Yak yacía con una puta. Se despertó y la miró con desprecio. Estaban sobre un colchón que apestaba a orines en un cuarto destartalado y sucio de algún hotelucho de las casas baratas. Le dolía la cabeza por la resaca y notaba la lengua como la suela de una alpargata.
La prostituta resopló. Trataba de seguir durmiendo dándole la espalda al cliente. Era una pancha jovencita. Antes de inflarse como globos al dejar la pubertad, las jóvenes panchas tienen cierto parecido con las mamonas, más peludas entre otras diferencias, lo que las hacia apetecibles tanto a los lores como en este caso a Yak.

