Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

jueves, 13 de diciembre de 2012

Capítulo 3, la última bolchevique 9.

- ¿Qué haces aquí? ¿Por qué has vuelto de tu exilio? 

El tono de Verónica era tremendamente severo. Pero cada palabra que decía me demostraba que mi presencia le dolía. Un dolor que nunca había cicatrizado. 

- Tenía que volver. –No fui capaz de añadir nada más, tenía un nudo en el estomago. 
- ¡Ya has visto lo que provocaron tus actos! – Me reprochó Verónica con una fuerte dosis de ira. – Uno de los pocos hospitales públicos en funcionamiento que quedaba en Cáledon… ¡completamente destruido! Por no hablar de los cientos de muertos inocentes y la alerta de emergencia contra los bolcheviques... como si yo fuera responsable de esa matanza… En cambio tú… 
- No soy la responsable de lo que pasó. 
- Sí lo eres. Siempre lo has sido. Niegas tus responsabilidades… 
- Nunca he negado mis responsabilidades. Pero tampoco me he dejado conducir por el miedo y la comodidad. 
- ¿Cómo te atreves? ¿Qué insinúas? Contrapones “valentía” a “disciplina”. Eres tú la irresponsable. En eso no has cambiado. Seguiste a Jaime. ¡Tú! – Verónica abandonó cualquier control y comenzó a gritarme -¡Sabes lo que eso significó para mí! Pero no sólo seguiste a Jaime, no. Tuviste que volver, tuviste que venir ante nosotros a jactarte de tu decisión. 
- El CC estaba equivocado. – yo trataba de mantener la calma, pero cada vez era más difícil. -No podíamos dejar que los fascistas avanzaran. La República iba a caer. Los capitalistas conspiraban con los fascistas para aprovechar la invasión y aplastarnos. ¡Teníamos que luchar! 
- ¡Sí, había que luchar! Pero el CC necesitaba tiempo. El gobierno iba a colapsar. La revolución estaba a las puertas. Llevábamos mucho tiempo preparándonos para algo así. ¡Estábamos preparados! Pero Jaime… tu Jaime actúo de una manera precipitada, irreflexivamente. Y lo peor: desobedeciendo a la mayoría del CC. 
- ¡De qué hubiera servido la disciplina si los fascistas hubiesen conquistado a la República! – me vi gritando. Eso no tenía sentido y lo sabía, pero ya no podía contenerme. -¡Vuestra postura derrotista no era compartida por los trabajadores! ¡Los trabajadores querían luchar! ¡Querían evitar el avance del fascismo! 
- ¡Qué sabes tú de trabajadores! ¡Sólo eras una estudiante! ¡Una estudiante arrogante, como todos los que siguieron a Jaime! Formasteis un ejército de críos. ¡Y de qué sirvió esa lucha! Cuando os habíais desangrado y debilitado, el gobierno republicano llegó a un acuerdo con las Potencias Fascistas, la Republica burguesa se había fortalecido y nosotros estábamos débiles y divididos… ¡Pudieron aplastarnos con tanta facilidad! ¡Por culpa de tu Jaime y de antiguos bolcheviques, traidores, como tú! Todo por vuestra culpa. ¡Por tu culpa! 
- El error no estuvo en luchar contra los fascistas. Si el CC hubiera actuado, el Partido nunca se hubiera dividido. Sí, Jaime cometió errores, se equivocó en muchas cosas... ¡Pero es que nos dejasteis solos! Sólo se puede equivocar el que hace algo, el que actúa. Los jóvenes fuimos a luchar; los cuadros veteranos os quedasteis en vuestras casas. Sí, vosotros sí: ¡llenos de arrogancia, odio y soberbia! 
- ¡Cómo te atreves! - La discusión había ido subiendo de tono, cada vez más, gritos se sucedían a gritos. En ese punto, Verónica estaba histérica, gritando como una loca. 
- ¡Si cometimos errores fue porque no nos quedamos cruzados de brazos como vosotros! 
- ¿Arrogancia? ¿Soberbia? Nosotros anticipamos lo que iba a suceder. Los arrogantes erais vosotros que no queríais escuchar los consejos de nuestra experiencia. ¡Yo era tu responsable de formación! ¿Me escuchaste? ¿Me hiciste caso? 

