Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

lunes, 18 de febrero de 2013

Capítulo 5, el tartamudo 9

-¡Pero es que no la habéis escuchado! - era Roger el que ahora hablaba. Se situó frente a las mujeres y sus hijos cerrándoles la salida de la plazoleta. Hablaba alto y claro y parecía que su tartamudez había remitido. 
- Sé que sois mujeres semitas y que a vosotras se os prohíbe actuar cuando no están vuestros maridos. ¡Pero es que ellos están trabajando en el campo! ¡Nada saben de ataque! Una amiga nuestra ha corrido a avisarles, pero hasta que lleguen... ¿Qué vais a hacer? ¿Permitir que dañen a vuestros hijos? ¿Dejar que quemen vuestras casas? Sabéis como son los fascistas. Ya les habéis visto actuar en el pasado. Sabéis lo que sucederá si no hacemos nada. Pero es que además podemos plantarles cara. Podemos defender a nuestros seres queridos. Ellos son cobardes, ¿por qué creéis que atacan ahora? Porque piensan que sois débiles, que no vais a defenderos. Yo creo que se equivocan. Creo que os vais a defender, que les vais a plantar cara y creo que los fascistas hoy aprenderán lo que es enfrentarse a una mujer semita que defiende a su familia. Pero depende de vosotras. De las que estáis aquí. ¡De vosotras! Haced caso a la mujer negra - señalándome - ¡Escuchadla por favor! ¡Hacedlo por vuestros hijos, por vuestro hogar, por vuestra dignidad! 

Roger me dejó impresionada. Se acababa de descubrir como un gran agitador. Las mujeres se revolvieron contrariadas. Los ancianos, que habían regresado al escuchar a Roger gritaban frases semitas para mí ininteligibles. Seguramente les decían a las mujeres que no nos escucharan. Pero algo había cambiado. Algunas persistieron en su decisión de abandonar la plazoleta, pero eran las que menos. La mayoría se volvieron hacia mí. Agarraban con fuerza a sus hijos y esperaban que yo les indicara como defenderlos. Roger había logrado sacudir sus conciencias mucho mejor que yo. Sin duda, aquel muchacho sentía de verdad lo que había dicho. Creo que por eso su tartamudez había desaparecido. 

Pero no eran sólo las palabras de Roger. Las palabras tenían efecto porque conectaban con la experiencia de esas mujeres. Durante décadas, las mujeres semitas eran las más oprimidas, las más humilladas, las más abrumadas por el peso de la tradición, el machismo y la explotación. Los fascistas simbolizaban todo eso. Y sus hijos lo eran todo para ellas: son el futuro, la ilusión y la esperanza de que en el día de mañana ellos vivirán mejor, en un mundo más justo, con casas de verdad, escuelas, trabajo digno… Iban a luchar por ese futuro, iban a luchar por sus hijos. 

Mi satisfacción por ver la reacción de aquellas mujeres se ensombreció cuando me fijé en Pablo. También él estaba impresionado, pero, desgraciadamente, en un sentido negativo: estaba enfadado, ahora creo que se moría de envidia tras haber oído hablar así a Roger. En aquel momento pensé en que luego tenía que hablar con él, pero ahora no había tiempo. 

Traté de olvidarme de Pablo y volví a centrar mi atención en Roger y en aquellas mujeres. Roger había enrojecido de vergüenza, incluso volvía a tartamudear. Me hacía señales para que comenzara a indicar alguna cosa. Las mujeres esperaban mis instrucciones. 

A eso me disponía cuando algo voló sobre nuestras cabezas y cuando impactó sobre las chabolas, éstas comenzaron a arder. ¡Eran bombas incendiaras! Cayeron otras tres. Cundió el pánico. Los habitantes de la zona incendiada, al extremo de los barracones opuestos a donde estábamos, comenzaron a huir despavoridos hacia donde nos encontrábamos nosotros. Me giré y observé la colina desde donde se habían lanzado las bombas: Había una masa gris de energúmenos que gritaban mientras alzaban el brazo derecho con la mano estirada. 

