Ya por fin, sin las rigideces del protocolo, lejos de las miradas de los aristócratas y sacerdotes provincianos, pudo el Duque entrevistarse con Sigerico y Antíoco. Les esperaba en un lujoso palacete situado dentro de los muros de la ciudad que los magistrados le cedieron. Pertenecía a una vieja familia acomodada de soldados veteranos. No tenía la suntuosidad de las residencias de Roma o Milán, pero era confortable. Para el Duque era más que suficiente, acostumbrado como estaba a los cuarteles. En la reunión también estaban presentes el joven tribuno Flavio Constante, su lugarteniente, así como su secretario particular, un eunuco griego, calvo y gordo, llamado Eudoxio.