Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

jueves, 15 de noviembre de 2012

Capítulo 2, el manitas, 1

La población de la República se despertaría esa mañana con la noticia, horrible, de la matanza del hospital Luís Cruz de Cáledon. En todos los canales de televisión, emisoras de radio, internet… distintos periodistas y comentaristas, cada uno con su matiz, relatarían una masacre que tenía que recordar a todo el mundo las crueldades de la guerra. Con lágrimas en los ojos, los tertulianos rendirían tributo merecido a aquellos inocentes muertos, doctores y enfermeras que hasta entonces cumplían una gran función salvando vidas; a los pacientes y sus familiares, obreros mayoritariamente, cuyo único delito era estar en el lugar equivocado, en el momento equivocado… Pero también achacarían estas muertes a los bolcheviques, responsables de una guerra civil y que ahora seguían cometiendo asesinatos indiscriminados. En esos debates, el periodista sensato, aquel de voz contundente y discurso rotundo, exigiría indignado más seguridad, exigiría con firmeza que se hiciera pagar a los asesinos por semejante brutalidad. Se oirían aplausos, muy probablemente reales, porque entre el público estaría presente algún conocido o familiar de alguna de las víctimas. ¡Qué ruin es jugar con los sentimientos de la gente! 

*** 

Hace ya nueve años que yo había emprendido el camino del exilio. En aquellos días me encontraba vacía, exhausta. Tenía que huir, abandonarlo todo. Pero los problemas habían empezado mucho antes: 

El 8 de febrero del onceavo año de la República dio comienzo a la guerra entre las Potencias Fascistas y nuestro país. Las Potencias Fascistas invadieron el territorio fronterizo causando verdaderos estragos. Ciudades enteras fueron arrasadas, destruidas. Los fascistas llevaron a cabo un autentico genocidio, exterminando a semitas, negros, orientales y bolcheviques. 

Por aquel entonces la República estaba muy desprestigiada y en crisis. Los antiguos gobiernos socialdemócratas que habían sucedido a la Monarquía habían colapsado y nuestro partido estaba ganando muchísima autoridad y militancia. Dirigíamos a los batallones obreros más importantes, los núcleos fabriles eran bolcheviques y en casi todas las provincias y estados agrupábamos a la mayoría de la juventud. Antes de que estallara la guerra, el debate en nuestra organización era cómo prepararnos para tomar el poder. Mucho años después, durante mi estancia en el exilio, entre los refugiados se sucederían interminables debates académicos en los que discutíamos hasta qué punto el gobierno republicano había favorecido la invasión fascista para aplastar nuestro creciente poder. ¡Qué pandilla de inútiles impotentes éramos en el exilio! 

Pero volvamos a la guerra. Fuera por una causa o por otra, era un hecho y los bolcheviques no supimos responder unidos. La mayoría del Comité Central quería tiempo para decidir qué hacer. Decían que teníamos que tener paciencia y que el gobierno iba a caer de un momento a otro. Argumentaban que los militares republicanos simpatizaban con los fascistas y que la guerra era un pretexto para suprimir los derechos democráticos y aniquilar el Partido bolchevique. 

No todos podíamos sentarnos a esperar y discutir y discutir, mientras los fascistas asesinaban a las familias obreras de las zonas fronterizas. Jaime era un destacado dirigente del CC. Era joven, pero con experiencia, bastante nivel teórico – o eso pensábamos los que aún éramos más jóvenes que él- pero sobre todo, muchísimo carisma y autoridad. No autoridad en el sentido de autoritario… sino en el sentido de que le respetábamos, le escuchábamos y, llegado el momento, muchos le seguiríamos.… Ahora pienso que quizás era demasiado impulsivo y un poco arrogante. El caso es que Jaime se opuso a los planteamientos de la mayoría del CC. 

