Las monjas del monasterio tampoco olvidarían aquel terrible día. Muchas llegaron a pensar que Cristo les había abandonado y se resignaron a morir pasto de las llamas. Fueron los monjes los que corrieron a salvarlas. Juntos huyeron a la ciudad y esperaron la llegada de los federados. Tropas bárbaras, feroces y sanguinarias.
Lo que se encontraron a su regreso era terrible: el monasterio casi destruido, pero también una hilera de campesinos colgados, desnudos y azotados hasta la muerte como castigo por sus actos. Aunque los campesinos merecían un castigo por profanar el monasterio, la brutalidad de los federados no dejó de turbar a la mayoría de las monjas.




