Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

viernes, 6 de septiembre de 2013

Capítulo 13, El Ministro (capítulo final)



13. EL MINISTRO


13.1


- (...) La oleada de atentados se inició hace un mes en la capital con la destrucción del Hospital Doctor Vénder con un saldo de más de 200 muertes.

Con el coche aparcado y su radio encendida, Bella y yo escuchábamos atentamente las noticias. Todas las emisoras informaban de una importante noticia de última hora. En la que escuchábamos, una voz masculina, neutra, introducía una supuesta explicación para comprender lo que había pasado:


-La campaña bolchevique continuó en la región de New Haven y en Davenport y tuvo su mayor repercusión en Tímberlane, donde los bolcheviques lanzaron una ofensiva generalizada contra varios puntos estratégicos de la ciudad. En estas tres localidades las Brigadas Anti bolcheviques se han visto obligadas a asumir el control directo del gobierno para mantener la paz y el orden.

Comenzó a hablar una mujer:

- Y la última víctima conocida de esta escalada terrorista es el profesor Cruz, famoso arqueólogo, que investigaba las ruinas de Vancouver.

Siguió hablando el hombre:

- El profesor Cruz había encontrado importantes pistas que demuestran la vinculación de los bolcheviques con el inicio de la guerra contra las Potencias Fascistas, algo que desde el Ministerio Especial de Pacificación hacía tiempo que se sospechaba.

Le sucedió de nuevo la mujer:

- Esta oleada de terrorismo bolchevista ha llevado al Primer Ciudadano de la República a aprobar este Decreto Especial. Le escuchamos:

- ... Por todo ello, - reconocí la voz del Primer Ciudadano, ya un anciano antes del inicio de la guerra antifascista, siempre un títere de las oscuras fuerzas que gobiernan realmente la República: el Partido Demócrata-Republicano, el Ministerio Especial de Pacificación y las grandes corporaciones y bancos -, para defender la República, para garantizar la paz y la democracia defender la civilización de estos nuevos bárbaros, he aprobado el Decreto Republicano Ejecutivo Especial número 6.

El anciano dejó de hablar y le reemplazó una nueva voz femenina, joven y con un significativo acento pijo que leyó la nueva ley:

- Decreto Republicano Ejecutivo Especial número 6: 1. Queda en suspenso, temporalmente y hasta que se normalice la situación política, la Carta Republicana, constitución de nuestra República, así como las leyes y órganos de ella desprendida. Esta medida es excepcional y no busca vulnerar los derechos fundamentales de los ciudadanos, sino reforzar su protección y seguridad. 2. El Ministerio Especial de Pacificación organizará un Tribunal Especial Legislativo para adecuar las necesidades cotidianas de los ciudadanos a la situación de interinidad que este decreto inicia. 3: El Ministerio Especial de Pacificación velará por el mantenimiento del orden y de la democracia fusionando en su seno los ministerios del Interior, del ejército, la armada y el aire y el de justicia. El Ministro Especial de Pacificación asume la presidencia del Consejo ministerial del Primer Ciudadano así como su firma y sello ejecutivo. Firmado: el Primer Ciudadano en aras del progreso social y democrático de nuestra población y la amada República. ¡Viva la democracia! ¡Viva la República!

Se oyeron entonces estruendosos aplausos y vítores, como si en lugar de establecerse una dictadura, se estuviera terminando con una sangrienta guerra... Apagué la radio indignada. No había nada más que oír... Los pocos derechos democráticos, casi todos aparentes, es verdad, que se conservaban tras las dos guerras, acababan de ser abolidos de un plumazo... El Ministerio Especial de Pacificación había asumido todo el poder.

13.2


- ¿Qué hacemos? - me preguntó Bella. La muchacha no podía disimular su miedo. Aunque los derechos bajo la República eran aparentes y formales, la nueva situación era aún más arbitraria y peligrosa.

- Tú nada. Tienes que refugiarte en algún lugar seguro, mejor que no sea en la Colmena, creo que las BAB van a peinar concienzudamente ese barrio. Tienes que salir de Cáledon y en pocos días salir de la República.

- ¿Y tú?

- No lo sé... Si hubiera alguna forma de entregarme a cambio de la vida de mis compañeros...

- ¿Lo dices en serio? Es una locura. Sabes que aunque te lo prometieran sería una mentira para capturarte.

Pronto tendríamos la oportunidad de comprobarlo.

Instintivamente conduje el coche hacia La Colmena, contradiciendo mis recomendaciones. Fue un error. Tal y como pensaba, el barrio había sido tomado por las BAB, había controles policiales en las entradas y salidas. Pude esquivar un control y abandoné el barrio, aunque sí pude pasar cerca de una brutal redada de los agentes, seguramente similar a las que se estaban produciendo simultáneamente por todo el barrio:

Los policías y BAB sacaban a la gente de sus casas, registraban las altas torres de viviendas piso a piso y arrojaban por las ventanas los papeles, libros, películas o música que el capitán de turno considerara peligrosos, impropios o corruptos. Hombres, mujeres y niños proletarios esperaban muertos de miedo mientras observaban como sus modestos hogares eran saqueados. Los agentes BAB comprobaban minuciosamente sus papeles de identificación, revisaban en sus bases de datos por si el sujeto investigado tenía alguna relación, por remota que fuera, con los bolcheviques, los arranios, los sindicalistas o cualquier simpatizante de la izquierda. Todos eran sospechosos. Los seleccionados como peligrosos eran separados de sus familias y empujados dentro de unos furgones blindados. Yo no había vivido la guerra civil, cuando Jaime osó alzarse militarmente contra la República, pero supongo que las escenas de represión arbitraria y sistemática serían similares.