Jaime propuso organizar milicias bolcheviques y que nos lanzáramos a la lucha contra los fascistas. A su favor estaba que, por un lado, muchísimos obreros, sobre todo los jóvenes, ingresaban como voluntarios en el ejército republicano para luchar contra la invasión fascista. Por otro lado, ya existía un embrión de milicias bolcheviques en los comités de huelga y en los comités de autodefensa que teníamos repartidos por toda la República. Jaime defendía que si no hacíamos nada no solo la autoridad del gobierno podía aumentar en contra nuestra, sino que incluso no estaba descartado que los fascistas ganaran la guerra. Y entonces ya no habría nada que hacer; los fascistas nos destruirían como habían hecho en sus respectivos países. 

La mayoría contraatacaba diciendo que organizar y lanzar milicias para la guerra, aunque formalmente fueran independientes, en la práctica suponía sostener al gobierno o llegar a algún tipo de acuerdo con los militares republicanos. Además, tal acción nos iba a debilitar en la retaguardia ahora que estábamos tan cerca de tomar el poder. Según ellos, lo mejor era centrarnos en preparar, en las zonas no ocupadas por los fascistas, una insurrección en fecha no determinada pero próxima, que terminara con el gobierno derrotista. Solo con un gobierno bolchevique, decían, se podría lanzar una guerra revolucionaria contra el fascismo. 

Para toda una capa de jóvenes como yo, la mayoría de la juventud del Partido, a decir verdad, con menos formación y con más ímpetu e impaciencia, la posición mayoritaria nos parecía cobarde e inaceptable. ¡No podíamos permitir que los fascistas continuaran masacrando a miles de inocentes! Todos sabíamos lo que había pasado en los países donde había triunfado el fascismo: como la barbarie había ahogado países antaño civilizados. Seguimos a Jaime, rompimos la disciplina y formamos milicias con las que luchar con el fascismo. ¡Aún recuerdo nuestro ardor guerrero! Nos lanzábamos a una guerra revolucionaria que derrotaría a las potencias fascistas y a la burguesía republicana. Sin embargo, la guerra es una dura escuela. Muchos camaradas encontraron la muerte, la mutilación… 

Tres años de lucha y muerte consiguieron una precaria paz con las Potencias Fascistas. El papel de nuestras milicias había sido determinante, porque el ejército republicano estaba al principio de la guerra desintegrado, desmoralizado y regido por generales derrotistas, dispuestos a pactar con los fascistas. Las milicias de Jaime organizaron a los obreros, los jóvenes estudiantes y a los campesinos, pero también a los soldados republicanos que no querían perder la guerra. Así que, gracias a Jaime, ganamos y las tropas invasoras se retiraron. 

Pero los fascistas dejaron tras de sí un país en ruinas y agotado. Durante la guerra el prestigio de Jaime aumentó, pero también la organización y fuerza del gobierno republicano. Muchos militares que al principio de la guerra habían buscado un entendimiento con los fascistas, ocupaban ahora destacados puestos en lo más alto del aparato de Estado. Mientras tanto, y paulatinamente, el gobierno había aprovechado las circunstancias de la guerra para anular, de manera temporal decían, numerosos derechos democráticos: libertad de reunión, de propaganda, de huelga... ¡Era el momento de la guerra! ¡Toda la República tenía que estar unida! Decía la propaganda oficial. 

Como la mayoría del CC, aunque formalmente era la mayoría del partido, había perdido a sus destacamentos más aguerridos y dinámicos, en la retaguardia los obreros se encontraron indefensos, con sus mejores elementos desangrándose en el frente. Por supuesto aquella insurrección de la que los viejos cuadros del Partido hablaban nunca produjo. 

Jaime creyó entonces que la inmensa mayoría de sus milicianos, de los antiguos bolcheviques e incluso de los soldados republicanos le seguirían ahora en una nueva guerra contra un gobierno republicano cada vez más parecido a los fascistas contra los que se había luchado. Pero no fue así. Las milicias estaban exhaustas y desangradas, el gobierno estaba preparado y organizado y pronto descubriríamos que recibía ayuda de los antiguos enemigos, las Potencias Fascistas. Comenzó una guerra civil en la que veríamos un espectáculo aún más deplorable y vergonzoso: una facción de la antigua mayoría bolchevique no dudaría, por despecho, traición o a saber el motivo, en ayudar al gobierno para luchar contra Jaime. Hasta ese extremo llegó la división y la locura. 