Esta discusión no llevaba a ningún sitio. Era hacer sangre de viejas heridas. Guardé silencio y trate de tranquilizarme. Verónica estaba roja de ira, con las venas de su cuello hinchadas. No era sólo que yo desobedeciera al CC. No era sólo que estuviera equivocada o todo lo que la guerra había provocado... No era sólo que Verónica fuera mi responsable de formación. Había mucho más. Respiré profundamente y traté de recuperar la templanza y la calma. 

- Eras mucho más que mi responsable de formación, Verónica. Lo sabes de sobra. Te debo mucho. Nunca olvidaré todo lo que viví contigo. Pero no podía quedarme quieta mientras morían muchos compañeros, muchos trabajadores y jóvenes. 
- Eso dijiste entonces… - Verónica se tomó una pausa para tratar de tranquilizarse - pero yo sabía que no era cierto. Como Jaime, creías que éramos suficientemente poderosos, que no necesitábamos esperar más. Te invadió la sed de aventuras. Ese sentimiento romántico, tan poco materialista, que siempre te había caracterizado. 
- Antaño a ese “sentimiento romántico” lo llamabas “pasión” y decías querer nutrirte de él, que por eso me necesitabas. 

Nos miramos, y creo que, por un instante, la ira, el odio y los demás sentimientos negativos dejaron paso al afecto mutuo que en nuestro profundo interior aún sentíamos la una por la otra. Pero fue sólo un pequeño momento, casi insignificante. Muy lejano. 

- ¿Qué has hecho en el hospital? – Retomó la conversación Verónica tratando, a duras penas, de recobrar la calma y el autocontrol. 
- ¿En el hospital? Escapar. Un grupo de mercenarios me querían capturar. Decían que era la última bolchevique… 
- ¡La última bolchevique soy yo! –Verónica lanzó un grito tremendo. Volvió a ponerse roja, a hinchársele la vena de su cuello. ¡Pero como nunca! Fue su mayor explosión de ira. Era lo peor que yo podía haberle dicho. "¡Como me atrevía! ¡Ella, y sólo ella, era la última bolchevique!" Había locura en su voz y en sus ojos. 
- Yo soy el hilo conductor. –Continuó gritando- Lo que queda del Comité Central. El único cuadro que no ha desertado. Que no se ha rendido. Tú no eres una bolchevique. Tú nos abandonaste. Cuando te expulsamos sólo ratificábamos una decisión que tú habías tomado por ti sola. – Se trató de tranquilizar pero temblaba, su voz y sus manos temblaban - Ahora estoy reconstruyendo el Partido. Me estoy basando en nuestras tradiciones, volviendo a los escritos, a las fuentes del materialismo dialéctico. A la teoría... 
- Siempre has sido una pretenciosa. - le corté cansada de sus gritos y soflamas. 
- ¡Cómo! 
- No importa. Perdona: Los mercenarios creían –enfaticé esa palabra todo lo que pude -que yo era la última bolchevique y querían capturarme. No sabían que yo ya no soy bolchevique – esa afirmación tranquilizó a Verónica - Pero también había otro grupo de militares… más siniestro. 
- Sin duda, te buscaban para poder llegar a mí. Me has puesto en peligro. 
- Lo siento, Verónica. ¿Quiénes eran? 
- Seguramente las BAB, las brigadas anti-bolcheviques, una unidad militar que depende personalmente del Ministro Especial de Pacificación, el verdadero poder detrás del gobierno. 
- ¿Quién es ese ministro? 
- Un fascista. Tiene más poder incluso que el Primer Ciudadano. Nadie sabe quién es. Dicen que era bolchevique en su juventud. Organizó en persona la caza y exterminio de los miembros del CC. Acabó con casi todos. Desde entonces utiliza el bolchevismo como cabeza de turco para seguir aumentando su poder. El gobierno dice que el hospital fue destruido por una célula bolchevique. 

Hubo un instante de silencio. Verónica no dejaba de mirarme, como si tratara de advertirme algo... Como si luchara por dentro. Finalmente habló: 

- Debo pedirte algo. Me lo debes Exiliada. 
- Dime, aunque me gustaría que, al menos tú, me llamaras por mi nombre. Parece que todo el mundo lo ha olvidado en estos tiempos. 
- Hay… hay otros; - parecía turbada - antiguos dirigentes del CC. Los conoces. – Verónica apretó un botón de un equipo eléctrico situado encima de su mesa. Inmediatamente las gemelas entraron en la habitación - Son los únicos que han sobrevivido. Cuando el gobierno derrotaba definitivamente a Jaime, el Ministro Especial de Pacificación simultáneamente nos perseguía y nos destruía. El CC cayó y sólo unos pocos sobrevivimos y nos dispersamos. A diferencia de mí, ellos han abandonado toda actividad política. Claudicaron. Se rindieron. Llevo tiempo buscándolos. Los conoces: Orestes, Marian, Luisma y Cayo. Creo que están en New Haven, Vancouver, Davenport y Timberlane, respectivamente. 