- ¡Proteged a los niños en el templo! - ordené a las mujeres. 
- Si los fascistas entran en los barracones, el templo será una trampa para los niños - me susurró Víctor. 
- Están huyendo en dirección contraria al fuego, justo a donde nos esperan los fascistas. Necesito que se organicen, no que corran y corran sin sentido - le explique. - ¡Vosotras! - cogí un grupo de unas seis mujeres - Hay que hacer un cortafuegos para que no avance y lo destruya todo. Coged agua y herramientas y atacad al fuego, conseguid a más mujeres. ¡Vosotras! - cogí a otro grupito de cuatro o cinco mujeres - Recoged a los niños de todas y metedles en el templo. Aprovisionad el templo de agua y que algún anciano se quede vigilando por si hubiera que refugiar a los niños en otro sitio. Víctor, ¿puedes encargarte tú de este tema? ¿Garantizar que los niños no se quedan sin retirada? -Víctor asintió- ¡las demás! ¡Coged palos, piedras, lo que sea y vayamos a plantar cara a esos cerdos! 

Ellas habían decidido luchar. Esta tremenda explosión que rompía por completo con sus rutinas cotidianas se hubiera terminado por dar sin Roger, sin nosotros o los fascistas. Lo único que les faltaba era decisión y, sí, alguien con las ideas claras. El pogromo y nuestra intervención era “el accidente que expresaba la necesidad”. Ya no se trataba de un problema de valentía o de falta de agallas. Estaban dispuestas a dar su vida en una causa de la que están convencidas que es justa. 

Pero para ganar eso no es suficiente. En sus corazones hay rabia y decisión, pero también necesitábamos calidad, organización, capacidad de mando. En todas las batallas la calidad de la dirección es fundamental. Un buen comandante con formación y experiencia, audaz y respetado entre sus hombres, puede sacar lo mejor de cada uno. Inspirar a la tropa, animar a los soldados. Yo ya no era una buena comandante, pero los fascistas no se esperaban que plantáramos cara: esa era nuestra ventaja. Y además, estaba convencida de que de entre esas mujeres semitas pronto surgirían algunas más hábiles, más abnegadas, más hábiles… líderes naturales dispuestas a darlo todo y a tirar a delante de las demás. 

Ahora ellas se estaban organizaron. A partir de mis directrices las mujeres mismas improvisaban, demostrando una gran creatividad y clarividencia: Un grupo se encargó de los ancianos. Otras traían agua y comida. Otras fueron casa a casa buscando armas. El grupo de “bomberas” se nutrió con más voluntarias, pero los fascistas lanzaron más bombas multiplicando la tarea. Finalmente un grupo de unas veinte o treinta mujeres de casi todas las edades se unieron a mí para la batalla. 

Pablo y yo teníamos pistolas. Las mujeres encontraron otras dos pistolas y dos rifles de caza, pero solo nosotros sabíamos usarlas. Le indiqué a Pablo un lugar estratégico para actuar como francotirador, con los rifles. Una de las pistolas se la di a Roger y otra a una mujer joven llamada Sulem que parecía dispuesta y decidida. 

Mientras los fascistas se cachondeaban de nosotras por nuestra condición de mujer, montamos una especie de barricada y con placas de uralita preparamos escudos contra los proyectiles de los fascistas. Muchas mujeres habían preparado piedras. Otras, escondidas, preparaban aceite y agua hirviendo. 

Esperamos. 

Los fascistas se alarmaron. No veían las típicas escenas de pánico a las que estaban acostumbrados. “¡Son sólo mujeres semitas! Solo saben poner el culo a sus maridos”. Gritó uno de sus cabecillas para inmediatamente ordenar el avance de sus hombres hacia los barracones.