Y en este punto fue en el que yo no pude más. Dejé a Jaime, como hicieron muchos otros y me fui al exilio tras reunirme con lo que quedaba del viejo Comité Central y ser formalmente expulsada del Partido Bolchevique.

Jaime era el héroe del pueblo, pero el pueblo estaba cansado y desmoralizado, así que, tras otros tres años de guerra, el gobierno republicano derrotó, destruyó a los rebeldes. Lo que siguió os lo podéis imaginar: ruinas, miseria, represión y un gobierno 'republicano' que en muy poco se parecía a la antigua monarquía o a las vecinas Potencias Fascistas.

martes, 13 de noviembre de 2012

Capítulo 1, la exiliada 11.

Abandonamos aprisa aquella habitación de servicio y nos internamos por los sótanos. Bruno nos confirmó que conocía un camino para salir del hospital, pero teníamos que darnos prisa. Se oían disparos y explosiones y había cadáveres de paramilitares desparramados por el suelo. Lo que allí sucedía era una auténtica carnicería. Pablo nos cubría la espalda, armado y concentrado, dispuesto a volver a matar. Pero entonces no tenía tiempo de pensar en él. 

Parecía que la batalla la estaban ganando con facilidad las BAB, pero eso no me tranquilizaba. Sabía que también ellos me buscaban. Y así fue, en un cruce nos tendieron una emboscada. De golpe, los disparos venían de todas partes. Nos cubrimos a tiempo gracias a un grito de Pablo, pero una bala alcanzó a Víctor atravesándole de cuajo su mano izquierda. El anciano se retorcía de dolor, pero entre Bruno y yo le pudimos poner a cubierto tras una esquina. Pablo, con sus disparos, nos cubría. 

Mientras Bruno atendía al herido, saqué la pistola que había cogido del paramilitar y me incorporé al tiroteo. Era la primera vez que disparaba un arma desde el final de la guerra antifascista. Noté una sensación muy rara que me recorría la barriga. Una vez, hastiada, me había jurado a mi misma que nunca más tocaría un arma. Ahora la utilizaba, y aunque fuera con mucha peor puntería que la de Pablo, hay cosas que nunca se olvidan. Otra vez volvía a la guerra. 

- ¡Ríndase señorita Atenea!, - gritó el oficial de nariz aguileña - ¡No tiene donde ir! 
- ¡Encantado de conocerte, Atenea! - me dijo Pablo entre disparo y disparo recordando que hasta entonces aún no le había dicho cómo me llamaba. - Las milicianas bolcheviques siempre me parecieron muy sexys, sobre todo manejando un arma. 

Miré a Pablo, me sonreía mientras disparaba a los soldados. Sentí miedo por aquel muchacho. ¿Quién era? Antes, a momentos parecía un niño inocente y nervioso. Ahora era una máquina de matar, con una puntería increíble. 

- Es nuestro momento. - Pablo me hizo un gesto y Bruno incorporó a Víctor como pudo. 

Salimos corriendo hasta un conducto estrecho y lleno de tuberías que nos bajaba al alcantarillado. Las balas y los gritos de los soldados sonaban cada vez más lejanos. Una vez en el alcantarillado seguimos corriendo atravesando túneles muy oscuros, llenos de agua pestilente e infectados de ratas. Y corrimos y corrimos y no paramos de correr... Hasta que ya no podía más. Estaba agotada. Bruno, que llevaba a Víctor cada vez con más dificultades, indicó una escalerilla de ascenso. 

- Ya estamos suficientemente lejos del hospital. - nos dijo con la lengua afuera. 

Subimos y salimos a la superficie. Amanecía. 

Estábamos en un parking al aire libre lleno de coches. De lejos se veía una estructura ardiendo de la que salían grandes columnas de humo negro y llamas brillantes. Era el hospital, pasto de la destrucción. 

Pablo miró las llamas, se le enrojecieron los ojos y lanzó su pistola muy lejos con cara de repugnancia, de asco. Se apartó de nosotros como avergonzado y se sentó a sollozar entre dos coches. 

