedido. 

Cuando el coronel Saúl daba estas instrucciones a Santos, se les acercó el oficial de nariz aguileña. El líder de los BAB despachó al comisario, pero Santos pudo oír el informe del oficial: 

- El cabecilla de los mercenarios también logro escapar. 
- No importa. Los mercenarios no son el objetivo. 
- ¡Como ordene coronel! Sólo una cuestión importante, señor: la Exiliada no huyó sola. “Quien usted sabe” estaba con ella. 

El coronel Saúl palideció. Miró con gesto solemne las llamas del hospital y después elevó su mirada hacia el horizonte. Entonces, sin hacer ningún comentario, se alejó, visiblemente turbado. 

Santos hizo como si no hubiera escuchado nada y se volvió hacia sus hombres. Los policías trataban de atender a los pocos civiles –trabajadores, pacientes y familiares- que habían logrado sobrevivir a la matanza. Todo se había llenado de bomberos y de ambulancias y junto a los agentes hacían una tarea imposible. Lo sucedido aquel día en aquel hospital iba a tener graves consecuencias. Pero Santos no podría olvidar esas referencias a “mercenarios”, “Exiliada” y “Quien usted sabe”.