Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

lunes, 17 de diciembre de 2012

Capítulo 3, la última bolchevique 13.

Comencé a leer las actas: 

Reunión extraordinaria de la Ejecutiva nacional del Comité Central. Fecha: 1 de noviembre del año 14 de la Era Republicana. Preside la reunión: Orestes. Toma actas: Taylor. Asistencia: Cayo, Luisma, Marian, Orestes, Taylor y Verónica. Ausencias: Ninguna. Orden del día: Punto único. Comparecencia ante esta comisión del Comité Central de…” 

Recordaba aquel día como si fuera hoy. 

Tras la guerra antifascista, cuando Jaime había decidido continuar la lucha contra el gobierno, yo no podía más. Como ya os he dicho en varias ocasiones estaba rota, cansada, hastiada... Acudí por propia voluntad a la sede central del Partido en Cáledon. Creo que ese fue el día en que le di la espalda definitivamente al bolchevismo. Los últimos vínculos que me unían a Verónica o a Cayo saltaron en pedazos. De allí salí al exilio. 

La sala donde se reunía el Comité Central era un amplio salón de actos, con capacidad para más de quinientas personas. Tenía forma de hemiciclo, presidido por una imponente mesa presidencial de madera de buena calidad. La sala estaba iluminada por grandes ventanales de cristal que se abrían en el techo y que dejaban pasar ampliamente la luz del sol. Las paredes estaban pintadas de color blanco con adornos rojos y púrpuras. También estaban decoradas con los retratos de diversos revolucionarios de la historia, desde Marx hasta Leoria, símbolos comunistas y grandes murales de obreros de distintas épocas en lucha. Era el corazón del Partido Bolchevique. 

En las grandes reuniones plenarias del CC, antes de la escisión de Jaime, el salón se llenaba de vida: había talentosas mentes, intrépidos revolucionarios, brillantes organizadores, agitadores y propagandistas. Allí se daban cita para discutir las perspectivas políticas y las tareas para construir el Partido. Filosofía, economía, historia, arte y guerra se combinaban con el objetivo de terminar con la explotación del hombre por el hombre. Más de doscientos hombres formaban parte del máximo órgano de decisión del Partido, entre congreso y congreso. 

Pero en aquel momento, tras la escisión, las primeras muertes y las primeras deserciones, todo el edificio, toda aquella sede central tenía un aspecto fantasmagórico. En especial el salón de actos. Me habían contado que en el último plenario del CC, justo antes de mi reunión con la Ejecutiva, sólo un par de docenas de dirigentes habían ocupado sus puestos, sobre todo, ancianos y mutilados. El Partido se moría. La propia Ejecutiva estaba muy mermada. De contar con veinticinco de los mejores cuadros, ahora sólo aquellos seis seguían al frente. 

Taylor y Orestes presidían la reunión sentados tras la gran mesa de madera. Orestes era un hombre mayor, de pelo liso y canoso, antaño poblado, ahora con prominentes entradas. Llevaba, como muchos dirigentes bolcheviques, unas pequeñas gafitas que no ocultaban unos ojos vivos e inteligentes. Taylor era bastante más joven, rondaba entonces los treinta y cinco años, con una intensa y poblada melena negra. Tenía una cicatriz que atravesaba perpendicular su ojo derecho. Decían que de haber luchado contra bandas fascistas. Tras ellos se alzaban cuatro retratos presidenciales con los principales ideólogos bolcheviques: Marx, Engels, Lenin y Trotsky, y una gran bandera roja con la hoz y el martillo, el principal símbolo del Partido. 