Víctor por su parte se apoyó dolorido en otro coche y, ayudado por Bruno, trató de vendarse la mano con un jirón de tela de su chaqueta de pana. 

Después de mirar a mis compañeros me volví a contemplar el hospital en llamas. Me sentía desolada. ¿Merecían mis ganas de volver todo lo que había pasado desde entonces? Quizás debía regresar una vez más al exilio y olvidarlo todo. Me asaltaban numerosas dudas… 

*** 

El hospital estaba destruido y la mayoría de sus trabajadores o pacientes y visitantes fueron declarados muertos o desaparecidos. El coronel Saúl dio nuevas instrucciones al comisario Santos para que el parte a los medios de comunicación no contuviera ninguna contradicción: El hospital había sido atacado por una célula bolchevique, aun activa, reforzada desde el exilio. Los bolcheviques habían ejecutado a los rehenes uno a uno mientras reivindicaban la disolución de la República. Había cerca de dos mil muertos en total, entre civiles, policías y terroristas bolcheviques. Desde la guerra no se había producido una matanza de tal calibre. Por su puesto no habría ninguna mención a los mercenarios paramilitares, ni a la intervención de las BAB. Según el comunicado, las fuerzas del orden se habían visto impotentes y rogaban al Ministerio Especial de Pacificación que reforzara a la policía para evitar futuras amenazas. Ésta era la versión oficial de lo sucedido. 

Cuando el coronel Saúl daba estas instrucciones a Santos, se les acercó el oficial de nariz aguileña. El líder de los BAB despachó al comisario, pero Santos pudo oír el informe del oficial: 

- El cabecilla de los mercenarios también logro escapar. 
- No importa. Los mercenarios no son el objetivo. 
- ¡Como ordene coronel! Sólo una cuestión importante, señor: la Exiliada no huyó sola. “Quien usted sabe” estaba con ella. 

El coronel Saúl palideció. Miró con gesto solemne las llamas del hospital y después elevó su mirada hacia el horizonte. Entonces, sin hacer ningún comentario, se alejó, visiblemente turbado. 

Santos hizo como si no hubiera escuchado nada y se volvió hacia sus hombres. Los policías trataban de atender a los pocos civiles –trabajadores, pacientes y familiares- que habían logrado sobrevivir a la matanza. Todo se había llenado de bomberos y de ambulancias y junto a los agentes hacían una tarea imposible. Lo sucedido aquel día en aquel hospital iba a tener graves consecuencias. Pero Santos no podría olvidar esas referencias a “mercenarios”, “Exiliada” y “Quien usted sabe”.

lunes, 12 de noviembre de 2012

Capítulo 1, la exiliada 10

Reptamos lentamente por una sucesión de túneles oscuros y húmedos. La única guía era el gateo seguro de Bruno que encabezaba la marcha. Giramos a la izquierda, luego a la derecha, bajamos por una rampla... 

- ¡Qué putada que encontraras ropa! - me dijo Pablo, que iba justo detrás de mí. 

Antes de subir a la trampilla había cazado al muchacho mirándome, unas veces de reojo, otras sin disimulos. No era una mirada peligrosa, pero sí nerviosa y muy expresiva. Yo le gustaba. Lo sabía por esa mirada y porque, aparte de algunos comentarios socarrones, me trataba con mucha atención, incluso con dulzura. Por ejemplo, cuando me ayudó a subir al techo, o cuando me encontraba más perdida, en aquella sala del vigilante rodeada de pantallas y preguntas. 

- ¡Deja de olfatearme el culo, Pablo! ¡No somos perros! Y da gracias por los pantalones, en el exilio me salió mucha celulitis. 
- No estoy de acuerdo. Antes de ponerte los pantalones me fijé muy bien y tenías un culo de negra estupendo. 
- ¿Qué quieres decir con eso de 'culo de negra'? - le dije con un fingido tono de indignación, al cual respondió con nervios y tartamudeo: 
- No, no... Si me gusta, vosotras lo tenéis... Las negras... Bueno, es... bonito...
- Shiiiiii! - Bruno nos hizo callar - silencio tortolitos, - las palabras de Bruno eran burlonas, aunque pronto recupero la seriedad - Estamos en una zona delicada, tenemos que bajar por un tubo vertical. Tiene la anchura justa para ir agarrándonos, pero tiene su complicación. En todo caso no os preocupéis, termina justo sobre un contenedor grande con ropa sucia. 