La escena me horrorizó. Bella, por su parte, no pudo contener las lágrimas. Ella no había estado en las guerras, nunca había visto tanta brutalidad, tanto sadismo. Luego me reconocería que al ver la redada inevitablemente pensó que ella y sus hermanas, junto con Verónica, hasta cierto punto eran responsables de lo que pasaba, que ellas habían contribuido a que toda esa locura se desatara. Le tuve que quitar esas ideas de la cabeza, explicándole que la dictadura y la represión policía no se producía por culpa de ellas, sino por la esencia de la propia República, de lo que la República realmente es, un sistema social decadente que para defenderse sólo puede recurrir a la sangre.

Alejándonos de la Colmena conduje durante un rato sin rumbo fijo. En el camino nos encontramos de bruces con otros barrios donde las BAB y la policía actuaban como en la Colmena. No sabía a dónde ir. No podía arriesgarme a intentar dejar la ciudad en ese momento y, la verdad, estaba tentada de ir con mis dos ovarios a la sede central del Ministerio Especial de Pacificación. Estaba convencida de que en el Castillo estarían retenidos mis compañeros. Pero hacer algo así era una locura, un suicidio.

En el centro de la ciudad, los distritos más burgueses, el ambiente era muy distinto al de los barrios: Frente a la Cancillería, el palacio del Primer Ciudadano, se habían congregado un par de miles de pijos, burguesitos y ciudadanos "de bien" a festejar el final de los derechos y libertades. Mientras gritaban "¡muerte al rojo!", o "¡Jaime al paredón!", la turba enfurecida desplegaba las viejas enseñas monárquicas y ondeaban varias banderas del Rey y de las Potencias Fascistas. Al tiempo quemaban una bandera roja y una tricolor republicana. La reacción desenmascarándose, eliminando esa fachada pseudodemocrática que mantenía la República. La bandera tricolor, que la generación de mi padre veía como un símbolo de libertad y esperanza había sido empleada para masacrar a los milicianos de Jaime... Y una vez ensuciada, los colores republicanos ardían remplazados por las viejas enseñas monárquicas...

¡Ni olvidaban, ni perdonaban! Por eso gritaban contra Jaime... Un fantasma que en sus mentes concentraba todo el odio de clase que sentían contra los oprimidos. "¡Jaime al paredón!". La base social de la reacción seguía culpando a Jaime de sus males, como durante las guerras. Es como si el régimen hubiera convertido al antiguo dirigente bolchevique en una cabeza de turco a la que acusarle de todos los males del gobierno. Me vi tentada a infiltrarme entre esos fascistas, desenfundar una pistola y acribillar a balazos al mayor número posible de ellos.

-¿Cómo pueden celebrar el golpe de Estado? - me preguntó inocente Bella.

"¡Claro que pueden!", pensé. Son los mismos que a los bolcheviques nos acusaban de querer terminar con la democracia, de ser violentos y no respetar las libertades y los derechos humanos. Cuando los bolcheviques levantábamos la cabeza, ellos se escondían en sus casas como ratas, pero que ahora salían a festejar la reacción. Era su venganza por el miedo que la Revolución les provocaba. Deseaban que en barrios como la Colmena, las BAB asesinaran al mayor número posible de proletarios.

Cansada de ver toda esa barbarie y con el deposito casi en reserva, el móvil de Bruno sonó.

13.3


-¡Exiliada!

Era la voz de Víctor la que oía al otro lado de la línea. Parecía cansado, triste.

-¡Víctor! ¿Qué sucede? ¿Dónde están los demás?

- Estamos todos retenidos. Están aquí conmigo -y sin darme tiempo a responder -. ¡Exiliada! ¡Escúchame con atención! No hay tiempo. Tengo que transmitirte un mensaje. Yo ya estoy condenado, pero tus amigos tienen una oportunidad. Tienen una oportunidad.

-¿Cómo? ¿Dónde?

- Te esperan en la sede de las BAB, en el Castillo. Quiere hablar contigo. Llegar a un acuerdo.

-¿Llegar a un acuerdo? ¿Quién? ¿Saúl, ese asesino?

- No. Saúl ya no juega ningún papel en todo esto. Es el mismísimo Ministro el que quiere hablar contigo. Está dispuesto a salvar a nuestros amigos.

- ¿El Ministro? No puede ser. ¿Por qué va a querer el Ministro alcanzar un acuerdo conmigo?

- Eres importante, Exiliada. Siempre lo has sido. Es una gran oportunidad. Mira, saben dónde estás. Te siguen.

Miré instintivamente en todas direcciones. Bella, nerviosa, sin poder escuchar la conversación, me imitó. De golpe me pareció estar siendo observada por numerosos ojos hostiles. Di un volantazo y frené el coche en un callejón.

- Si vienes por propia voluntad puedes llegar a un acuerdo con él y salvar a tus amigos. Si dejas que te capturen, no habrá opción. ¿Sabes ya lo del golpe de Estado? Las formalidades democráticas han caído.

- Sé que es una trampa.

- Sí y no, si juegas bien tus cartas, Exiliada. Por fin sabrás toda la verdad. Confía en mí por última vez.

- Asesinaste a los diri... - me interrumpió.

- ¡Y te salvé a ti! Por favor, olvídate de mí y piensa en Pablo, Bruno y los demás. Tengo que colgar, no tengo más tiempo. ¡Ven Exiliada! ¡Por favor!

