Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

lunes, 6 de mayo de 2013

Capítulo 8, el amigo 6.

Sucedió todo muy rápido. 

De entre las sombras aparecieron seis pistoleros con las caras tapadas con pasamontañas. A los dos policías no les dio tiempo reaccionar. A uno de ellos le dispararon en la cabeza. Su sangre salpicó a Víctor y a Pablo. El segundo agente gritó y trató de desenfundar su arma. Le pegaron dos tiros, uno en el pecho y el otro en la barriga. Detrás de nosotros aparecieron otros cuatro. 

- ¡Arrari rar gatma! - nos gritaron en arranio. Como vieron que no respondíamos nos encañonaron y volvieron a gritarnos - ¡Arrari rar gatma! ¿Ahar? 

Uno le murmuro algo al oído del que parecía el jefe. 

Helena no se pudo contener más. 

Ella había soportado las burlas de los policías para no perjudicar al grupo, pero ahora la situación se había transformado por completo: Estábamos indefensos ante unos asesinos con los que no había forma de comunicarnos. Con su nuevo bastón –un moderno bastón de estoque que había conseguido en Davenport- la ciega golpeó en los genitales a uno de los pistoleros que teníamos a nuestra espalda. Inmediatamente, también con el bastón, golpeó en el cuello a un segundo y con una patada a un tercero. Pablo no se quedó quieto y, alentado por la acción de Helena, desarmó a uno de los que teníamos en frente. 

El jefe de los pistoleros, impresionado por los movimientos de mis compañeros, no se lo pensó dos veces y disparó. Su objetivo era Helena, pero instintivamente yo me puse en medio para que no la alcanzaran. La bala me dio en el hombro, pero la sangre salía a borbotones. ¡Me dolía mucho! No pude sostenerme en pie y caí al suelo. Helena consciente de que esa bala iba en su dirección y que yo me había interpuesto se arrodilló a atenderme. Pablo se lanzó rabioso contra el autor del disparo. 

- ¡Rar ar! - gritó de golpe Víctor en perfecto arranio - Rar ar go ¿Ahar? 

El dolor y la sangre que abandonaba mi cuerpo me debilitaban. Estaba a punto de perder el conocimiento. Creo que todos se detuvieron incluso creo que el líder de grupo de pistoleros se quitó el pasamontañas. No estoy segura. Sólo sé que Helena me sostenía la mano y que Pablo también se acercó preocupado. 

- No es nada... Sólo es el hombro - creo que les dije. 

Perdí el conocimiento.

Capítulo 8, el amigo 5.

- ¡Qué hacen aquí! ¿No saben que hay toque de queda? Haber, ¡documentación! 

Víctor les dio los papeles de la familia Austin. ¿Qué podíamos hacer? Nos miramos nerviosos. Pensé en atacarles, aprovechar las habilidades de Pablo y Helena para que les golpearan y así montar en la furgoneta y huir. Pero entonces, identificados, prófugos, tendríamos que abandonar Tímberlane –ni siquiera sé muy bien como habríamos podido salir- y buscar a Cayo de otra manera, aparte de llamar la atención de las BAB y probablemente de Número 2. 

- No son de aquí - dijo el agente que inspeccionaba los papeles. - ¿No les dijeron que tenían que ir a la Oficina de Turismo? 

No parecían los típicos policías energúmenos incapaces de razonar. ¿O tal vez sí? 

- Sí nos dijeron - comenzó a explicarse Víctor -, pero llegamos hace muy poco, ya era de noche. Venimos a hacer turismo. No sabíamos que había complicaciones en la ciudad. Pensamos que la oficina estaba cerrada y buscábamos donde pasar la noche para mañana ir a la oficina en cuanto abriera. 
- ¿Y buscaban pasar la noche aquí? - preguntó casi riéndose el otro policía mientras señalaba el picadero - ¿no es un lugar poco habitual para una respetable familia de turistas, abuelo? 

