Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

sábado, 9 de febrero de 2013

Capítulo 5, el tartamudo 2

- ¡Hola anciano! 


Helena apareció de golpe tras Víctor. El anciano se encontraba sentado sobre una silla de camping pendiente del ordenador de Roger. En el monitor se veía una imagen ampliada del perímetro de la mansión. 

- Eres una agente de Saúl ¿verdad? 

Víctor se levantó lentamente y se giró hacia la ciega. Helena sujetaba su bastón con la mano izquierda mientras con la derecha enfundaba un cuchillo largo y afilado. 

- Pero tú no sabes quién soy - continuó el anciano. 
- No me importa quién eres, viejo. Solo eres mi objetivo. 
- ¿Y puedo preguntarte por qué has liado todo esto sólo para matarme? Un tajo en aquel túnel hubiera terminado con mi vida. 
- Si, pero necesito que ella confíe en mi. 
- ¿Te ha pedido tu amo que la asesines también a ella? 
- No. Él la busca. La encontrará y la capturará, pero si me gano su confianza podré estar presente en ese momento y gracias a ella podré vengarme de Saúl. 
- ¡Eres única ciega! – Exclamó Víctor sonriendo ampliamente-, ¡muy buena!, pero te puede la soberbia. 

Helena no veía la sonrisa socarrona de Víctor, pero hubo otra cosa, inalcanzable para alguien que no fuera ella, que le alarmó: Escuchó un sonido que, aunque imperceptible para Víctor, era el as que guardaba en su manga. 

- Tu rocambolesco plan casi funciona - continuó Víctor tratando de captar de nuevo la atención de Helena, pero ella atendía a otra cosa. 
- En cuanto ese tartaja gordo se fue tambaleándose colina abajo, supe que venias. No estoy sólo. 

Helena se dejó caer al suelo justo a tiempo para evitar que una bala, disparada por Pablo, le alcanzara: sólo le rozó el hiyab. Sin perder ni un segundo, desde el suelo le lanzó su cuchillo con velocidad. Pablo estaba convencido de que la bala alcanzaría a la ciega así que su reacción evitándolo le sorprendió. No obstante, no tenía tiempo para quedarse asombrado con los movimientos de su contrincante: Para esquivar el cuchillo que le lanzó, tuvo que soltar su pistola, pero con un rápido movimiento trató de abalanzarse sobre Helena para intentar golpearla con una vara de metal. No lo logró. 

Pablo estaba entrenado y era muy veloz y ágil. Pero aunque conscientemente intentaba limitar el ruido, su respiración, el chasquido de la hierba bajo sus pies o el olor de su sudor eran rastros suficientemente claros para Helena como para conocer su posición y sus movimientos. La oscuridad del campamento, por otro lado, también ayudaba a la ciega. Víctor encendió una linterna tratando de enfocarla y ayudar a Pablo, pero ella también se movía a gran velocidad. 

Pablo atacaba, llevaba la iniciativa, pero Helena le esquivaba, se movía y contraatacaba. Así lucharon, como un baile diría yo desde el coche, hasta que mi llegada les interrumpió. El rugido del motor de nuestro auto despistó a Helena que estuvo a punto de ser alcanzada por un duro golpe de Pablo, pero la ciega, en esta ocasión con más suerte que maña, pudo alejarse a tiempo. 

No nos olvidemos que no veníamos sólo nosotros: Tras nuestro coche se acercaban los todoterrenos de los fascistas que nos perseguían desde la mansión. Roger frenó el coche dejándolo atravesado en el sendero de acceso al campamento para así dificultar el acceso de los fascistas. Bajamos del vehículo y corrimos colina arriba, hacia la pelea. 

Al verme Pablo se detuvo como si esperara mi aprobación. Me miraba nervioso. Le desagradaba que yo le viera peleando con Helena. Ella, por su parte, no aprovechó ese instante para asestar un golpe decisivo a Pablo. Se mantuvo en silencio, oculta en la oscuridad. 

- ¡Corre a la furgoneta! - Le ordene a Roger, pero el muchacho ya no podía más. Estaba completamente agotado por todas las carreras y esfuerzos de la noche. Hizo un intento de volver a correr, pero no podía: se detuvo exhausto apoyando sus manos sobre sus rodillas, respirando acelerado. 

Fue Pablo el que decidió olvidarse de Helena y correr a por el vehículo: ¡los fascistas se acercaban! Víctor, que de golpe ya no contaba con la protección de Pablo, temía por su vida. Con su mirada buscaba nervioso a Helena, pero no la veía y, como si mi presencia pudiera actual como escudo y barrera frente a un ataque de la ciega, se volvió hacia mí. 

