Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

martes, 4 de diciembre de 2012

Capítulo 2, el manitas 13.

Bruno condujo frenético la furgoneta hacia la casa de los padres de Gloria. Estuvimos a punto de comernos un control policial, lo que hubiera traído nefastas consecuencias. Pablo lo vio a tiempo y, robándole el pedal a Bruno, pisó el freno. Estábamos cometiendo una locura y nos iban a atrapar. Aunque tardáramos más tiempo, teníamos que velar por nuestra seguridad. Bruno, lógicamente no lo entendía porque sabía que el tiempo corría en nuestra contra. Y tenía razón, porque después de varias maniobras, el reflejo de un fuego distante nos trajo muy malos augurios: 

- Desde aquí es mejor que vayamos andando - recomendó Pablo. 

Así hicimos. Fuimos andando lentamente, mirando a izquierda y derecha, avanzando hacia La Colmena. Y esos malos augurios parecían cada vez más siniestros: El reflejo del fuego que nos iluminaba procedía precisamente del bloque de viviendas donde se encontraba la casa de los suegros de Bruno. 

A medida que nos acercábamos se escucharon con más claridad las sirenas. Sirenas de policía, bomberos y ambulancia. Cada vez había más trasiego, vecinos evacuados, mirones, los sacrificados bomberos luchando contra el fuego con pocos medios y recursos... Las ambulancias también llegaban y todo estaba acordonado por la policía. Llegados a un punto todos nos detuvimos salvo Bruno, que seguía avanzando como un loco, pero cada paso que daba era más peligroso. 

Traté de detenerle: 

- ¡No podemos avanzar más! ¡Esto está lleno de policías! - recuerdo que le dije, cruzándome en su camino, pero Bruno me ignoraba. Sólo atendía al fuego y al horror que le causaba pensar que ya era tarde, que su bebé había muerto pasto de las llamas. 

Fue Pablo el que logró cortar el temerario avance de Bruno. Le agarró primero del brazo y, al no lograr frenarle, le propinó un puñetazo en la cara. Bruno por fin reaccionó, mientras el muchacho se dolía la mano con la que había golpeado al abatido padre. 

El manitas, mi compañero de armas en la milicia, estaba desolado. Y no era para menos. Se sentó en un bordillo de la acera con el rojo de las llamas brillándole en la calva. Se llevó las manos a la cara. Esa era la noche más terrible de toda su vida. No había masacre en la guerra, ofensiva salvaje o herida grave que pudiera compararse a lo que esa noche sentía. Bruno estaba hundido y desgarrado. 

Escuchamos algo. Primero un ruido. Luego el llanto de un bebé. Bruno se incorporó como un resorte. 

De un callejón oscuro emergía una sombra. Una sombra gorda que avanzaba lentamente sujetando algo con los dos brazos. Nos acercamos. Era el comisario Santos. No lo conocíamos, pero no lo olvidaremos. Llevaba el bebé de Bruno en brazos. El comisario estaba empapado de sudor y de whisky. Tenía los ojos desorbitados y la cara pálida. 

- ¡Márchense de aquí! - nos dijo - El coronel Saúl tiene agentes suyos por toda la zona. Uno de mis muchachos pudo salvar a su bebé de toda esta locura. 

El comisario le entregó el bebé a Bruno. Mi compañero no cabía en sí de gozo. Había dado por perdida a su hija, ahora gracias a aquel desconocido la recuperaba. 

- Me había convencido de que la guerra había terminado –continuó hablando Santos- Pero no es así ¿verdad? 

La pregunta del comisario no era retórica. Realmente aquel hombre se estaba cuestionando todo. Toda su vida, todas sus creencias… Bruno ya sólo atendía a su bebe, que babeaba y sonreía como si no hubiera pasado nada, pero yo, en cambio, sí presté atención a aquel policía que miraba al bebé como hipnotizado. 

- No descansaran hasta que la capturen, muchacha – me dijo- Y no les importará dejar un reguero de sangre a su paso. ¡Márchense de Cáledon! ¡Abandonen la República! Mientras estén aquí, no dejará de morir gente inocente. 

Y tras estas palabras Santos se fue, se alejó y tal y como había venido desapareció en la oscuridad. 

- Apestaba a alcohol - dijo Pablo con frivolidad. 

A mí sin embargo me había causado una enorme emoción. No podía dejar de pensar en sus palabras: “Mientras estén aquí, no dejará de morir gente inocente”. Pensé que todo lo que sucedía era por mi culpa. Si no me largaba de la República, más inocentes morirían. Aquel bebé había estado a punto de morir, de no ser por un desinteresado desconocido. Uno de esos héroes anónimos que en los momentos más peligrosos surgen de entre la gente normal. Me despedí mentalmente de Santos, que seguramente avanzaba, lentamente, pesado, hacia su muerte. ¡Y que además, muy probablemente era consciente de ello! No perdí más tiempo y conduje a mis compañeros de vuelta hacia la furgoneta. Dando la espalda a aquel incendio y a las vidas de muchos obreros que lo acababan de perder todo, pasto de las llamas... por mi culpa. 

Lo que yo no sabía era que un agente del coronel Saúl había sospechado de Santos, le había seguido y había escuchado y olfateado nuestra conversación. Digo “olfateado” porque me refiero a la asesina ciega. No le resultó complicado conducirse por La Colmena siguiendo la fetidez de alcohol que dejaba Santos a cada paso. Y a una distancia prudente como para pasar desapercibida, nos escuchó. Con nuestras voces y nuestros olores la ciega podría localizarnos donde quiera que fuésemos. A sus afilados sentidos, superiores a los de una ciega normal, le añadía la tecnología: Más adelante, en un cruce de calles, haciéndose pasar por una inocente chica semita y ciega, tropezó su bastón de manera aparentemente casual con Víctor y, con un movimiento casi imperceptible, coló en un bolsillo de su pantalón una diminuta, muy, muy pequeña pieza de metal. Se trataba de un rastreador. 

*** 

Santos volvió a su puesto junto al incendio. Más que nunca quería dejarlo todo. Plantar pimientos y tomates... Ese era su sueño. 

- Le faltaba a usted muy poco para jubilarse. 

Eran los susurros, casi dulces, del coronel Saúl. El líder de las BAB se elevaba tras el comisario, como siempre acompañado de su oficial. 

- Es una pena comisario. 

A la mañana siguiente. El incendio en la Colmena ya estaba extinguido. Había causado más de veinte muertos y más de sesenta familias se habían quedado sin hogar. Entre las cenizas apareció un cadáver que no estaba afectado por las llamas. Era el de un hombre, un rechoncho y grasiento comisario de policía. Le habían acuchillado en el vientre. Según la prensa oficial, se trataba de un comisario borracho, corrupto e incompetente. Tenía tratos con la mafia y le habían asesinado en un ajuste de cuentas. Punto final.

FIN DEL CAPÍTULO SEGUNDO