¡Cayo estaba vivo! Creo que no pude contener la emoción cuando escuché su nombre. Verónica se dio cuenta porque me lanzó una mirada de profundo odio. Os explicaré: Cayo era amigo mío. Antes de la guerra habíamos compartido muchas tareas y misiones y siempre nos unía una hermosa camaradería. Verónica le tenía celos, aunque entre Cayo y yo no había nada. La guerra nos separó. Cayo era sólo dos años mayor que yo y pensábamos que se vendría conmigo y con Jaime a la lucha, pero se quedó con la mayoría del CC. 

En cuanto a los otros de la lista... 

– Es curioso Verónica. Me pides que busque a los que junto a ti, conformaban la Ejecutiva Nacional que se encargó de juzgarme, expulsarme del Partido y que ordenó mi exilio. De la lista solo falta Taylor. 
- Para tu información, Taylor murió durante la guerra civil, poco después de tu juicio. Fue un héroe. Los otros están escondidos. Si los buscaras y los encontraras… si los convencieras… Tal vez podrían ayudarme a reconstruir el Partido. 
- Ya no soy bolchevique. 
- Lo sé. Ellos tampoco. Pero al verte puede que recuerden todo lo que está en juego. Sólo te pido que les digas que les estoy buscando, que les necesito. Si les convences podríamos reunirnos en el cine de Lancánsir. Tú ya lo conoces. Mis asistentas actuarán de enlace. 

Verónica dio un paso atrás, parecía agotada. Cerró los ojos y se apoyó en la mesa. Con la mano hizo un gesto para que me fuera. Aral me agarró del brazo y me sacó de allí sin miramientos.

martes, 11 de diciembre de 2012

Capítulo 3, la última bolchevique 8.

Mientras se producía esa conversación, las gemelas me condujeron a la planta de arriba de la central y, una vez allí, a una especie de oficina donde “ella” me estaba esperando. El recorrido fue en completo silencio e incomodo, muy incomodo. Era como si me llevaran ante un pelotón de fusilamiento. Aral se detuvo un instante delante de la puerta de la oficina, la abrió y pasamos las tres. Era un local amplio, bastante arreglado en contraste con el resto de la antigua central. Las paredes estaban pintadas de blanco y la luz era intensa, azulada, de fluorescente. Al fondo había un ventanal que ofrecía una preciosa vista de las colinas. Delante una mesa de trabajo de plástico oscuro. Apoyada delante de esa mesa me esperaba una mujer. 

En cuanto supe quién era “ella”, el cuerpo y la sangre se me helaron. A esa mujer la conocía muy, muy bien. Desgraciadamente, nuestra relación había finalizado muy, muy mal. “¡De entre todas las mujeres del mundo!”, recuerdo que pensé, “¡Verónica!”. Verónica de Green, mi antigua responsable de formación, dirigente bolchevique del Comité Central, miembro de la Ejecutiva Nacional. Ella y yo estábamos muy... unidas. Demasiado. La guerra y Jaime nos separaron violentamente. 

Verónica era entonces una mujer madura que rondaba los cincuenta años, sino los superaba ya. Sin embargo, su edad la llevaba con mucha dignidad: se notaba que hacía deporte, que se cuidaba, que le preocupaba su imagen... Os puedo asegurar que hace diez, quince años era una mujer de una extraordinaria belleza. Ahora seguía conservando mucho atractivo, pese al paso de los años, las inevitables arrugas y las canas. Menuda y delgadita, su precioso pelo rubio, fino, ahora era completamente blanco, pero no dejaba de ser hermoso. Lo llevaba largo y recogido en un moño. Vestía un elegante traje ejecutivo negro. Siempre había sido destacado por su manera de vestir. También seguía llevando aquellas gafitas, pequeñas y redondas que, delante de sus ojos verdes, siempre me habían transmitido sabiduría, seguridad, confianza… ahora…. 