Nos encogimos de hombros. Pensé que nuestra suerte ya estaba echada, que no nos creían y que nos detendrían; que no habíamos actuado a tiempo. 

- ¡Son ustedes una familia de lo más original! - continuó el policía que sostenía nuestros papeles. 
- Un grupo como ustedes delante de este picadero, jajaja, cualquiera pensaría que le espera a usted, abuelo, - dirigiéndose a Víctor - una gran fiesta jajaja muy variada. - ¿buscaban provocarnos o simplemente se estaban cachondeando de nosotros? 
- Sí jajaja - se reía el otro policía- Demasiado variada para mi gusto jajaja. 
- Bueno, jajaja, ¡ellas no están nada mal! 

Las miradas viciosas y repugnantes de los dos policías repasaron mi cuerpo de arriba abajo para fijarse también en el de Helena y volver al mío. Helena no les veía, pero comprendía sus entonaciones. No le gustó nada y emitió un gruñido de protesta. Antes de que la tensión pasara a mayores le cogí del brazo para tranquilizarla. Pablo, mientras tanto, mantenía con esfuerzo una sonrisa falsa. 

- Algunos ricachones falsean papeles para organizar jejeje “fiestas”, en lugares apartados, lejos de miradas indiscretas – Nos explicó uno de los policías. 
- Sólo les estábamos tomando el pelo, jajaja. No teman. 

Excepto Helena, los demás acompañamos a los policías con risas forzadas y nerviosas. 

Cansados de meterse con nosotros, decidieron, por fin, devolvernos los papeles. Se los acercaron a Víctor, pero al alargar el brazo para recogerlos, el anciano mostró sin querer su mano vendada. Desde que Lara le había atendido en Cáledon, Víctor no se había cambiado el vendaje y, aunque la herida estaba tratada, no estaba cicatrizada ni muchísimo menos, sobre todo, después de todas y cada una de las emociones que habíamos vivido desde entonces. Así pues, las vendas estaban sucias: bastante manchadas de sangre, pero también de mugre. No parecía la herida de un anciano normal, tratado por la sanidad oficial. 

- ¿Qué le ha pasado en la mano? - preguntó el policía. 

Hubo un tenso instante de silencio. 

- Debería acudir a una farmacia. Para que le cambien la venda – continuó el agente. 

"¡Ufffff!" Respiramos tranquilos. 

- No pueden quedarse por la noche en Tímberlane. ¿Éste es su vehículo? 
- Sí - respondió Pablo. 
- Deben salir de la ciudad. Los hoteles de fuera del área metropolitana les alojaran y ya mañana podrán volver. 

Mientras el policía, con inesperada amabilidad, nos invitaba a irnos de Tímberlane, Helena me susurró algo al oído: 

- Hay otras seis personas armadas rodeándonos. Y creo que estos no son policías.

Capítulo 8, el amigo 4.

- No me gusta nada la idea de ir al centro de la ciudad - dijo Víctor. – En las barriadas obreras estaremos más a salvo. 
- Pero necesitamos ese papel para turistas. Ya escuchasteis al policía - respondió Pablo. 
- Los papeles de Davenport han sido útiles frente a un agente lleno de rutina y sobresaturado de trabajo –argumentó el anciano-, pero corremos el riesgo de que a los funcionarios de turismo no les podamos colar la originalidad de la familia Austin. Además, a estas horas la oficina estará probablemente cerrada, o apunto de cerrar. 
- Vale... Es muchísimo mejor que nos detengan por la calle por no tener ese maldito papel y entonces tengamos que tratar con otro tipo de funcionarios. 
- ¡A mi no me preocupa ese maldito papel! - Helena interrumpió la discusión entre Pablo y Víctor. – No deberíamos ir al centro. 
- ¿Qué sucede Helena? - pregunté ansiosa por demostrarle a Helena mi interés en sus pensamientos. 
- Esta ciudad huele a sangre. ¿No lo notáis? Quizás es un presentimiento y nada más, pero no nos espera nada bueno en el centro. Y mirad, vosotros que podéis, la hora que es. ¿Qué oficina está abierta a estas horas? 
- ¿Presentimientos? ¡Tonterías! - gruñó Víctor -. Pablo tiene razón: Necesitamos ese maldito papel. Pero ahora no lo conseguiremos. Nos queda dinero. Busquemos una pensión en una barriada obrera y pasemos allí la noche. Mañana veremos qué hacemos. 