Los demás dirigentes estaban esparcidos por el hemiciclo del salón de actos, como si rehuyeran la compañía unos de otros. Luisma era algo más joven que Orestes, de la misma generación que Verónica, es decir, entonces rondaba los cuarenta. Estaba calvo y gordito. También llevaba gafas, pero estrafalariamente grandes en contraste con sus ojos que eran muy, muy pequeños. Marian también tenía una edad similar a la de Verónica, quizás algo más joven. Era una mujer alta y esbelta, de pelo castaño recogido en coleta y pecas sobre su nariz, lo que le hacía parecer más juvenil. Luego estaba la propia Verónica… Y por último estaba Cayo. Cayo tenía un par de años más que yo. Entonces no debía de haber cumplido los veinticuatro años. Nunca un bolchevique tan joven como él había formado parte de la Ejecutiva Nacional. Las malas lenguas decían que había sido la recompensa por romper con Jaime. Alto y delgado, llevaba una frondosa barba sin bigote, por supuesto gafas, y el pelo muy corto, castaño claro. Durante la reunión no dejó de fumar compulsivamente. 

Y ahí me encontraba yo, enfrentándome a los restos del CC, del antaño poderoso Comité Central, representado por lo que quedaba de su Ejecutiva. Me temblaban las piernas, pero entré de frente, desde la puerta hacia la mesa presidencial a través de un pasillo descendente que dividía en dos las butacas del hemiciclo. Ya abajo me detuve frente a Taylor y Orestes sin mirar a mí alrededor ni por un instante. Quería demostrar firmeza. Creo que buscaba impresionarles... o tal vez era yo misma la que estaba impresionada y actuaba así por pura defensa. Y es que no quería cruzar mi mirada ni con la de Verónica, ni con la de Cayo. ¡No podía! Si les hubiera mirado, aunque hubiese sido de reojo, probablemente esa fachada de firmeza que trataba de aparentar se hubiera quebrado. Era mucho lo que aun sentía por ellos. Así que a mi espalda quedaron los dos, junto a los otros miembros de la Ejecutiva. 

Fue Orestes el que, manteniéndose sentado, tomó la palabra: 

- Estás aquí a requerimiento del Comité Central… 

Su voz era muy firme y seria, en el pasado aquel hombre me imponía un tremendo respeto. Pero no le dejé terminar. Eso antes nunca hubiera sucedido. ¡Y es que empezábamos bien! Aquellas pocas palabras y yo ya estaba furiosa. ¡Estaba allí porque yo me había presentado, porque yo quería y no por requerimiento de nadie! 

- ¡Estoy aquí por propia voluntad! ¡Nadie me ha obligado a venir! – interrumpí. 
- ¿Y qué haces aquí entonces? – Continuó Orestes – No parece que vengas a pedirnos perdón. 
- No. No vengo a pediros perdón. 
- Asumimos entonces, que no reconoces tus errores. – Tomó la palabra a mi espalda Luisma con su voz de pito. 

Me mantuve firme con la mirada centrada en Orestes que parecía sonreír: 