Ya en la furgoneta, Pablo arrancó el motor y vino a recogernos: Roger, Víctor y yo misma pudimos subirnos justo a tiempo de librarnos de los fascistas. Éstos ya estaban en el campamento y pensaban abrir fuego contra nosotros con armas automáticas: éramos un blanco fácil, ¡estábamos perdidos! Pero entonces apareció Helena de entre las sombras y se interpuso entre ellos y nosotros, peleando con su bastón y sus cuchillos como una fiera. 

Podíamos alejarnos y salvar nuestras vidas, dejando a Helena a merced de los fascistas.

domingo, 3 de febrero de 2013

Capítulo 5, el tartamudo 1

Conviene que para entender cómo llegamos a aquella situación, cuente lo que estaba pasando a mi alrededor mientras yo continuaba en la fiesta: 

Roger y Víctor nos esperaban en la colina que el primero había preparado para ser una especie de campamento base. Lo había organizado todo con esmero: aparte del equipo de vigilancia e informático había llevado una tienda de campaña para que desde lejos pareciera el emplazamiento de unos excursionistas. También abundante café, comida y agua, mantas, linternas... Nuestra furgoneta estaba aparcada y escondida tras unos matorrales por si la misión debía abortarse y teníamos que huir. La colina estaba apartada de la carretera que conducía a la mansión, pero eso no evitaba que tuviera fácil acceso. Allí pasaron los dos la noche, monitorizando nuestro coche mientras nos acercábamos a nuestro destino. Cuando entramos se limitaron a esperar, atentos de que en los alrededores no sucediera nada fuera de lo normal. 

Al principio Roger trató de trabar conversación con el anciano, pero Víctor se mostró reservado, cortaba al muchacho con abruptos monosílabos. Finalmente se impuso el silencio. 

Pasado un buen rato, Roger recibió un mensaje en su teléfono móvil. Helena le pedía que se alejara de Víctor y que la llamara, que fuera precavido para que el viejo no se alarmara. Para Roger, Helena era casi una desconocida, pero podía decir lo mismo de nuestro grupo. A mi me recordaba de su infancia en New Haven, también le sonaba Víctor, pero no recordaba de qué... ¿y si le recordaba de algo negativo, de algo peligroso? Sospechaba del anciano. Y al fin y al cabo era Helena la que se había mostrado interesada en ayudarle desde el principio. Esperó unos instantes para que Víctor no asociara sus actos al mensaje recibido y se alejó con la excusa de ir a orinar. Fuera del alcance del anciano llamó a Helena. 

- ¡Tienes que venir a buscar a la Exiliada! Está en peligro. He descubierto que ese viejo es un agente de las BAB. 

Roger no necesitó nada más. Como había planificado cada detalle de la misión, en la tienda de campaña tenía otro esmoquin, éste de su taya, preparado por si se daba la circunstancia de que él mismo tuviera que entrar en la mansión. Siempre fuera del campo visual de Víctor, en silencio, sin decir nada, comenzó a bajar la colina y mientras se alejaba del campamento llamó a sus padres, porque sus padres, famosos doctores de New Haven, estaban invitados a la fiesta y le ayudarían a entrar. Sabía que se jugaba mucho en todo aquello, que se arriesgaba a no poder volver a pisar su ciudad natal, pero Roger, por un lado quería alejarse de aquel anciano sospechoso de ser un espía asesino, y por otro deseaba ayudarnos tanto a Helena como a mi. 

Helena era ciega, pero no una ciega cualquiera. Experta en tecnología de rastreo, señalización y localización, pudo escabullirse de la fiesta y de la mansión como si de un fantasma sigiloso se tratara. Después de engañar a Roger se dirigió a la colina eludiendo los controles visuales que ella misma había ayudado a Roger a colocar y, cuando comprobó que Roger se dirigía a la mansión y que Víctor estaba solo, se dejó caer como una araña sobre su victima.

sábado, 2 de febrero de 2013

Capítulo 4, la ciega 15.

La ventana no estaba del todo cerrada. Pude levantarla sin excesivos problemas, aunque en el movimiento, estuve a punto de caerme un par de veces. Creo que fueron mis ganas de entrar y dejar el bordillo de una vez lo que me dio la agilidad que me faltaba. 