Bella me miraba esperando una explicación. Yo estaba abrumada. ¿Cómo confiar en Víctor después de todo lo que había pasado? ¿Y en el Ministro? ¡El Ministro! ¿Quién era? Los otros ministros eran conocidos, el Primer Ciudadano era conocido, pero apenas había ni fotos ni videos del nuevo dictador... El Ministerio Especial de Pacificación era tan secreto y oscuro que su titular era prácticamente un desconocido... Pero estaban mis amigos... No podía dejarles tirados... Y, pensándolo bien, era una oportunidad para estar frente a frente ante ese misterioso Ministro. Quizás ese era el objetivo de Víctor, que yo tuviera esa oportunidad.

-Voy a entregarme. Voy a intentar negociar la vida de mis amigos.

Bella se sorprendió. “¡Es una locura!”, me gritó. Casi llorando, golpeándome el pecho desesperada, trató de convencerme para que cambiara de idea. “¡Es una trampa!” Y razón no le faltaba, pero lo tenía decidido. Contuve sus golpes sujetándole los brazos por las muñecas y traté de tranquilizarla. Le expliqué que nuestros caminos se separaban y que era importante que ella sobreviviera, aunque por si lograba un acuerdo y mis compañeros salían con vida, necesitaba que me hiciera un último favor, necesitaba que Bella les pusiera a salvo. Bella se tranquilizó, pero no dejó de llorar. Ella quería que yo la convirtiera en una bolchevique, que la formara… Sin mí ya no tenía a nadie. Estaba sola. Pobre chica. Pero era la última oportunidad para rescatar a mis amigos.

Y yo estaba cansada de huir.

13.4


La sede de las BAB me esperaba. Había dejado atrás a Bella y al coche. Caminaba hacia mi destino. Frente a mí se levantaba el tétrico castillo gótico, imponente sobre una colina, rodeado de perímetros defensivos... Ni siquiera entiendo cómo logramos escapar de allí la primera vez. Ahora era distinto, ni estaba Helena, ni habíamos infiltrado a mis compañeros como trabajadores de la limpieza. Me fijé en el edificio: por un lateral llegaban camiones llenos de prisioneros de los barrios obreros. Los llevaban al garaje por el que habíamos escapado para poblar las mazmorras del edificio. Llegaba uno detrás del otro. ¿Había tanto espacio? Me fijé en unas chimeneas. De ellas salía humo negro. No quise pensar que hubiera una relación entre la gente que llegaba y aquellas chimeneas... Aunque en la guerra antifascistas sabíamos que los ejércitos enemigos usaban la cremación para no dejar prisioneros. Tragué saliva y con la piel de gallina avancé.

En el primer control informé a los policías quién era. Parecía que me esperaban. Avisaron a sus superiores y pronto apareció el oficial de nariz aguileña acompañado de seis BAB. Ordenó que me registraran. Les di mi pistola aunque no dejaron de revisar mi cuerpo en busca de algún otro objeto. Cuando se dieron por satisfechos, el oficial me indicó que le acompañara. Parecía extremadamente educado. Yo le seguí, escoltada por los agentes BAB, tres a cada lado y yo en medio.

La puerta principal del Castillo parecían las fauces de un lobo hambriento, bien abiertas para mostrarnos toda su dentadura. El lobo estaba dispuesto a devorarte si osabas entrar. Entramos. Ya dentro, vi la famosa vidriera con el caballero matando al dragón, el símbolo de las BAB. El dragón se defendía con una llamarada de fuego, pero el caballero sonreía consciente de su inevitable victoria.

Conforme avanzábamos por el recibidor del edificio no cruzamos ni media palabra con nadie, pero a cada paso se podían notar los ojos de decenas de policías, BABs y funcionarios clavados en nosotros, observándonos atentamente. Nos esperaba un ascensor. Solamente subimos el oficial de nariz aguileña y yo. Se puso en marcha. No hubo paradas, sólo un ascenso ininterrumpido. Creo que casi íbamos al último piso.

Me fijé en el oficial. Era el mismo que en el hospital había alcanzado a Víctor en la mano y el mismo que había revisado el supuesto cadáver del viejo en Tímberlane, cayendo en la trampa de Helena... Y pese a ese gravísimo error, ¿seguía contando con la confianza de sus superiores? Entonces se me hizo raro que aquel hombre desconociera el método de Brauss-Homín. ¿Podría ser que el oficial engañara conscientemente a Saúl? Por un momento una idea extraña y descabellada se formó en mi cabeza. No, no podía ser posible. ¿O sí? El oficial, ajeno a mis cavilaciones, miraba al frente con las manos cruzadas a sus espaldas mientras seguíamos subiendo.

Llegamos arriba. La puerta del ascensor se abrió y nos adentramos en una habitación que terminaba en otra puerta.

- Su excelencia le espera al otro lado de esa puerta.

El oficial se despidió de mí con mucha educación y casi con una reverencia me indicó el camino a seguir dejándome claro que ese último tramo lo haría sola.

Así fue. Avancé lentamente mientras el oficial volvía al ascensor. Toqué el pomo de la puerta, estaba frio. Lo giré suavemente y abrí la puerta.

13.5


Estaba en una amplia sala de piedra gris, muy grande, sin ventanas ni vistas exteriores por lo que, aunque iluminada y amplia, me transmitía una sensación claustrofóbica, turbia, incluso tétrica… Era el escenario idóneo para la última confrontación, un lugar grandioso capaz de hacerme sentir minúscula e impotente.

Me esperaba al fondo de la sala, sobre una tarima que se elevada sobre el suelo. Tras él había un mosaico compuesto por decenas de pantallas en las que se podían distinguir las caras de distintas personas. Si las conocía, estaba demasiado lejos como para reconocerlas. 