Y tratamos de agarrarnos, pero Víctor que cerraba la marcha no aguantó y nos arrastró a los demás. Caímos durante varios metros hasta impactar sobre un montón de sabanas, camisones, baberos, batas y uniformes sucios y malolientes. Una mezcla fétida de vómitos, restos de comida, de orines y excrementos inundaba toda la sala. Estábamos en un área de servicio en el sótano del hospital. Pero no estábamos solos, cinco semiautomáticas nos apuntaban. 

Por fin conocí a mi secuestrador. El líder de los paramilitares me esperaba en persona. No era una trampa de Bruno; de hecho mi antiguo compañero de armas estaba sorprendido y enfadado. 

- ¡Hola querida! ¡Por fin nos vemos las caras! 

Era un hombre con un porte que impresionaba: Rondaría los cuarenta años, pero la edad no parecía hacerle mella. Era muy alto, robusto y musculoso, de horas y horas de gimnasio. Por su aspecto parecía nórdico, de intensos ojos azules, tenía el pelo rubio, largo, pero recogido en una coleta. Su acento también revelaba su origen foráneo, las consonantes las pronunciaba con dureza. 

Aquel armario miró con desprecio a Bruno: 

- Tú debes ser el que me ha estado tocando los cojones todo este rato. Sabía que los cortes de electricidad no eran cosa de la policía... Reconozco que eres bueno, pero no lo suficiente. 
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? - le volví a preguntar. 
- Soy el que te ha capturado querida Exiliada. Llámame “Número 2”. Jejeje. Se filtró tu llegada en la frontera y no podía quedarme sin semejante trofeo. Me ofrecen todo un tesoro por ti. Jejeje. Fui yo quien reventó el autobús. Fue un trabajo de artesanía, sabía que sobrevivirías al accidente jejeje. Lo que no sabía es que ese calvo se me adelantaría. No me quedó más remedio que asaltar el hospital, sabía que las BAB te seguían la pista. ¡Y ese viejo! - señalando a Víctor- Me engañaste viejo, llegué a pensar que eras su médico. Te necesito vivita y coleando. Pero ya está bien Exiliada, nuestro transporte ha llegado. Quiero cobrar mi recompensa por la última bolchevique. 
- Ya no soy bolchevique. 
- A mí eso me tiene sin cuidado. ¡Cogedla! Y a los demás matadles. 

Todo sucedió muy rápidamente: Los paramilitares a las órdenes de ese tal “Número 2” se dispusieron a cumplir sus órdenes. Cuando uno de ellos me había cogido del brazo y trataba, no sin mi resistencia, de sacarme del contenedor de ropa, una puerta situada detrás de los paramilitares reventó de golpe. Inmediatamente soldados de las BAB, armados hasta los dientes, entraron. Iban dirigidos por el oficial de nariz aguileña. 

El combate no se hizo esperar. “Número 2” y sus hombres buscaron rápidamente refugio para poder cubrirse y disparar, aunque dos de ellos fueron mortalmente alcanzados por el fuego enemigo. Nosotros nos agachamos y tratamos de eludir el tiroteo cubriéndonos entre la ropa sucia. Unos y otros se disparaban y parecían ignorarnos, pero no era así. 

- ¡Olvidaos de los mercenarios! - ordenó el oficial de nariz aguileña - ¡Capturar a la chica! 

Tras esas palabras del oficial de las BAB, Víctor, Bruno, Pablo y yo nos miramos unos a otros. Entonces el anciano sacó de su americana de pana una pistola. Era la del paramilitar muerto por Pablo en el pabellón psiquiátrico. Yo me había olvidado de ella, pero Víctor no. La había cogido sin decirnos nada. El anciano le lanzó el arma a Pablo. 

- Sé de lo que fuiste capaz allá arriba. Ahora, saca a la chica de este aprieto. 