Nos desviamos de las calles que nos llevaban hacia el centro de Tímberlane y callejeamos por un barrio obrero buscando una pensión. No encontrábamos nada y a nuestro alrededor la noche caía y las calles se despoblaban. Por contra, la presencia policial en la calle se hacía cada vez más notable. Los coches patrullas se dejaban ver incluso en los rincones más abandonados por donde buscábamos. 

Por fin, tras muchas vueltas encontramos una pensión que más bien parecía un picadero de la prostitución: un edificio en ruinas, un letrero de neón estropeado y la segura presencia de ratas y cucarachas. 

-¡Ey! ¡Me gusta! - exclamó en broma Pablo - ¡En este sitio rememoraré mi último ligue! ¡Me sentiré como en casa!

Y es que era un sitio realmente infame, pero fuimos a preguntar de todas formas. No tuvimos suerte, incluso en un sitio así exigían los dichosos papeles. 

- Sin los papeles de la Oficina de Turismo no me puedo arriesgar a alojaros - nos dijo el recepcionista. 

- Pero si aquí sólo vienen putas y sus clientes - protestó malhumorado Víctor. 

- Puede que tenga razón el señor - le respondió el recepcionista sin inmutarse -, pero al menos ellas tienen papeles. 

Nos fuimos porque era evidente que de allí no íbamos a sacar nada en claro. Ya era completamente de noche. El alumbrado nocturno era escaso y funcionaba mal. Habíamos aparcado cerca de la pensión, volvimos hacia la furgoneta. 

- ¡Salgamos de la ciudad! Ya volveremos mañana - propuso Helena. 

- Los controles de salida eran mucho más rigurosos que los de entrada – recordó Pablo también preocupado. 

No nos dio tiempo de montarnos en la furgoneta. Una patrulla de policía se detuvo a nuestra altura. Los agentes se bajaron del coche y se nos acercaron.

Capítulo 8, el amigo 3.

Nos acercábamos al cinturón rojo de Tímberlane, sino estábamos ya en él. Todo a nuestro alrededor estaba completamente urbanizado: polígonos industriales, antiguas fábricas, bloques de viviendas que recordaban a la Colmena de Cáledon... 

Aunque teníamos los nuevos papeles, la cohartada que nos había conseguido Kahn era poco creible, así que continuábamos con nuestra costumbre de viajar por las carreteras secundarias. Nuestras cautelas no podían evitar que nos diéramos de bruces con los mismos problemas de tráfico que sufren a diario los conductores. Así, como en la mayoría de las grandes ciudades, todas las entradas a Tímberlane, estaban colapsadas, llenas de vehículos: A esas horas las fábricas se vaciaban y los obreros volvían a sus casas. Esabamos en medio de un enorme atasco, en medio de infitinas colas, que parecía que iba a durar horas. 

- ¡Tenemos problemas! - La voz de Pablo sonó grave, en claro constante con el brillo que había demostrado durante todo el viaje. – Y no me refiero al coñazo de estar en un atasco. 

A lo lejos se podía distinguir un grupo de hombres uniformados. ¡Un control policial! Además por los uniformes parecía que algunos agentes eran de las BAB. La situación tenía muy mala pinta. Y nuestra situación en el atasco nos impedía tomar algún otro camino, torcer por un ramal que nos alejara del control o, sencillamente, dar la vuelta. Tampoco podíamos bajar de la furgoneta y huir a pie. Hacer algo así hubiera llamado la atención de la policía y las BAB inmediatamente. 