En el lado izquierdo de la sala había cuatro cubículos cerrados, aislados de la sala por mamparas transparentes que probablemente aislaban el sonido. Los cuatro cubículos estaban ocupados, cada uno por una persona diferente. Allí estaban Bruno, Sulem, Roger y Melisán. James no debía de haber sobrevivido. Bruno golpeaba la mampara con sus puños y me gritaba, pero yo no podía oírlo. Melisán me saludó con infinita tristeza llevando su mano derecha abierta sobre la mampara. Sulem lloraba y Roger negaba con la cabeza.

Pablo no estaba retenido en ningún cubículo. Estaba afuera y libre. De pie en la base de la tarima del lado de los cubículos. Me hizo mucho daño verlo. Estaba convencida de que Laso Ludovico estaba muerto. Sin embargo, el que creía mi amigo vestía el uniforme de las BAB con el caballero matando al dragón y me miraba serio, frio, sin avergonzarse. Iba armado, aunque no necesitaba apuntarme.

A la misma altura que Pablo, pero al otro lado de la tarima, estaba el coronel Saúl. Estaba esposado y, aunque su mirada seguía reflejando un fuego salvaje e indómito, parecía asumir su condición de cautivo.

Víctor, el Ministro Especial de Pacificación, erguido y elevado por la tarima, me observaba sin perderse nada, ninguna de mis reacciones: supongo que una mezcla de sorpresa, odio, tristeza, desesperanza... Su Excelencia me analizaba, me estudiaba, como si tuviera interés científico. Estaba rejuvenecido, sin bigote, sin canas, el pelo completamente negro y vestido con un uniforme de las BAB pero de general, negro con adornos dorados, demostrándome su alta graduación militar.

- Bienvenida, Exiliada. Me alegro de volver a verte.

Había llegado a intuirlo, pero nunca me lo había querido creer.

13.6


-¿Estás sorprendida de verme? - me preguntó.

- Si me salvaste la vida en Lacánsir para ver esto... te lo podías haber ahorrado. Hay cosas que preferiría no saber - e instintivamente mire a Pablo, que ni se inmuto-. ¡Maldita sea! Helena tenía que haber completado su misión y asesinarte.

- Pero se enamoró de ti... Tus habilidades me ayudaron a sortear una variable con la que no contaba... Y el pequeño plan de Saúl para reemplazarme fracasó.

El coronel Saúl lanzó una mirada de odio hacia su superior.

- ¡Basta de parloteos! - gritó una de las personas emitida en una de tantas pantallas.

- ¡Sí! ¡Basta! No tenemos tiempo. -Ratificó otra persona desde otra pantalla.

- Ella sabe dónde está Jaime - dijo un tercero.

- ¿Quiénes son? – pregunté intrigada.

- ¡No te importa! - exclamó una cuarta pantalla.

- ¿Dónde está Jaime? - preguntó con insistencia la tercera pantalla.

- Sí, ¿dónde está Jaime? - repitió una quinta pantalla.

- Te presento a Número 1, Exiliada – dijo el Ministro.

Me acerqué movida por la curiosidad. Veinticuatro pantallas con veinticuatro personas distintas que, así de entrada, por el aspecto que tenían parecían altos ejecutivos de grandes empresas. Algunas de esas personas me sonaban... No eran unos cualesquiera.

- ¿Todos son Número 1?

El Ministro asintió mientras me explicaba quiénes eran cada uno de ellos señalándome con el dedo la pantalla correspondiente:

- El presidente ejecutivo y principal accionista de Cia+Fia, el principal accionista y dueño del Banco de Cáledon, el presidente de la Junta del Banco de Crédito Arranio, el presidente ejecutivo de Siderurgias Reunidas, el gestor ejecutivo del patrimonio del Teócrata, el presidente delegado del Banco Cosmopolitano, Armas Reunidas, Technocorp, Seguros Financieros Epitafio, etcétera... Todos son Número 1. Son los grandes poderes económicos de la República, reunidos para luchar contra el bolchevismo. Al margen de las BAB enviaron a uno de sus sicarios a capturarte... Convencidos de que tú eras una enviada de Jaime, ¡jajaja! Saúl creía lo mismo. Cada uno por su lado, no han logrado detenernos.

Las personalidades que conformaban Número 1 protestaron airadas por revelar todo aquello, hablaban a la vez y era difícil comprender lo que decían.

-¡Callaos! - ordenó el Ministro.

Y de mala gana, aquellos grandes empresarios, nobles y banqueros se callaron.

- Están anclados en el pasado. - el Ministro despreciaba a aquellos poderosos personajes, pero parecía no tener poder para apagar las pantallas -. No entienden nada. Realmente se creen que Jaime está detrás de la caída del fascismo en Sumailati

“¡Así que ha caído ese gobierno!”, recuerdo que pensé.

- También piensan que Jaime está detrás de los movimientos que has visto en tus viajes... Las tentativas sindicales en Cáledon, entre los jornaleros de New Haven o los estibadores de Davenport... Saúl también pensaba que con enviar a las BAB todo se iba a resolver. Pero tú y yo sabemos que no es así. Lo que ha pasado en estos sitios son síntomas, peligrosos síntomas. Jaime es sólo un símbolo. Hoy en día no es nada más que eso. Puede que esté desperdiciando su vida en el Continente, consumiendo nirvana o loto... Puede que ya esté muerto. Poco importa. Quién era verdaderamente importante eras tú, Exiliada.

El Ministro hizo una pausa, pero continuó:

- Tienes una característica, Exiliada: agrupas gente a tu alrededor. Tienes carisma y don de grupo. Lo sabes. Ya destacabas antes de la guerra. Y en el combate tus soldados te seguían y respetaban. Número 1 piensa que las revoluciones, como las huelgas e insurrecciones son producto de la conspiración, de la intriga... Por eso creen que el responsable de todo es Jaime. Para Número 1 las masas son unos borregos que se dejan engañar por los agitadores.