Y así fue. Pablo sufrió una transformación como ya le había ocurrido antes. De ser un muchacho nervioso, risueño y aparentemente inofensivo, se convirtió en un asesino preciso y frío  Se puso en pie, disparó dos tiros, se agachó eludiendo la respuesta, se volvió a incorporar y disparó otras dos veces y, ganando terreno, saltó fuera del contenedor y volvió a disparar. Se hizo un silencio. 

Me asomé con precaución para ver que había pasado: Tres paramilitares y dos soldados BAB yacían en el suelo. Pablo controlaba la habitación porque nuestros enemigos habían retrocedido. 

- ¿De dónde has sacado a éste, capitana? - me preguntó Bruno mientras Pablo nos indicaba que saliéramos del contenedor.

viernes, 9 de noviembre de 2012

Capítulo 1, la exiliada, 9.

No entendía todo ese revuelo por mi regreso del exilio. En el hospital me retenía un grupo de mercenarios que a saber qué diablos querían de mí. Fuera del hospital, el gobierno enviaba a un grupo de élite para capturarme. ¿Tan importante era? Es verdad que había sido militante bolchevique, pero cuando decidí seguir a Jaime durante la guerra antifascista fui expulsada del Partido por el Comité Central. Luego al comenzar la guerra civil no pude continuar, y abandoné a Jaime a su suerte. También a él lo traicioné. No fui la única. Muchos otros milicianos dejaros en ese momento las armas. 


No. Yo no era un peligro para la República. Admito que decidí volver del extranjero cuando en Sumailati, una de las potencias fascistas, comenzaban a sonar los tambores de la rebelión. ¿Tenía miedo el gobierno de que algo así pudiera pasar aquí? Sin embargo, yo realmente había regresado porque en el exilio me sentía vacía, lejos de todo lo que me había importado en mi vida, desgarrada. Pero aunque os resulte contradictorio, lo cierto es que no quería fomentar ninguna rebelión. ¡Qué diablos! ¡Ni tan siquiera tenía una idea clara de qué iba a hacer una vez llegara a Cáledon! ¿Tan desesperado estaba el gobierno que necesitaba anular, destruir, cualquier elemento, por inofensivo que fuera, que pudiera recordar a los bolcheviques? 

- Ya no hay bolcheviques - Me explicó el anciano. Por fin se presentó. Dijo llamarse Víctor. - Muchos de los mejores murieron durante la guerra contra las potencias fascistas, otros se desangraron en una guerra civil que sólo sirvió para fortalecer al gobierno republicano. Otros muchos abandonaron, desmoralizados al ver el Partido Bolchevique hecho ruinas y el peligro fascista, al que habían combatido y vencido, instalado ahora cómodamente en el poder. Los pocos restantes fueron sistemáticamente asesinados. Algunos por las BAB, pero otros por grupos desconocidos, probablemente mercenarios vinculados a la mafia, como los que nos están reteniendo aquí. Lamento informarte de que ese ha sido el destino del bolchevismo. 

Según el anciano, Víctor, yo era todo lo que quedaba, me habían tomado por una bolchevique y por eso me perseguían. 

- ¡Yo no soy bolchevique! - protesté. 

Pero ahora daba igual, estaba atrapada y perseguida. Y si algo tenía claro es que no quería terminar con mis huesos en una prisión. 

Miré a mí alrededor. El anciano, tranquilo, parecía no perder los nervios. El muchacho, Pablo, se encontraba mejor y no se separaba de mí. Todo cambió de golpe. Como dije, la luz se había vuelto a ir y no podía saber qué sucedía fuera, pero en los pisos inferiores comenzó una batalla brutal. Desde donde estábamos empezamos a distinguir en la distancia los disparos y gritos: Las BAB irrumpían en el vestíbulo del hospital asesinando a los paramilitares y a los rehenes sin distinción ninguna. Como no podía ser de otra manera, al iniciarse el enfrentamiento armado, al líder mercenario le habían entrado prisas. Ordenó a sus hombres que me buscaran y me cogieran inmediatamente. Se pusieron a golpear la puerta que les separaba de mí para poder tirarla abajo. Recuerdo que me asusté. Miré a Pablo. Toda esa tensión volvió a afectarle: se puso muy nervioso, no dejaba de moverse, muy inquieto. No sabía qué hacer. 