Me encontré en una sala lujosamente adornada. Parecía una biblioteca, pero en lugar de libros guardaba películas, decenas de películas en varios formatos, analógicas y digitales. También había unos sillones ocres en torno a una mesita con botellas de alcohol y... ¡La sala no estaba vacía! En uno de aquellos sillones estaba sentado un hombre maduro y trajeado, mientras una doncella jovencita, arrodillada ante él, le hacía una mamada. El hombre me miraba incrédulo. Se puso de pie apartando a la doncella de un golpe y comenzó a gritar como un loco, llamando a seguridad. Pensé en la pistola, pero la tenía guardada en la mochila, así que sólo me quedaba huir de allí. La ventana no era la salida. Solo me quedaba la puerta. Ignorando los gritos del hombre y la sorpresa y miedo de la muchacha, salí corriendo hacia la puerta mientras buscaba la pistola forcejeando con la mochilita. 

Salí de la sala a un pasillo que a un lado conducía a la sala de las doncellas y al otro a unas escaleras de bajada por donde subían dos mayordomos, los de las casacas, alarmados por los gritos. Entonces sí pude, finalmente, sacar el arma. Al verla en mi mano mi reacción fue instintiva: apunté sin pensarlo a los mayordomos, fijándome que a mi espalda el hombre de la sala no se me acercaba. Los mayordomos, boquiabiertos, levantaron los brazos y se hicieron a un lado sin protestar. Parecía que tenía vía libre. Puse mi pie en el primer escalón de bajada cuando el hombre de la sala se atrevió a salir de la sala sin dejar de gritar indignado. Tratando de no perder los nervios corrí escaleras abajo, apuntando a otros dos mayordomos que acudían avisados por los gritos, pero entonces, ya en la planta inferior, sin verla, una mano me agarró del brazo que portaba el arma. 

- ¡Rápido! Po...por aquí. 

¡Era Roger! Impecable de esmoquin y engominado, con la cara enrojecida me indicaba la puerta principal del palacio. Hacia allí fuimos corriendo, perseguidos ahora por unos matones del servicio de seguridad, probablemente fascistas ya que eran unos musculados cabeza-rapadas, eso sí, trajeados. Empujando a un mayordomo pudimos abrir la puerta de la mansión y salir. Ya en el jardín, más matones con perros se sumaron a la persecución. Se me salía el hígado de tanto correr. Roger no estaba mejor ni mucho menos. Su sobrepeso le pasaba factura: enrojecido y sudando, parecía casi a punto de explotar… sin embargo, pese a que sufría, trataba de no aflojar el ritmo. 

Cuando Roger parecía que ya no podía más, que iba a rendirse, accionó un llavero y un coche entre tantos se iluminó y abrió sus puertas. Montamos a prisa y el estudiante arrancó y pisó el acelerador a fondo, a punto de atropellar a uno de los perros. Nos dispararon. Alcanzaron el coche pero no parecía grave. El siguiente reto era atravesar el portón exterior de la mansión antes de que lo cerraran. Desde el coche veíamos a los guardias de seguridad tratando de impedir nuestra huida, apurados y enfurecidos. Querían cerrar el portón de la finca y dejarnos sin salida. Éste comenzaba a cerrarse. Parecía que no lo íbamos a conseguir. Volvían a dispararnos. La luna posterior fue alcanzada por una de las balas. 

Tuvimos suerte. Por los pelos, a toda velocidad, pudimos atravesar el portón. En la maniobra nos dejamos atrás los retrovisores y de los laterales del coche saltaron chispas, pero lo importante es que lo habíamos logrado y estábamos fuera del recinto vallado. Miré atrás y vi como los matones volvían a abrir el portón y comenzaban a perseguirnos montados en unos coches todoterreno. 

- Nos llamó He…helena. - me comenzó a explicar Roger sin perder de vista el volante ni aflojar el acelerador - M...me dijo que tenía que venir a buscarte, que algo había salido m...mal. Que te buscara co...con las doncellas. Ra…rápidamente hablé con mis pa...padres, pa…para que me colaran en la fiesta… pero me ha visto todo el mundo ayudándote. Ya no hay m…m…marcha atrás. No… no podré volver. 
- ¿y Pablo? – pregunté. 
- N…no lo sé. 
- Vamos al punto de encuentro – ordené impacientada. 
- Nos están pe...pe...persiguiendo. 
- No importa. Algo muy malo está pasando. 

Roger me obedeció resignado y condujo a toda velocidad hacia el punto de encuentro, la colina en la que Víctor y el mismo tenían que vigilar y esperarnos. Aunque pisaba a fondo, apenas nos podíamos despegar de los todoterrenos que nos perseguían. Roger miraba nervioso hacia atrás, resoplaba y maniobraba con el volante para sacar algunos segundos de ventaja. Parecía que lo conseguía, pero cada vez con más esfuerzo. 

Conforme nos acercábamos a la colina comencé a distinguir dos siluetas. 

