Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

sábado, 2 de febrero de 2013

Capítulo 4, la ciega 15.

La ventana no estaba del todo cerrada. Pude levantarla sin excesivos problemas, aunque en el movimiento, estuve a punto de caerme un par de veces. Creo que fueron mis ganas de entrar y dejar el bordillo de una vez lo que me dio la agilidad que me faltaba. 

Me encontré en una sala lujosamente adornada. Parecía una biblioteca, pero en lugar de libros guardaba películas, decenas de películas en varios formatos, analógicas y digitales. También había unos sillones ocres en torno a una mesita con botellas de alcohol y... ¡La sala no estaba vacía! En uno de aquellos sillones estaba sentado un hombre maduro y trajeado, mientras una doncella jovencita, arrodillada ante él, le hacía una mamada. El hombre me miraba incrédulo. Se puso de pie apartando a la doncella de un golpe y comenzó a gritar como un loco, llamando a seguridad. Pensé en la pistola, pero la tenía guardada en la mochila, así que sólo me quedaba huir de allí. La ventana no era la salida. Solo me quedaba la puerta. Ignorando los gritos del hombre y la sorpresa y miedo de la muchacha, salí corriendo hacia la puerta mientras buscaba la pistola forcejeando con la mochilita. 

Salí de la sala a un pasillo que a un lado conducía a la sala de las doncellas y al otro a unas escaleras de bajada por donde subían dos mayordomos, los de las casacas, alarmados por los gritos. Entonces sí pude, finalmente, sacar el arma. Al verla en mi mano mi reacción fue instintiva: apunté sin pensarlo a los mayordomos, fijándome que a mi espalda el hombre de la sala no se me acercaba. Los mayordomos, boquiabiertos, levantaron los brazos y se hicieron a un lado sin protestar. Parecía que tenía vía libre. Puse mi pie en el primer escalón de bajada cuando el hombre de la sala se atrevió a salir de la sala sin dejar de gritar indignado. Tratando de no perder los nervios corrí escaleras abajo, apuntando a otros dos mayordomos que acudían avisados por los gritos, pero entonces, ya en la planta inferior, sin verla, una mano me agarró del brazo que portaba el arma. 

- ¡Rápido! Po...por aquí. 

¡Era Roger! Impecable de esmoquin y engominado, con la cara enrojecida me indicaba la puerta principal del palacio. Hacia allí fuimos corriendo, perseguidos ahora por unos matones del servicio de seguridad, probablemente fascistas ya que eran unos musculados cabeza-rapadas, eso sí, trajeados. Empujando a un mayordomo pudimos abrir la puerta de la mansión y salir. Ya en el jardín, más matones con perros se sumaron a la persecución. Se me salía el hígado de tanto correr. Roger no estaba mejor ni mucho menos. Su sobrepeso le pasaba factura: enrojecido y sudando, parecía casi a punto de explotar… sin embargo, pese a que sufría, trataba de no aflojar el ritmo. 

Cuando Roger parecía que ya no podía más, que iba a rendirse, accionó un llavero y un coche entre tantos se iluminó y abrió sus puertas. Montamos a prisa y el estudiante arrancó y pisó el acelerador a fondo, a punto de atropellar a uno de los perros. Nos dispararon. Alcanzaron el coche pero no parecía grave. El siguiente reto era atravesar el portón exterior de la mansión antes de que lo cerraran. Desde el coche veíamos a los guardias de seguridad tratando de impedir nuestra huida, apurados y enfurecidos. Querían cerrar el portón de la finca y dejarnos sin salida. Éste comenzaba a cerrarse. Parecía que no lo íbamos a conseguir. Volvían a dispararnos. La luna posterior fue alcanzada por una de las balas. 

Tuvimos suerte. Por los pelos, a toda velocidad, pudimos atravesar el portón. En la maniobra nos dejamos atrás los retrovisores y de los laterales del coche saltaron chispas, pero lo importante es que lo habíamos logrado y estábamos fuera del recinto vallado. Miré atrás y vi como los matones volvían a abrir el portón y comenzaban a perseguirnos montados en unos coches todoterreno. 

- Nos llamó He…helena. - me comenzó a explicar Roger sin perder de vista el volante ni aflojar el acelerador - M...me dijo que tenía que venir a buscarte, que algo había salido m...mal. Que te buscara co...con las doncellas. Ra…rápidamente hablé con mis pa...padres, pa…para que me colaran en la fiesta… pero me ha visto todo el mundo ayudándote. Ya no hay m…m…marcha atrás. No… no podré volver. 
- ¿y Pablo? – pregunté. 
- N…no lo sé. 
- Vamos al punto de encuentro – ordené impacientada. 
- Nos están pe...pe...persiguiendo. 
- No importa. Algo muy malo está pasando. 

Roger me obedeció resignado y condujo a toda velocidad hacia el punto de encuentro, la colina en la que Víctor y el mismo tenían que vigilar y esperarnos. Aunque pisaba a fondo, apenas nos podíamos despegar de los todoterrenos que nos perseguían. Roger miraba nervioso hacia atrás, resoplaba y maniobraba con el volante para sacar algunos segundos de ventaja. Parecía que lo conseguía, pero cada vez con más esfuerzo. 

Conforme nos acercábamos a la colina comencé a distinguir dos siluetas. 

Dos personas, ágiles, acróbatas. Daban saltos y piruetas como si de un circo se tratara. Parecía como un baile… movimientos acompasados e incluso rítmicos. Pero no era un baile: ¿peleaban? Conforme nos acercábamos parecía que una de las figuras portaba un palo alargado, o más bien un bastón. ¿Lo utilizaba como arma? Sin duda era Helena. No me costó adivinar que la otra figura era Pablo. Mis ojos no me engañaban: ya estábamos lo suficientemente cerca para corroborar que eran Helena y Pablo peleando. Luchaba uno contra el otro, pero de una manera que nunca había visto antes. Los dos dominaban las artes marciales. Pablo atacaba y Helena se defendía con su bastón, pero pese a la tremenda habilidad de Pablo, que hacía movimientos imposibles para alcanzar a su adversario, la ciega mantenía la calma y parecía controlar la batalla. A cada pirueta de Pablo, Helena le replicaba evitando el impacto con movimientos rápidos y seguros. ¡Era impresionante!

FIN DEL CAPÍTULO 4