- ¿Y no es así? - protestó una de las pantallas.

- Nosotros desarrollamos el mundo, deberían estar agradecidos - dijo otro.

- Les engañan. No saben, son ignorantes y les engañan. - añadió un tercero.

- Son burgueses, - continuó el Ministro- grandes empresarios acostumbrados a ver el mundo según su óptica, según los parámetros de su clase social. Cuando fui bolchevique descubrí que no es cuestión de tal o cual conspirador... Descubrí que el bolchevismo es la ideología destilada de los oprimidos, y mientras haya oprimidos, habrá potencialmente bolcheviques.  Durante años, el sistema compró a los dirigentes obreros o directamente reprimió a los activistas para evitar una revolución. Pero por mucho oro y por mucha cárcel que hubiera, la revolución se hizo inevitable. No puedes frenar eternamente a los oprimidos, sobre todo cuando no tienes nada que ofrecerles. Un sistema sólo puede ser estable, si garantiza estabilidad. Ante la revolución, los burgueses, atemorizados, quitaron al Rey, pusieron a los socialdemócratas, trataron de ilusionar con las promesas de cambio y de democracia, pero el bolchevismo se desarrollaba más y más.

"Vendí mis servicios como ex bolchevique para llevar adelante la destrucción del Partido. ¿Quién mejor que un bolchevique, para acabar con los bolcheviques? Ya sucedió atrás en la historia, ¿verdad? Usé las ambiciones en vuestra Ejecutiva, los antagonismos en la dirección. Número 1 estuvo de acuerdo en buscar la guerra para evitar vuestra victoria... Y guerra tuvisteis. Sabía que el Partido se dividiría y que los mejores seguiríais a Jaime.

"Reconozco que pensaba que podría convencer a Jaime de que se me uniera... Que rompiera con el bolchevismo y se convirtiera en generalísimo de La República o algo así. Al fin y al cabo yo era su antiguo maestro... Pero decidió seguir luchando... Aunque fue llevado por la soberbia... Creía que podía ganar cuando era inevitable su derrota... Así se construyó su maldito mito. No obstante, durante la guerra civil, ya colaborando con tu amiga Verónica, pude destruir lo que quedaba de tu Partido. No salió tan mal la jugada.

"Con lo que tampoco contaba era con que una de las mejores seguidoras de Jaime no le siguiera en su locura... Te fuiste al exilio, sí, pero Verónica me alertó de tu potencial y me explicó cómo Cayo estaba convencido de que tú podrías reconstruir el Partido si te protegían haciéndote abandonar la República. Al principio no te di importancia, lo reconozco. Pero, con los primeros síntomas de un renacer del movimiento obrero en la República, comencé a temer que el recuerdo de Jaime y sus hazañas hicieran revivir al Partido. Cuando comenzaron los problemas en las Potencias Fascistas y mis espías me informaron de que querías volver, pensé en utilizarte, y utilizar tus habilidades, para abortar de raíz cualquier intento de reconstruir el Partido. Sabía que en tus viajes no sólo encontrarías a los viejos dirigentes huidos -lo cual para mí era secundario-, sino que, sobre todo, entrarías en contacto y agruparías a tu alrededor a los mejores elementos, más dispuestos, aun sin ser conscientes de ello, a reconstruir el Partido. ¡Aquí los tienes! - Y el Ministro señaló a mis compañeros, Bruno, Roger, Sulem y Melisán.

- Enhorabuena Excelencia... Has recorrido conmigo toda la República, te han disparado, has estado a punto de perder tu cargo y tu vida... Porque creías que yo iba a reconstruir el Partido. ¡Estás loco!

- No me engañes Exiliada. Sabes que esos viajes han sido los que precisamente te han empujado a recordar quién eres realmente e incluso te han llevado a valorar la posibilidad de reconstruir el Partido. La foto de tu casa en New Haven, por ejemplo, esa en la que salías de niña, mis agentes se la hicieron llegar al arrogante Orestes para que te la entregara. Ha sido arriesgado, no lo negaré. Desde que soy Ministro he preservado mi anonimato. Sólo unos pocos fieles me conocen, y de entre ellos sólo unos pocos fueron informados de mi misión. Miento, sólo unos pocos aparentemente fieles. Pensaba que Saúl era fiel y casi termina con mi vida. Pero el oficial que te ha acompañado hasta aquí, el de nariz aguileña, ha estado conmigo haciendo de doble agente en todo momento. Ni siquiera Número 1 fue informado. Quería que todos los actores actuaran con naturalidad, para dar más realismo a la aventura. Sabía que sospechando de tus vínculos con Jaime, todos te perseguirían. Para sobrevivir ibas a necesitar ayuda. Mi ayuda.

"Tenía que ser yo. Sabía que me arriesgaba mucho, pero también sabía que sólo funcionaría conmigo. Yo podía hacer valer mi pasado bolchevique para ganar tu confianza. Cualquier otro agente no hubiera estado a la altura. Le hubieras descubierto. Además, eres sensible a las figuras paternas. No has podido llenar el hueco dejado por tu padre, así que sabía que un venerable anciano podría funcionar. Estoy contento con el resultado.

- ¿Y por qué hemos llegado hasta aquí? ¿Por qué no me has matado? ¿En Lacánsir por ejemplo?