Dos personas, ágiles, acróbatas. Daban saltos y piruetas como si de un circo se tratara. Parecía como un baile… movimientos acompasados e incluso rítmicos. Pero no era un baile: ¿peleaban? Conforme nos acercábamos parecía que una de las figuras portaba un palo alargado, o más bien un bastón. ¿Lo utilizaba como arma? Sin duda era Helena. No me costó adivinar que la otra figura era Pablo. Mis ojos no me engañaban: ya estábamos lo suficientemente cerca para corroborar que eran Helena y Pablo peleando. Luchaba uno contra el otro, pero de una manera que nunca había visto antes. Los dos dominaban las artes marciales. Pablo atacaba y Helena se defendía con su bastón, pero pese a la tremenda habilidad de Pablo, que hacía movimientos imposibles para alcanzar a su adversario, la ciega mantenía la calma y parecía controlar la batalla. A cada pirueta de Pablo, Helena le replicaba evitando el impacto con movimientos rápidos y seguros. ¡Era impresionante!

FIN DEL CAPÍTULO 4

domingo, 27 de enero de 2013

Capítulo 4, la ciega 14

El aire caliente de New Haven me golpeaba en la cara. Era una sensación extraña porque aunque por un lado me recordaba a cuando era niña y estaba acostumbrada, por otro lado , allí arriba en la cornisa me encontraba incomoda. Miré hacia abajo, al patio, a suficiente altura como para romperme una pierna. ¡Qué me había pasado! Antes del exilio hubiera recorrido la escasa distancia entre una ventana y otra sin ningún miramiento. Ahora estaba allí paralizada, rígida. Oí el ladrido de unos perros acercándose. Tenía que moverme. ¡Y aquel aire caliente! 

De niña escalé por los andamios de una obra... Pero aunque me fue fácil subir, luego no podía bajar. Mi padre tuvo que venir a rescatarme avisado por los otros niños... Bueno, al parecer me puse a llorar como una magdalena mientras llamaba a mi padre. 

¡Los ladridos! Los perros se acercaban y amenazaban con montar un escándalo. Me moví a duras penas, con el corazón agarrotado, temerosa de caerme, de resbalar... Me avergonzaba de mi misma, ¿tanto había degenerado mi cuerpo y mi espíritu? Lo peor era esa inseguridad que hacía aun más peligroso el avance. 

Pero del dulce recuerdo de la infancia, los nervios y el miedo me enviaron de vuelta a la agria experiencia de la guerra. Al dar un paso tímido me encontré en aquel barranco de antaño donde a duras peras avanzábamos bajo los disparos de los fascistas. 

Dirigía a mi pelotón. A un compañero le alcanzaron las balas lejanas y se precipitó sin remedio al vacío. Aceleré la marcha para escapar del fuego. Fue demasiado para aquellos niños que me acompañaban. Uno resbaló y cayó, pero logró sujetarse a duras penas de una roca. Sus compañeros trataban de subirle. Jack se llamaba. Rondaría los dieciséis años como la mayoría de mis soldados. Le gritaban que se tranquilizase, que les diera una mano para subirle. Entonces una bala alcanzó a otro muchacho. ¡No podíamos quedarnos allí parados! Sin movimiento éramos un blanco muy fácil. Tenía mi pistola desenfundada. No lo pensé dos veces: disparé a Jack y ordené continuar la marcha. Los demás soldados me miraron como si yo fuera la encarnación del diablo. 

No podía mostrarme vulnerable ante la tropa, pero me sorprendí a mi misma con ese acto de crueldad. ¡Yo no era un monstruo! Y además usando métodos similares a los de los fascistas... ¿En qué nos estábamos convirtiendo? ¿Qué nos estaba haciendo aquella guerra? Creía haber olvidado todo aquello. Pero algo así no se olvida nunca. No me siento orgullosa de lo que hice. 

Cuando recordé aquel pasaje en la barandilla de la mansión rompí a llorar. Y así, hecha polvo, insegura y frustrada, con un último esfuerzo logré alcanzar la ventana contigua. Solo quería la firmeza y seguridad del interior, dejar la barandilla, así que no reparé en lo que había dentro de la habitación.

sábado, 26 de enero de 2013

Capítulo 4 la ciega 13

Seguía esperando. 

Permanecí de pie observando a las demás doncellas. Éramos unas cuarenta, aunque sólo había asientos para alrededor de veinte o veinticinco. Casi todas eran muchachas negras como yo, aunque también había semitas y orientales. La inmensa mayoría eran jovencitas –bastante más que yo-, todas muy atractivas –mucho más que yo-, y con uniformes similares al mío e incluso más extremos – que les quedaban muy sexys y no parecían embuchadas como el embutido- No era difícil imaginar cuales eran los atributos por los que los señoritos les habían contratado. No obstante, también había algunas –pocas- que eran voluminosas y estaban prematuramente envejecidas. Pensé que, pese a las palabras de ánimo y consuelo de Helena - o así las caractericé entonces-, yo tenía más que ver con aquellas veteranas que con las jovencitas. 