- Si es un error luchar contra los fascistas, soy culpable de ese error – Respondí desafiándolos. Orestes frunció el ceño. Taylor, mudo, permanecía con una falsa sonrisa. 
- El error no era luchar contra los fascistas –Continuó Luisma - El error era desoír a este Comité Central. 
- El error – siguió Orestes - era lanzarse a una loca guerra que sólo podía desgastarnos y fortalecer al enemigo. 
- El error – continuó Marian, también a mi espalda – era dividir al Partido, cuando nuestra fuerza siempre ha estado en la unidad. 
- Es fácil señalar mis errores. ¿Vosotros no los cometéis? – recuerdo que estaba muy enfadada con aquellos arrogantes. Ellos no habían estado en la guerra, no sabían lo que había sucedido. Se atrevían a pontificar sentados en sus poltronas. Yo había visto morir a inocentes, había matado a seres humanos, había sufrido y había llorado. Mis ojos se enrojecieron, pero no quería darles el gusto de que me vieran hundirme. 
- Eso es… - Orestes trató de hablar, pero le volví a interrumpir. Su labia y experiencia eran peligrosas. Era capaz de dar la vuelta a lo que yo dijera y no quería oírle. 
- Yo creo que el error fue vuestro, estimados compañeros de la Ejecutiva: Dejasteis que los jóvenes nos lanzáramos solos a la lucha. Los veteranos, los sabios, los cuadros se quedaban de brazos cruzados en interminables discusiones. Si vosotros os hubierais puesto a la cabeza en la batalla, ahora Jaime no tendría sueños imposibles. 
- ¡Es increíble! – Tronó Verónica a mi espalda. Se había estado conteniendo, pero ya no podía aguantar más – ¡Ella no escucha! ¡Ella no quiere darse cuenta de la verdad! Ya no es una de nosotros - Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que Verónica tenía razón al decir aquello: yo no era uno de ellos. 
- No podemos ayudarte. – Señaló resignado Orestes - Es verdad que no has continuado junto a Jaime en su actual locura, pero con tu actitud y tus palabras demuestras que no has aprendido nada de lo que ha pasado. - El dirigente emitió sentencia. - Esta Ejecutiva nacional del Comité Central del Partido Bolchevique ratifica en tu persona la decisión que adoptamos para con todos los que siguieron al traidor: Estás expulsada del Partido Bolchevique. Entrégame tu carnet. Te recomendamos que tomes el camino del exilio… y que medites sobre todo lo que ha sucedido. 

Me condenaron al exilio. Eso significaba que si permanecía en la República estaría sola, sin protección contra el gobierno e incluso al alcance de las balas de los seguidores del CC. Así pues, con mucha tranquilidad, saqué del bolsillo trasero de mi pantalón un pedazo de cartón doblado de color rojo. Era el carnet del Partido. Lo llevaba conmigo siempre, desde hacía muchos años. Hice el amago de posarlo encima de la mesa, pero finalmente, tras mirarlo, recuerdo que primero con cierta nostalgia, pero luego con ira, lo rompí en varios trozos y arrojé los pedazos al aire. Me di media vuelta y, volviendo a evitar que mi mirada se cruzada con la de Verónica o la de Cayo, abandoné aquella sala para no volver jamás. 

Creo que allí ya sólo hay ruinas. 

Como comprenderéis, recordar aquella reunión me entristeció profundamente. Mis ojos estaban a punto de llorar. De hecho, creo que lo hice, aunque ninguno de mis compañeros me lo ha reconocido posteriormente. ¡Pero es que no os podéis imaginar lo mal que lo pase! Tanto en aquella sala, como más adelante recordando. Reconozco que me comporté como una niñata, sin ningún respeto ante el máximo órgano de dirección. La ira y también, porque no admitirlo, la arrogancia, había podido conmigo. Ni siquiera el gran Jaime había osado portarse así ante ellos. Pero es que no se habían molestado en escucharme, en tratar de comprenderme. Su decisión, la decisión de exiliarme la habían tomado a priori y todo lo demás era un sin sentido. 

Pero quizás lo que más me dolía era la manera en que Verónica y Cayo habían actuado. Estoy segura de que Verónica me odiaba. Me odiaba por haberla abandonado. Y era ese odio el que hablaba. Cayo, por su parte, ni siquiera había abierto la boca. No había tenido la decencia de decir nada. Todos sabíamos que mi antiguo amigo simpatizaba con los planteamientos de Jaime. Varias veces lo había demostrado y me lo había reconocido. Sin embargo, en el momento de la verdad, cuando Jaime no esperó más y se lanzó a la batalla, Cayo le abandonó como un cobarde. Cobarde con Jaime, cobarde conmigo. 

Pero las actas no terminaban ahí, sino que, para mi sorpresa, la reunión continuaba: 

... abandona la sala. 

Cayo pide la palabra” 

¡Cayo! 

CAYO: Está muy segura de sí misma. ¡Cuántos jóvenes talentos estamos perdiendo! Ella es una revolucionaria. Lo ha demostrado siempre, incluso hoy, viniendo a nosotros”. 