- Porque yo no quiero otro mártir. No quiero otro héroe del proletariado como Jaime. Quiero que te unas a mí. Quiero que reniegues del bolchevismo aquí, delante de tus seguidores. Delante del embrión de Partido. Quiero que vean que tú les traicionas y que la lucha no tiene sentido. Así salvarán su vida y desmoralizados sembrarán el pesimismo y el derrotismo ente los suyos. Y tú trabajarás para mí reclutando y traicionando a los revolucionarios, construyendo un Partido a mi servicio que estirpe el bolchevismo para siempre.

13.7


- Te voy a dar cuatro motivos para que no puedas rechazar mi oferta:

"Tus viajes por la República, igual que te han permitido contactar con las nuevas capas dispuestas a la lucha, también te han revelado la verdadera naturaleza de los dirigentes de tu Partido.

"Piensa un poco Exiliada. Piensa en Cayo, tu amigo. Cobarde y ambicioso. Incapaz de seguirte a la lucha, pero luego dispuesto a unirse a los terroristas arranios. Luisma: Desmoralizado. Decepcionado. Orestes: Arrogante. Contemplativo. La revolución pasaba por delante suya, pero él sólo podía contemporizar y jugar a ser Lenin. Jaime: Tú sabes que le pudo la soberbia. Se auto-convenció de que él era el Mesías del proletariado. Os llevó a la derrota y desapareció por completo. Verónica: ¡Qué decir de tu maestra! Tu corrupta y corruptora maestra, dispuesta a destruiros a todos para satisfacer su locura y sus deseos de venganza.

"La dirección de vuestro Partido os utilizaba como peones. Vosotros trabajabais, construíais, os sacrificabais... Y eran ellos los que recibían las medallas, los que eran idolatrados por las masas. Los revolucionarios como tú, todos los cuadros intermedios que luchabais por un ideal, dispuestos a dar vuestra vida por la Revolución, os dejabais la piel. Pero en la dirección, la ambición, las intrigas, las mentiras eran moneda corriente. ¡Lo sabes!

Comencé a entender las motivaciones que le debían de haber llevado a traicionar al Partido. Recordé a la enloquecida Verónica, descompuesta por la ira, el odio, la envidia... Ella era mi maestra... ¿Estaba yo atada a su destino?

"¿El segundo motivo? Aquí tienes a Saúl. El asesino de Helena. Merece morir por traicionarme. Expiará su culpa encargándose de ti. Sin embargo, si te unes a mí, te lo entregaré para que le castigues como estimes oportuno, para que pague por sus crímenes. Sé que a pesar de los controles y registros, seguramente habrás logrado colar algún arma, un cuchillo o una pequeña pistola –y así era-: ¡Úsala! ¡Úsala contra el asesino de la mujer que amabas!

No pude evitar pensar en Helena. En el momento preciso en que el coronel Saúl le arrebataba la vida. Ella se había sacrificado por mí. Ese maldito me la había quitado. Me giré hacia el coronel. Estaba pálido viéndose indefenso y sentenciado. Yo quería matarle y me vi tentada a sacar la pequeña pistola que había logrado colar.

"¿El tercer motivo? Te lo dije por teléfono, para que vinieras aquí: tus compañeros. Bruno, Roger, Sulem y Melisán. Puedes salvarles la vida. A Bruno lo conoces desde la guerra. Muchos años de camaradería. ¿Te crees capaz de condenarlo a la muerte cuando él lo que ha hecho es seguir tus ordenes? En cuanto a los otros... Puedo garantizarte que Roger será de nuevo aceptado entre la alta sociedad de New Haven. Podría desarrollar una buena carrera profesional. A ellas les puedo garantizar educación, un techo, ¡un futuro! Algo de lo que ahora carecen. ¡Mírales! - Así hice- ¿Puedes cargar con sus vidas? ¿Te ves capaz de decidir sus destinos por aferrarte a tu pasado?

Todos ellos me habían seguido desinteresadamente. Y mi vida estuvo en sus manos en numerosas ocasiones. Les debía mucho. ¿Podía permitirme que murieran por mi culpa? El Ministro presuponía que salvarles les desmoralizaría, rompería su voluntad de luchar contra la opresión y la injusticia. ¡Pero estarían vivos! ¡Qué clase de lucha les esperaba muertos!

"Y por último: Aquí ves a Pablo. Junto a mí. Al final decidió volver a casa. Luchó contra sí mismo. Lo sabes de sobra. Pero las cosas son así... Él no podía ganar esa batalla. Él es lo que es. Es la demostración de que no todo se puede cambiar. No siempre se puede ganar. A veces no queda más remedio que asumir la realidad, amoldarse a la misma y sacar ventaja de ello.

-¡Escúchale Exiliada! - me dijo Pablo.

- ¿Por qué? – le pregunté casi llorando.

- Era el único camino Exiliada – me respondió-. No puedo huir de mí mismo. Esto es lo que soy.

No podía más. Estaba a punto de sucumbir. Llevaba más de quince años de mi vida luchando, de aquí para allá, sin hogar, sin estabilidad, viendo caer a mis amigos, siendo traicionada por mis camaradas... ¡Estaba harta! ¡Estaba harta de tener responsabilidades! ¡Estaba harta de tener que responder por otra gente! ¡Estaba harta de ser un mero peón en una guerra que parecía no tener fin! Quería llorar.

No podía dejar de mirar a Pablo.

13.8


-¡Únete a mí!

El Ministro me extendió su mano, como si me ofreciera ayuda, como si él me aceptara tal y como soy, sin juzgar mi pasado, sin juzgar mis crímenes.

Yo no me atrevía a mirar a mis amigos.

Pensé en la guerra. Recordé al joven miliciano del barranco. Recordé un pasaje estrecho donde envié una avanzadilla sabiendo que podía ser una trampa. Recordé al primer soldado fascista que avatí, un jovencito imberbe con miedo en sus ojos. Recordé cuando Jaime nos informó de su siguiente objetivo: ¡Tomar el poder! Y como los comandantes, muchos de los cuales más adelante le traicionarían, entonces le ovacionaban, mientras la tropa comprendía perfectamente que no podríamos ganar esa guerra.