Entonces una trampilla se abrió del techo. 

Víctor había hablado de un tipo calvo que me había rescatado del autobús accidentado. No sabía quién era esa especie de ángel de la guarda. Y digo “ángel de la guarda” porque de repente apareció, cuando menos me lo podía esperar y más lo necesitaba. Pero no era un calvo cualquiera: era “mi calvo”, era un antiguo miliciano que había servido conmigo durante las guerras antifascistas. Era Bruno “manitas”, antiguo mecánico y luchador incansable. No sabía nada de él desde el inicio de la guerra civil, cuando me había exiliado. ¡Qué sorpresa más agradable! Y a él también le hizo feliz verme en pie y sonriente. Era mi primera alegría desde mi regreso. Por fin alguien en quien confiar. 

- ¡Capitana! – me saludó afectuosamente por mi antiguo rango en la milicia. 

Bruno nos hizo un gesto para que subiéramos con él a la trampilla. La puerta que daba a la salida comenzaba a crujir. La barricada que habíamos montado aún aguantaba, pero muy pronto cedería. Nos ayudamos unos a otros a subir al techo y, justo antes de que lograran derribar la puerta, habíamos escapado por un conducto de ventilación. ¡De película!

jueves, 8 de noviembre de 2012

Capítulo 1, la exiliada, 8.

Llegaron entonces ocho todo-terrenos blindados teñidos completamente de negro, de los cuales bajaron una tropa de soldados de élite armados hasta los dientes. Al mando estaba un hombre alto, de piel morena y cabeza rapada que vestía sobre el uniforme una gabardina de cuero negro. Recordaba el uniforme que utilizaban los oficiales de las potencias fascistas durante la guerra. En esta ocasión no coincidiría con él, pero pronto descubrí que aquel militar no se rendiría hasta capturarme. 

- ¿Quién está al mando? – preguntó aquel hombre mediante un susurro, con un tono muy tranquilo, casi se podría decir que dulce. - A partir de ahora me encargo yo. 
- ¿Quienes son ustedes? - preguntó el comisario. 
- Soy el coronel Saúl, - continuó susurrando - al frente de las Brigadas Anti-Bolchevique. - las terroríficas BAB, pensó el comisario, que no pudo evitar ponerse nervioso e incluso temblar. 

Las BAB habían destacado durante la guerra civil asesinando a los activistas y milicianos bolcheviques, tanto del bando de Jaime como los leales al Comité Central. Reclutados de entre lo más degradado de la escoria social, eran los más sanguinarios militares republicanos y tenían toda una leyenda negra tras ellos. Se decían capaces de cualquier cosa y tenían en su haber la aniquilación de barriadas obreras enteras. Ahora eran el brazo armado del Ministerio Especial de Pacificación, el verdadero poder en la sombra. 

- Mi lugarteniente le indicará el protocolo a seguir con los medios de comunicación - continuó susurrando el coronel Saúl, indicándole al comisario que fuera junto a un oficial de las BAB de nariz aguileña. 

Sin embargo, este oficial ignoró al policía y se acercó presuroso a su superior. 

- Hemos detectado que se acerca un helicóptero. Creemos que birotor. He ordenado que sea interceptado, pero nos llevará tiempo. 
- ¿Así que se la quiere llevar? - reflexionó el coronel - Dirige el asalto inmediatamente. No tenemos tiempo. 

El comisario Santos se quedó allí paralizado. El oficial de nariz aguileña le entregó un dossier con un gesto evidente de desprecio y le abandonó para dirigir a sus soldados. 

Entonces Santos pudo ver horrorizado como las BAB se lanzaban a un asalto frontal contra los paramilitares que custodiaban la planta baja del hospital. Éstos no se esperaban un ataque así, pero no dudaron en utilizar a los rehenes de escudos. Fue una verdadera matanza… 

Y era Santos el que tendría que dar la cara por todo aquello... Tembloroso agarró con fuerza aquel dossier que le habían dado y buscó entre los papeles una solución para todo aquello.