Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

viernes, 14 de diciembre de 2012

Capítulo 3, la última bolchevique 11

- ¿Te has enfrentado a tu pasado muchacha? – Víctor me hizo esa pregunta tan enigmática como si ya conociera mi respuesta. Le miré a los ojos y supe que era inútil mentirle: 
- Sí, Víctor. He tenido que revivir mi pasado, y me he enfrentado, sí. Lo he hecho, pero ese pasado me ha pedido ayuda. 

Víctor sonrió levemente como si supiera perfectamente lo que había sucedido. Pero ni Pablo ni Bruno sabían de qué estábamos hablando. 

- Capitana – intervino Bruno. Se le veía más tranquilo. Su hijita ahora dormía plácida después de que su padre hubiera podido alimentarla en condiciones, cambiarle los pañales y mecerla para que se relajara - Aral me ha dado las indicaciones necesarias para llegar a un piso franco donde podremos descansar y refugiarnos. 

Cuando ya estaba a punto de subir a la furgoneta para irnos de allí, vino corriendo Bella. En sus brazos traía algo. 

- ¡Exiliada! - me llamó ofreciéndome lo que parecía una libreta. La chica estaba excitada, con la cara enrojecida - ¡Toma! 

Bella sólo dejó de correr cuando me alcanzó. Acepté el presente y vi lo que era. Lo reconocí sin necesidad de abrirlo: Nada más y nada menos que uno de los volúmenes de las actas de la Ejecutiva Nacional del Partido Bolchevique. De hojas blancas encuadernadas en lo que parecía imitación de piel de color rojo, una hoz y un martillo y un número de serie en relieve sobre la cubierta los hacía inconfundibles. Aquel tomo estaba inconcluso. Parecía contener las últimas actas antes de que la máxima dirección del Partido dejara de reunirse. 

- Las tenía Verónica guardadas. – Me dijo Bella aún sofocada - Te las traigo porque hablan de ti. 
- ¿De mí? Muchas gracias Bella. 
- Tengo que volver. Verónica me reclama. No sabe que te he traído esto. Y... Exiliada, sí que tienes razón. Me gustaría ser una bolchevique y formarme y leer. Verónica… creo que sólo me quiere… para… 

La muchacha no podía continuar. No hacía falta. Sabía que iba a decir. Estaba avergonzada consigo misma y bajo la cara como si deseara que la tierra se la tragara. Yo no quería forzar la situación, pero sentía mucha rabia por lo que aquella falsa bolchevique le estaba haciendo a esa niña, dulce e inocente. Acaricié su rostro con suavidad y con mis dedos en su barbilla le subí la cara y la mirada del suelo. 

-¿Quieres venir conmigo? 

Bella estuvo a punto de ponerse a llorar. Sin embargo, me dijo que no con la cabeza tratando de volver la mirada una vez más al suelo. Desistí de aquel burdo intento. Ella no estaba preparada para romper con todo aquello. 

- Si tengo la oportunidad te traeré de mis viajes un ejemplar del Manifiesto Comunista. Será difícil de encontrar, pero lo intentare. Te lo prometo. 

Bella volvió a animarse ante mi promesa. 

- ¡Yo quiero leer El Capital! – exclamó con los ojos otra vez iluminados. 
- Jajaja, - no pude evitar reírme- Mejor empezar con algo más básico, ¿no crees? – Bella sonrió - El Manifiesto, por ejemplo. 
- Gracias Exiliada. 

Y la chiquilla se volvió corriendo al edificio de la central hidroeléctrica. Nosotros, sin más imprevistos, por fin subimos a la furgoneta y nos fuimos lejos de Verónica. 

Entre tanto, mi ciega perseguidora, Helena, no se había dado por vencida. Resulta que no solo había instalado un rastreador en el bolsillo de Víctor, también había colocado otro en nuestra furgoneta y éste no había sido localizado por las gemelas. Cuando la ciega comprobó que nuestro vehículo abandonaba el barrio de Lacánsir, enseguida comprendió que podía volver a seguir nuestro rastro.