- ¡Vente con nosotros! - exclamó uno de los grandes empresarios que conformaba Número 1.

- ¡Te colmaremos de riqueza! - dijo otro.

- ¡Somos la civilización! - dijo un tercero.

¡La civilización! Pensé en el exilio en el Continente. Primero seguía los acontecimientos de la República. Me reunía con otros exiliados. Primero conspirábamos. Luego nos lamentábamos. Luego maldecíamos. Luego, la droga, el sexo, las despreocupaciones...

- ¡Nunca te faltará nada! - otro miembro de Número 1.

- ¡Vivirás como una reina!

- ¡A tus amigos tampoco les faltará nada!

- ¡Te mereces mucho! ¡Puedes salvar a la República!

¡Salvar a la República! Pensé en mi familia festejando la caída de la Monarquía. Les volví a recordar cuando les expliqué que me liberaban en las juventudes del Partido... La preocupación, desaprobación de mi madre... Ese gesto de rechazo que le acompañó cuando, tras la muerte de mi padre, me fui a la guerra y la abandoné... Recordé a mi padre como aquella estatua de arena de mi sueño. ¿Qué hubiera pensado mi padre de todo aquello? ¡Qué sabía mi padre! "Necesidad de una figura paternal", me había explicado el Ministro. ¡Yo no soportaba la soledad! Y entonces pensé en Helena.

Saqué la pistola. Pequeña, muy pequeña, pero letal. Apunté a Saúl. El coronel me miró aterrado. Le odiaba. Quería matar a ese asesino. El Ministro sonrió.

¡Helena!

Se sacrificó por mí... ¿Sólo por mí? ¿Por lo que estaba haciendo? ¿Qué estaba haciendo? ¿Buscar a viejas momias? El Ministro tenía razón... Los viejos dirigentes de la Ejecutiva estaban muertos antes de que él los matara. Eran cadáveres en vida... Como Verónica.

Verónica.

Me acordé del primer día que vi a Verónica. La percibí tan luminosa, tan inteligente, tan hermosa... ¡me deslumbró como un potente rayo de sol! Lo que veía en ella: sabiduría, honor, principios, lucha, justicia... ¡Qué contraste con la Verónica enloquecida que me había encontrado ahora! ¿Hubiera dado mi vida por esos dirigentes? ¿Se lo merecían? La respuesta era evidente...

Pero no sólo me había encontrado con los viejos dirigentes...

Con el rabillo del ojo miré a mis amigos:

Melisán, una niña sin infancia, forzada, degradada por hombres repugnantes aún más degradados... Y sin embargo con una dignidad en sus ojos, consciente de que su lucha es lo único que la eleva del pozo de miseria y barbarie que domina su vida.

Sulem, una joven mujer semita... Esclavizada por siglos de opresión, de mentiras, de humillaciones. Y sin embargo, junto a sus hermanas, en el momento clave demostró toda la fuerza y el valor necesario para hacer frente a su pasado, a su tradición.

Roger, todo su talento, toda su inteligencia y habilidad... Y está dispuesto a romper con su clase social, que le podía garantizar una vida acomodada, y, sin embargo es el que con más ahínco quiere reconstruir el Partido, su periódico por ejemplo...

Bruno. ¡Mi leal y querido Bruno! Un obrero toda su vida. Luchador incansable, en la guerra sólo a su lado me sentía a salvo. Si fuera heterosexual me gustaría de pareja... Leal, digno, sensible, dulce... Ha perdido a su esposa por culpa de esta locura... Tiene un bebé, una niña, Alba como yo, esperándole en casa...

Pablo... ¡Pablo!

13.9


Aún seguía apuntando a Saúl. Tenía muchas ganas de disparar sobre la maldita cara de ese asesino.

- Tiene razón Excelencia - volví a centrar la atención del Ministro, sin dejar de apuntar a Saúl- en que los antiguos dirigentes bolcheviques estaban hace tiempo corrompidos. Eran una losa... También es verdad que quiero matar a Saúl y que la vida de mis amigos es muy importante para mí. Y que no me esperaba esto de Pablo. La verdad...

Miré a Pablo otra vez. Creo que fue entonces cuando supe realmente qué era lo que iba a hacer, cuando me decidí finalmente. Lo que entonces pasaría, sólo confirmaría mi decisión:

- Pero también te equivocas en muchas cosas...

El Ministro se mostró sorprendido. Estaba convencido de que yo iba a disparar sobre Saúl.

Pero entonces, sin previo aviso entró el oficial de nariz aguileña. Al Ministro le disgustó la interrupción, pero comprendía que si se había atrevido a aparecer era por algo importante. El oficial cruzó a mi lado rápidamente hasta la tarima del Ministro, subió y le susurró algo al oído. El Ministro escuchaba sonriendo levemente, pero era una sonrisa falsa, realmente no le gustaba lo que oía. También mediante susurros le dio al oficial algunas instrucciones antes de que abandonara el salón tan rápido como había entrado.

Los ricachones de las pantallas de Número 1, que se habían mostrado contrariados cuando el oficial de nariz aguileña había aparecido, se pusieron de golpe bastante nerviosos. Parecían también recibir sus propios informes y algo pasaba. Algo que para ellos no era bueno. Tres de ellos apagaron las pantallas como si les urgieran otros asuntos.

