Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

sábado, 26 de enero de 2013

Capítulo 4 la ciega 13

Seguía esperando. 

Permanecí de pie observando a las demás doncellas. Éramos unas cuarenta, aunque sólo había asientos para alrededor de veinte o veinticinco. Casi todas eran muchachas negras como yo, aunque también había semitas y orientales. La inmensa mayoría eran jovencitas –bastante más que yo-, todas muy atractivas –mucho más que yo-, y con uniformes similares al mío e incluso más extremos – que les quedaban muy sexys y no parecían embuchadas como el embutido- No era difícil imaginar cuales eran los atributos por los que los señoritos les habían contratado. No obstante, también había algunas –pocas- que eran voluminosas y estaban prematuramente envejecidas. Pensé que, pese a las palabras de ánimo y consuelo de Helena - o así las caractericé entonces-, yo tenía más que ver con aquellas veteranas que con las jovencitas. 

Muchas ya se conocían de otros eventos similares. De manera natural se agruparon por afinidades, normalmente en torno a las más veteranas. Entonces no dejaban de charlar amistosamente, normalmente de chascarrillos, de la vida amorosa y licenciosa de sus dueños. Así trataban de pasar la velada. Sus semblantes sólo se avinagraron cuando recordaron a una compañera, que de fiel doncella, había tenido que dejar la casa, con un bombo provocado por su jefe, para hacer de ramera. Así le pagó la cornuda dueña de la casa, su sumisión y dedicación absoluta. Los rostros se volvieron hacia una jovencita, también negra, que ante aquellas palabras se llevó nerviosa las manos a la barriga. 

De cuando en cuando un mayordomo, aquellos con casaca y peluca, solicitaba la presencia de alguna de ellas: ¡doncella de Madame Villabrunsk! La joven en cuestión cogía sus bártulos y acudía diligentemente hacia su señora que la reclamaba. Me di cuenta entonces que aquellas muchachas no tenían nombre. Eran la doncella, la chica o la muchacha de tal o cual gran señor. Ardía de rabia por dentro. No me hubiera importado interrumpir aquella fiesta de hipócritas, rastreros y explotadores con un fusil y destrozarlo todo sin contemplaciones de ningún tipo. Mi ira se incrementó cuando, a medida que aumentaba el alcohol -y otras sustancias- en la sangre de los señoritos, las muchachas más jóvenes y atractivas eran requeridas, pero no por sus amas: ¡muchacha de la señora Cattinsburg, sin enseres por favor! Era la señal del mayordomo. La chica se ponía en pie y acompañaba al mayordomo consciente de que su destino eran los brazos de algún invitado masculino. ¡Qué vergüenza! Pensé horrorizada. No había mucha diferencia con respecto a las prostitutas que había visto la noche anterior. 

Estos pensamientos me mantenían ocupada, mi odio no dejaba de crecer, pero algo no iba bien. Pablo tenía que haberme reclamado para iniciar el trabajo. El tiempo pasaba, la música de la fiesta cambiaba, las doncellas eran requeridas y algunas no volvían... Pablo no aparecía. 

Seguía esperando.

Algo iba mal. ¿Dónde rayos estaba Pablo? Tenía que hacer algo. Tras un buen rato de dudas y temores decidí moverme. Salí de la sala de las doncellas hasta donde se encontraban las taquillas y un pequeño baño. Un mayordomo había estado vigilando aquella zona, pero el paso del tiempo y alguna copa clandestina habían distraído la disciplina y ahora cortejaba a una de las doncellas. Cogí las maletas de la taquilla y fui al baño. En una estaba el equipo de espionaje, cámara, micrófono, etc. y una pistola. Metí todo en una mochilita preparada para la intervención. En la otra maleta había ropa para que los tres, llegado el caso, nos cambiáramos. Yo tenía un suéter y unas mallas negras, me cambié - ¡por fin fuera de aquella vestimenta horrible!- y cogí la mochilita. Guardé mi disfraz de doncella en la maleta de la ropa, aunque si por mi hubiese sido, le hubiera prendido fuego. 

Ahora venía lo difícil. El plan original era cambiarme y preparar la mochilita, pero en otra zona del palacio y después de que, requerida por Pablo, abandonara la zona de las doncellas. Pero ahora, al fallar el plan, tenía que escabullirme de allí sin que me vieran. Ojeé fuera del baño la habitación de las taquillas, no había nadie. Guardé en mi taquilla las dos maletas que ya no me servían de nada y busqué otra salida. Había una ventana. Se podía abrir, pero daba a un patio. Había demasiada altura para saltar y además luego no hubiera podido entrar otra vez en el palacio. 

Tenía que darme prisa... Las doncellas ya habían cuchicheado a mis espaldas sobre mí, sobre el hecho de que mi ama ciega no me hubiese requerido. Si tardaba en volver del baño habría sospechas... Abrí la ventana y miré. Me replantee saltar, pero una pequeña cornisa me disuadió: era suficientemente ancha como para, con mucho cuidado y equilibrio, pasar a través de otra ventana a una habitación vacía. En la guerra había vivido una escena similar, pero no era una cornisa, sino un barranco, y los fascistas nos disparaban.