- No nos buscan a nosotros - afirmó Víctor-. El control es para otra cosa. Además tenemos los papeles nuevos. 

Pronto comprobamos que en el sentido en el que íbamos nosotros, los conductores de la mayoría de los vehículos no tenían problemas: enseñaban un papel y pasaban. Era en el sentido de salida de la ciudad donde los problemas se acumulaban: Los agentes paraban los coches y a muchos los registraban. 

- ¡Mirad! - exclamó Pablo -. Ha debido de pasar algo dentro de la ciudad. 

Resignados, esperamos nuestro turno en la caravana. Era hora de poner a prueba nuestros rocambolescos papeles. Lentamente fuimos avanzando hacia el puesto de control. Los BAB se reservaban para los que salían de la ciudad. A nosotros nos abordó un agente de la policía. 

- ¡Papeles! 

Pablo se los entregó. 

- Sois familia... Jon Austin y... ¿sus hijos? 
- Sí - respondió Víctor. 
- ¿Cuáles son los motivos de su viaje a Tímberlane? Aquí pone que sois de Davenport. 

Por un momento nos quedamos en blanco, fue Pablo el que por fin respondió. 

- Venimos de visita turística. Nuestro padre está muy enfermo y siempre quiso visitar Tímberlane. 
- Sí - corroboró Víctor haciendo como que tosía. 
- Son ustedes una familia muy extraña… - el agente nos miraba a mí y a Helena como si no le encajara en absoluto nuestra cohartada. Instintivamente cogí a la ciega de la mano. - Ella – señalando a Helena - lleva pañuelo, es semita... Y esta otra – refiriéndose a mí -no, y es negra... 

¡Gran cagada! Si eramos una familia, lo lógico es que tuviéramos las mismas creencias religiosas. Cualquier otra explicación era muy rebuscada. Ya era raro que yo fuera negra, por muy adoptada que fuera, pero que Helena fuera semita y nadie más de la familia lo fuera... 

- Agente, ella es adoptada... 

Víctor trató de explicarlo, pero estábamos de suerte, al policía no le interesaba. La caravana era larga y lenta y quería volverse a casa lo antes posible. No estaban preocupados por lo que entraba en la ciudad, estaban preocupados por lo que podía salir. 

- Me da igual. Tímberlane está bajo alerta terrorista. Como públicamente no se ha dicho nada no puedo evitarles entrar, pero les recomiendo que se marchen cuanto antes. Si pese al peligro real que existe deciden por su cuenta y riesgo quedarse, tienen que ir urgentemente a la Oficina de Turismo a cubrir unos papeles. Está en la Avenida de la Unidad. Si un agente les pide la documentación y no tienen los impresos de turismo, está en su derecho de retenerles e incluso arrestarles. ¿Está claro? El siguiente. 

Estábamos arrancando la furgoneta para continuar el camino cuando a nuestra espalda, en uno de los coches que trataba de salir de Tímberlane se produjo un tiroteo: los agentes de las BAB discutían con el conductor de un pequeño turismo cuando pasó algo entre ellos. Los gritos subieron de tono y los agentes, sin más preámbulos, abrieron fuego contra los pasajeros. Resultado: el conductor y sus tres acompañantes resultaron heridos o, más probablemente, muertos. 

Me fijé en que la gente parecía acostumbrada. Tras el shock inicial por los tiros y la sangre, mecánicamente volvían a lo suyo, como si no hubiera pasado nada raro. Una grúa allí preparada apartó el coche acribillado y el control continuó. Sólo tras unos metros avanzando, dejando atrás el control, vimos que se acercaba una ambulancia... 

Así estaban las cosas en Tímberlane.

Capítulo 8, el amigo, 2.

Todo el viaje hacia Tímberlane fue bordeando el litoral porque, como Davenport, Tímberlane es también una ciudad portuaria. Fue un viaje muy agradable y recorrimos un tramo de la costa que era realmente bonito. Así pasé gran parte del camino mirando las encrespadas olas del mar, viendo como rompían en las rocas de la costa. Sólo paramos para repostar, comer e ir al baño. 