El Ministro se impacientaba. Se giró hacia Pablo y le hizo una indicación con la mano. Pablo asintió. Preparó su fusil, quitó el seguro, lo levantó suavemente apuntando en mi dirección y cuando me tenía en la línea de fuego...

- Te equivocabas en muchas cosas, Excelencia –retomé la conversación consciente de que el tiempo se agotaba-. Primero porque el Partido, y las ideas que el Partido representan, están por encima de los individuos aislados. Puede haber fracturas, divisiones o escisiones. Puede haber dirigentes corruptos, incluso traidores. Pero el Partido y las ideas sobreviven a los individuos. Incluso me sobrevivirán a mí misma tanto si muero de vieja como si traiciono la causa. Y la prueba es que tus constantes planes para aplastar la revolución han fracasado.

El nerviosismo de los Número 1 se incrementó. Cuatro pantallas perdieron la señal. Otras tres fueron apagadas.  

- Segundo, porque quiero a mis amigos. Les quiero ver vivos sí, pero ellos no me querrían ver traicionando todo por lo que he luchado. Helena me dijo: “Si sobrevives, si resistes, habrás ganado. Entonces mi sacrificio habrá tenido sentido. Confío en ti”. Sé que antes preferirían morir que verme claudicar.

Y les miré y comprobé que sonreían y que estaban los cuatro de acuerdo con mis palabras.

Otras cinco pantallas perdieron la señal. Otra se apagó sin más.

"Tercero... No. En esto no te equivocabas.

Y disparé una bala en la cabeza a Saúl, que cayó muerto al suelo.

- ¡Y cuarto! - fue Pablo el que habló ahora y lo hizo mientras giraba su fusil hacia el Ministro. Éste se encontraba contrariado, su rostro palideció. No se esperaba semejante fracaso. Tenía miedo y sus ojos así lo confirmaban.

Se oyó de repente lo que parecía una explosión. El impacto venía de fuera, pero era intenso y todo vibró, además las alarmas se pusieron a sonar. Las luces dieron paso a las luces de emergencia y las pantallas que aún emitían dejaron de hacerlo definitivamente.

La sacudida, que nos desconcentró, fue aprovechada por el Ministro para apoyarse en la pared que tenía tras él y desaparecer tras un muro giratorio, justo a tiempo para evitar ser alcanzado por una bala de Pablo.

Entraron entonces varios soldados BAB que comenzaron a dispararnos. A duras penas Pablo pudo contenerlos mientras yo liberaba a mis cuatro compañeros. Las tremendas habilidades de Pablo nos permitieron controlar la sala en la que estábamos y la sala contigua. Los demás nos armamos con las armas de los BAB caídos. Salimos y comprobamos que el ascensor no funcionaba. Bajamos a prisa por una escalera de emergencia. Nos cruzamos con unos funcionarios que trasladaban kilos de dosieres e informes, supuse que a una trituradora.

-¿Qué sucede? - les pregunté amenazándoles con las armas.

- Primero ha llegado la noticia oficial de que ha caído el gobierno de Sumailati y ha cundido el pánico. Entonces la noticia se filtró y ha estallado un motín en Cáledon. Las BAB estaban demasiado desplegadas por toda la República y por toda la ciudad como para ofrecer suficiente defensa a este edificio que es el centro de las iras de la población enfurecida. Hemos pedido ayuda al ejército, pero parece que se mantienen neutrales y en los cuarteles. ¡No nos hagan nada! ¡Nosotros solo cumplimos órdenes!

- ¡Por eso estáis tratando de destruir todo esto! - Exclamó Pablo señalando todos los papeles que portaban y que ahora estaban en el suelo.

-¡Dejémosles! - grité, y continuamos bajando.

Pronto descubrimos que las BAB que custodiaban el edificio estaban acuarteladas en el garaje, tratando de abrir un pasillo para escapar con sus vehículos y armas. No sabíamos dónde estaba el Ministro, si había logrado escapar, o aún estaba por allí. La planta baja estaba ardiendo - nos costó mucho atravesarla- y fuera había miles de trabajadores y jóvenes armados. Habían improvisado unas barricadas con mobiliario urbano y maderos, pales y otros restos sacados de las obras. Las armas, por otro lado, las habían conseguido de los policías y las BAB abatidos. Y de los desertores, que también los había.

Nos asomamos temerosos a la calle, pensando que podrían tomarnos por enemigos y abrieran fuego contra nosotros. Para evitar confusiones innecesarias, Pablo se quitó la chaqueta del uniforme de las BAB y Bruno improvisó una bandera blanca con su camiseta.

Salimos con las manos en alto, pero tuvimos suerte: Bella, que formaba parte de la barricada, nos reconoció y explicó quiénes éramos:

- ¡Es el grupo de la Exiliada! ¿No los conocéis? ¡Bruno y su Red! ¡Estaban dentro retenidos! - Gritó.

- A Bruno lo conocemos - dijo uno de los trabajadores insurreccionados, - ¿pero quién es esa Exiliada? 

- ¡Es la Última Bolchevique! - Exclamó Pablo, a modo de respuesta.

-¡No! - grité yo - Ya no soy ninguna Exiliada: Mi nombre es Alba Libertad, “la Leona”. Soy bolchevique sí, pero no soy la última ni muchísimo menos.

- Hasta que no terminemos con todas las injusticias del mundo, ¡todas ellas!, no habrá una última bolchevique. - Añadió Bella.

En esa actitud triunfante, sobre una barricada gritando y animando a sus compañeros, por fin supe a quién me sonaban esos ojos, por fin vislumbré a qué linaje pertenecía la muchacha.

Pero ahora eso daba igual. Teníamos una Revolución por delante. Ahora lo que tocaba era continuar la lucha, ¡hasta la victoria!


FIN