Apareció de golpe ante mis ojos, como si fuera un fantasma. Era un hombre, alto y de mediana edad, elegante, con estilo, muy diferente al yupi que me había conducido a su presencia. Vestía traje negro y corbata a juego, con una joya, un rubí rojo muy brillante enganchado en el ojal de la chaqueta; de pelo corto y negro, pero con una capa de canas sobre las orejas que le hacían parecer respetable. Ocultaba sus manos tras la espalda y me miraba con intensidad y severidad. Sus ojos daban miedo: eran infinitamente azules, diría que casi violetas.
Oyéndome describir al sujeto igual pensáis que soy gay perdido, no es así -la hombría ante todo-, pero imaginaros el impactó que me causó. Del susto que me dio, me incorporé del sillón e incluso estuve tentado de ir a tocarlo.