¡Yo era una revolucionaria! Eso decía Cayo, pero ¿por qué no me lo había dicho antes, delante de todos ellos? ¿Por qué no me lo había dicho a mí? 

MARIAN: No podemos ser ciegos. Somos responsables de lo que ha pasado. 

VERÓNICA: Nosotros no tenemos la culpa. Nosotros nos hemos mantenido firmes en las ideas y métodos correctos. 

LUISMA: Hablamos de responsabilidad, no de culpa. 

VERÓNICA: Tonterías. Cada uno es responsable de sus actos. Fueron otros los que guiaron a Jaime para que tomara el camino que tomó. No nosotros. 

ORESTES: Hablas de él. Pero no es eso lo que estamos discutiendo hoy aquí. Hemos decidido mantenernos firmes porque atravesamos un momento muy grave, pero no podemos cerrar los ojos a lo que, sin duda, hemos contribuido. 

CAYO: Ella tenía razón. Si nos hubiéramos puesto al frente no sólo hubiéramos evitado la división del Partido, sino que, una vez concluida la guerra contra el fascista hubiéramos contado con la autoridad suficiente para convencer a Jaime de que tocaba defendernos y no atacar. 

MARIAN: Jaime sólo escuchó el sufrimiento del pueblo. Como él, como ella, muchos bolcheviques no podían quedarse de brazos cruzados. Y fueron ellos los que derrotaron a las potencias fascistas. 

VERÓNICA: Ellos dividieron el Partido, no nosotros. Los fascistas sólo podían mantener su ofensiva con un enemigo al frente. Si Jaime no se hubiera alzado, el gobierno de la República inevitablemente habría caído. Nosotros podríamos estar ahora en el poder. Todo lo que ha sucedido ha sido por culpa de que ellos no confiaban en la dirección, no tenían la suficiente disciplina, no comprendían la dialéctica de los procesos. 

LUISMA: Comprender la dialéctica de los procesos nos hubiera llevado a comprender que los trabajadores no se quedarían de brazos cruzados mientras los fascistas avanzaban. Hubiéramos anticipado una fractura en nuestras filas. 

VERÓNICA: La fractura en nuestras filas es por culpa de una negligente formación de nuestros cuadros. Pero es verdad, yo la formé a ella y tengo parte de responsabilidad. ¡Pero, quien formó a Jaime! Ahí está la respuesta. 

MARIAN: No estoy de acuerdo contigo Verónica, pero toda esta discusión carece ahora de sentido. Nuestro objetivo primordial tiene que ser defendernos. Sobrevivir. Ya haremos un balance de todo esto para sacar las lecciones pertinentes. Pero si no sobrevivimos de poco importa. 

CAYO: Confío en ella. Necesitamos preservarla. El exilio la protegerá de lo que está por venir. Sé que cuando esté preparada volverá. Y entonces jugará un papel crucial. 

ORESTES: Eso habrá que verlo. No podemos olvidar por qué siguió a Jaime. Mira lo que están haciendo muchos de los que le siguieron, incluso algunos se han pasado al campo del fascismo. 

CAYO: También de los nuestros... 

ORESTES: Sí, sí, pero yo no me fío de ella. Quizás vuelva del exilio, y quizás vuelva cambiada… pero a peor. Sólo el tiempo nos lo dirá. Nosotros ahora tenemos que proteger al Partido. Pronto el gobierno caerá sobre nosotros. Pero estamos preparados y no nos derrotarán. Todo está previsto. Vayamos a ello. Se levanta la sesión.” 

No había más texto en aquella libreta. Después sólo había páginas en blanco. Parecía entonces que mi comparecencia había sido la última reunión de la Ejecutiva, al menos la última recogida en las actas oficiales. 

- ¡Toda esa discusión después de mi partida!… ¡la desconocía! 

¡Qué equivocada estaba… de tantas cosas!