Muchas ya se conocían de otros eventos similares. De manera natural se agruparon por afinidades, normalmente en torno a las más veteranas. Entonces no dejaban de charlar amistosamente, normalmente de chascarrillos, de la vida amorosa y licenciosa de sus dueños. Así trataban de pasar la velada. Sus semblantes sólo se avinagraron cuando recordaron a una compañera, que de fiel doncella, había tenido que dejar la casa, con un bombo provocado por su jefe, para hacer de ramera. Así le pagó la cornuda dueña de la casa, su sumisión y dedicación absoluta. Los rostros se volvieron hacia una jovencita, también negra, que ante aquellas palabras se llevó nerviosa las manos a la barriga. 

De cuando en cuando un mayordomo, aquellos con casaca y peluca, solicitaba la presencia de alguna de ellas: ¡doncella de Madame Villabrunsk! La joven en cuestión cogía sus bártulos y acudía diligentemente hacia su señora que la reclamaba. Me di cuenta entonces que aquellas muchachas no tenían nombre. Eran la doncella, la chica o la muchacha de tal o cual gran señor. Ardía de rabia por dentro. No me hubiera importado interrumpir aquella fiesta de hipócritas, rastreros y explotadores con un fusil y destrozarlo todo sin contemplaciones de ningún tipo. Mi ira se incrementó cuando, a medida que aumentaba el alcohol -y otras sustancias- en la sangre de los señoritos, las muchachas más jóvenes y atractivas eran requeridas, pero no por sus amas: ¡muchacha de la señora Cattinsburg, sin enseres por favor! Era la señal del mayordomo. La chica se ponía en pie y acompañaba al mayordomo consciente de que su destino eran los brazos de algún invitado masculino. ¡Qué vergüenza! Pensé horrorizada. No había mucha diferencia con respecto a las prostitutas que había visto la noche anterior. 

Estos pensamientos me mantenían ocupada, mi odio no dejaba de crecer, pero algo no iba bien. Pablo tenía que haberme reclamado para iniciar el trabajo. El tiempo pasaba, la música de la fiesta cambiaba, las doncellas eran requeridas y algunas no volvían... Pablo no aparecía. 

Seguía esperando.

Algo iba mal. ¿Dónde rayos estaba Pablo? Tenía que hacer algo. Tras un buen rato de dudas y temores decidí moverme. Salí de la sala de las doncellas hasta donde se encontraban las taquillas y un pequeño baño. Un mayordomo había estado vigilando aquella zona, pero el paso del tiempo y alguna copa clandestina habían distraído la disciplina y ahora cortejaba a una de las doncellas. Cogí las maletas de la taquilla y fui al baño. En una estaba el equipo de espionaje, cámara, micrófono, etc. y una pistola. Metí todo en una mochilita preparada para la intervención. En la otra maleta había ropa para que los tres, llegado el caso, nos cambiáramos. Yo tenía un suéter y unas mallas negras, me cambié - ¡por fin fuera de aquella vestimenta horrible!- y cogí la mochilita. Guardé mi disfraz de doncella en la maleta de la ropa, aunque si por mi hubiese sido, le hubiera prendido fuego. 

Ahora venía lo difícil. El plan original era cambiarme y preparar la mochilita, pero en otra zona del palacio y después de que, requerida por Pablo, abandonara la zona de las doncellas. Pero ahora, al fallar el plan, tenía que escabullirme de allí sin que me vieran. Ojeé fuera del baño la habitación de las taquillas, no había nadie. Guardé en mi taquilla las dos maletas que ya no me servían de nada y busqué otra salida. Había una ventana. Se podía abrir, pero daba a un patio. Había demasiada altura para saltar y además luego no hubiera podido entrar otra vez en el palacio. 

Tenía que darme prisa... Las doncellas ya habían cuchicheado a mis espaldas sobre mí, sobre el hecho de que mi ama ciega no me hubiese requerido. Si tardaba en volver del baño habría sospechas... Abrí la ventana y miré. Me replantee saltar, pero una pequeña cornisa me disuadió: era suficientemente ancha como para, con mucho cuidado y equilibrio, pasar a través de otra ventana a una habitación vacía. En la guerra había vivido una escena similar, pero no era una cornisa, sino un barranco, y los fascistas nos disparaban.