Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

jueves, 4 de abril de 2013

Capítulo 7, el mercenario 10.


Me encerraron en una habitación amplia, sin ventanas y con tan solo dos literas, cada una con una cama arriba y abajo. Aquel cuarto, fríamente iluminado por la luz artificial, también servia de prisión para Víctor, Helena y el nieto de Khan. Los otros cuatro niños estaban en otra habitación similar. El jovencito se encontraba acurrucado en una esquina oscura del cuarto, visiblemente al margen de los otros dos compañeros de celda que ocupaban dos de las camas de las literas en el momento que entré. Carlos, así se llamaba el nieto de Khan, era delgado y pálido, aunque tenía un marcado parecido a su abuelo, sobre todo la mirada, profunda y seria.

Mientras que el niño ni se inmutó ante mi llegada, mis compañeros inmediatamente se incorporaron para recibirme. Pude ver la desilusión en los ojos de Víctor cuando me vio. Supongo que esperaba que les rescatáramos. También noté la preocupación en el rostro de Helena cuando me oyó y me olió. La ciega se me acercó con la intención de saludarme, de tocarme… pero mi experiencia con Pablo -su desgarrador relato sobre las BAB- me hizo reaccionar con distancia. Así que, para su sorpresa, rehuí su saludo y sus atenciones. Víctor también se sorprendió ante mi fría reacción con Helena, así que no dejó de interrogarme con su mirada. Sabía que algo malo había pasado.

- Sí, sí. La hemos cagado. Ya lo sé - le espeté al viejo tratando de zanjar cualquier conversación.

No quería hablar. No quería explicar. No quería saber nada. Decidí ignorarles y tumbarme en una de las camas. No sabía qué hacer. Esta vez no podría escapar de Número 2: Ni contaba con una orquilla, ni el pasillo estaba vació sin vigilancia, ni se avecinaba un enfrentamiento entre paramilitares y BAB. Y lo más importante: no estaba conmocionada o amnésica, pero estaba cansada y desmoralizada. Sólo quería refunfuñar y auto-compadecerme de mí misma: ¡Cómo podía haberme dejado engañar de esa manera! ¡Cómo podía haber caído en una trampa tan inocente! 
 
*** 

Mientras yo me ahogaba en mi propio enfado, en otro rincón de Davenport, bajo la luz de los primeros rayos de sol de un nuevo día, otro de mis compañeros también se hundía en su odio... Más bien en su culpa. Me refiero a Pablo. Él ignoraba mi destino. No sabía que había sido de mí, pero tenia suficiente con sus propios demonios.

Desde el momento en que me había revelado toda su verdad, que había desmontado la última pieza de su armadura protectora, estaba indefenso. Cuando me vio rechazarle se hundió todo su mundo tal y como le había pronosticado Víctor que sucedería.

Llevaba varias horas, dos, tres, qué importaba, sentado en un húmedo y sucio callejón de Davenport, rodeado de detritus. Él se sentía como un excremento más de esa calle. En su mano sostenía su arma. Tenía la mirada focalizada en el cañón de esa pistola. Con sus dedos jugueteaba con el tambor, con el seguro... Y de cuando en cuando un fuerte impulso le llevaba a acercarse el cañón a la boca y apretar el gatillo.

Pocos días antes de mi llegada a Cáledon -Parecía entonces que había pasado una eternidad-, Pablo había intentado suicidarse. Llevaba un taxi por las calles y aunque se esforzaba por ser una nueva persona, sus recuerdos le atormentaban. Aun recordaba a Miranda. Tenía gravado en el subconsciente el momento en el que le había quitado la vida. Por primera vez después de días de tormentos y torturas, la contemplaba y ella estaba tranquila, descansando en paz. Siempre que la recordaba le venía a la cabeza la idea de que, igual que sólo con la muerte aquella valiente bolchevique había encontrado la calma, él sólo se libraría de sus pesadillas terminando con su vida.

Aquel día había sido horroroso. Un día gris, lluvioso. En el taxi había tenido varias broncas con pasajeros, otros conductores, con un maldito policía come-donuts, chulo e ignorante... Llegó a su apartamento exhausto, calcinado... Allí siempre estaba solo. La soledad le pesaba. Le pesaba tanto. Él ya lo había intentado antes... Pero siempre había fracasado. Ese día lo volvió a intentar. A falta de otra arma cogió un cuchillo de cocina y se lo acercó. Sabía perfectamente dónde clavarlo, para así no fallar y morir inmediatamente. Su formación en las BAB le haría un último y macabro servicio. Pero en el último instante se acobardó. Giró la hoja lo suficiente para no provocarse una herida mortal, eso sí, se causó todo el dolor que pudo. Si su cobardía le impedía morir, quería al menos causarse el máximo sufrimiento que sus tripas pudiera soportar. Purgar sus demonios a base de dolor. Como él les provocaba a sus presos en las BAB.

Pero si ahora lo hacía, en ese callejón de Davenport... ya no podía ser para volver a fallar. Lo sabía. Tenía que ser el fin. Y estaba listo para ello. Para Pablo, conmigo aparecía ante él una nueva Miranda, dispuesta a redimirlo. Pero había vuelto a fallar. Me había fallado. Ya nada le quedaba en esta vida: o moría, o una eternidad de soledad y remordimientos.

Estaba a punto de decidirse cuando con el rabillo del ojo distinguió la figura de una cría que, sollozando amargamente, caminaba lentamente acompañada por un perro.

¡Melisán y Trotsky! ¡Solos! ¿Qué había sucedido? ¿Donde estaba yo? Pablo no lo dudo. Se incorporó y fue hacia la muchacha y su perro para averiguar qué había pasado.