Durante el camino traté de acercarme a Helena, de recuperar el contacto, pero ella me respondía lacónicamente, con monosílabos, y se mostraba muy alejada de mí y fría. Esa actitud me afectó más de lo que esperaba, de hecho, me dolía, aunque me esmeraba en no demostrarlo. 

Pablo, en cambió, estaba pletórico. Se pasó gran parte del camino hablando, contando chistes –la inmensa mayoría muy, muy malos- o canturreando viejas canciones. Hizo el viaje mucho más ameno. 

El que también parecía muy raro era Víctor. El viejo siempre se mostraba misterioso, incluso cuando se ponía a explicar sus ideas. Pero en esta ocasión a sus explicaciones, amplias, extensas sobre la situación política de Arrania, como si fuera un gran especialista en aquella región, se añadía una cierta sensación –al menos a mí me la transmitía- como de nostalgia, ¿nostalgia por Arrania? 

- Tímberlane es una ciudad con tremendos contrastes sociales - nos explicaba Víctor-. Los comerciantes timberleanos, enriquecidos por el comercio de esclavos con las antiguas colonias, edificaron suntuosos barrio con las mayores innovaciones artísticas del momento. En esos años la ciudad se rodeó de un cinturón rojo de trabajadores procedentes de otras zonas del reino. Había trabajo y parecía que la sociedad avanzaba. Pero la crisis mundial no sólo se llevó por delante a la monarquía, también trajo una tremenda degradación social, paro, miseria... Miles de trabajadores que se habían creído que formaban una "clase media" despertaron del sueño... O más bien, el sueño colapsó. 
- Conoces mucho de Tímberlane y Arrania. 
- Viví aquí muchos años. Con otro nombre, otra identidad... Antes de que tú ingresaras en el Partido. 

Supuse que quizás hubiese sido un destacado militante bolchevique en Tímberlane. 

- Los bolcheviques siempre lo tuvieron complicado en Tímberlane - continuó Víctor-. Antes del surgimiento del Partido, la clase obrera se entregó de pies y manos a un partido burgués demagógico y, añado, financiado desde Cáledon: Igualdad y Prosperidad. Utilizando el odio de clase que los trabajadores emigrantes sentían hacia los comerciantes y empresarios arranios, Igualdad y Prosperidad levantó un muro de odio e incomprensión entre los arranios -con sus sentimientos nacionales- y los trabajadores emigrantes. Las revueltas que provocaron la huida del Rey también desenmascararon a los mentirosos de Igualdad y Prosperidad, pero la socialdemocracia fue incapaz de terminar con esa división nacional. Así, con el colapso de la socialdemocracia, el bolchevismo se nutrió de los hijos de los emigrantes del cinturón rojo de Tímberlane, pero siempre con la hostilidad de los comerciantes empobrecidos y nacionalistas del resto de Arrania. 
- Bonita historia - dijo caustica Helena. 
- Ya no hay bolcheviques en Tímberlane... Pero los nacionalistas siguen activos... ¡Locos!... Se dedican a poner bombas y a enfrentarse de manera absurda a la policía – Lo dijo como si hubiera algo personal oculto en esas palabras. 
- No sé donde podemos buscar a tu amigo Cayo – Dijo finalmente. 
- Desconocía que los nacionalistas siguieran activos. – comenté. 
- Sí. A los industriales arranios les interesa mantener el conflicto nacional vivo... Así que manipulan los sentimientos de los jóvenes arranios y les animan y financian. Actúan de manera semi-clandestina. Fuera de Arrania el gobierno de la República se encarga de ocultarlo todo. Necesitan tapar que hay una oposición viva aquí en Arrania. Pero no te hagas ilusiones: los miembros de la Llama Arrania, que así se llama la organización separatista, odian al bolchevismo. No te ayudaran... Incluso no sería descartable que te delataran. 
- ¡Magnifico! – exclamé.