Verla me emocionó profundamente. Por cómo se irguió al verme, por cómo apretaba sus puños mientras su cara se enrojecía era obvio que ella también se emocionó. Tuve que centrarme en el hoy, en el presente, porque al mirarla, al pensar en ella, volvían a mi mente recuerdos del pasado. Recuerdos de otra época que ya estaba irremediablemente perdida. De cuando yo era feliz. 

Verónica clavó sus ojos en los míos a medida que me acercaba. Bajo sus gafitas y ojillos ya no vi sabiduría, sino una mezcla de odio y temor. De rencor y tristeza. 

La tensión dominaba la estancia, podía cortarse con un cuchillo. Hacía tantos años que no la veía... Mi corazón palpitaba con fuerza. La última vez que había estado en su presencia no fue cuando seguí a Jaime, sino tras la primera guerra, antes de exiliarme. Y aquella ocasión fue la más dolorosa de mi vida. De recordarlo casi me puse a llorar, pero me contuve. Apreté los puños y los dientes, arrugué el ceño y me detuve justo delante de ella. Como en aquella ocasión no quería mostrar debilidad, no quería que una sola lágrima recorriera mis mejillas. No me lo podía permitir. 

- No pensaba que volvería a verte… Exiliada. – Dijo Verónica de manera hiriente, como con asco, ignorando mi nombre y enfatizando con desprecio la palabra “Exiliada”, buscando una provocación, tratando de sonsacarme alguna reacción emocional en mí que le permitiera ratificar su odio. 
- Hola Verónica. Ha pasado mucho tiempo – Tragué saliva y respondí con la mayor templanza posible. Sin embargo, tenía la piel de gallina y un nudo tremendo en el estómago. 

Las gemelas salieron de la habitación y cerraron la puerta. Estábamos solas.

lunes, 10 de diciembre de 2012

Capítulo 3, la última bolchevique 7.

La celda improvisada era un cuarto oscuro, sin más iluminación que una ventana minúscula y con reja en lo más alto de la pared. 

Pablo se sentó en el suelo resignado, comprendiendo que estaban a merced de las gemelas. 

Víctor, en cambio, se mantenía en pie. Trató de oír algo al otro lado de la pared, pero fue un esfuerzo inútil. Se volvió hacia la ventanita, imposible: estaba muy alto y era extremadamente pequeña. Así que, sin llegar a tirar la toalla, se remangó las mangas del jersey y se quedó pensativo mientras se atusaba el bigote. 

Pablo interrumpió sus reflexiones. 

- ¿No te das por vencido viejo? 

Víctor le miró con gesto indiferente. 

- Tú sí lo has hecho. Siempre lo haces ¿verdad? 

La respuesta hiriente de Víctor afectó al muchacho que decidió ponerse en pie y mostrar algo más de actividad. 

- ¿Dónde estamos? – le preguntó. 
- La respuesta obvia es en una celda improvisada, dentro de una antigua central hidroeléctrica, pero supongo que incluso un loco como tú querrá una explicación más exacta. 
- ¡Eh viejo! Yo no estoy loco. No me insultes. – Víctor sonrió levemente arqueando la boca. 
- Esto es una base secreta. De algún grupo insurgente. Mmm –Víctor reflexionaba en voz alta, realmente no buscaba dar ninguna explicación a Pablo - Reconozco que es un grupo bien preparado, la famosa red, pero aún pequeño, limitado... Jajaja… - sus ojos se iluminaron -¡Verónica! ¡Qué astuta ha sido la muy zorra! 
- ¿Verónica? 
- ¡Bolcheviques, amigo Pablo! Esos que a ti te gustan tanto. 
- ¿Qué dices? ¿De qué hablas? – Pablo se asustó. Empezó a temblar. Instintivamente se alejó todo lo que pudo del anciano. 
- Sé quién eres – La voz de Víctor se volvió siniestra, oscura - Y sé que no eres “Pablo”. Jajaja. – Pablo negaba con la cabeza. Estaba aterrado, como un niño que no encuentra el camino a casa. - No te hagas el tonto. – Continuó el anciano - Lo sé desde el primer momento. No estabas ingresado en el hospital por ninguna herida, golpe, ni nada de eso. Estabas en el pabellón psiquiátrico porque te habías intentado suicidar. 

Pablo se quedó blanco. No sabía que responder a Víctor. 

- ¿Por qué dices eso? Además, ¿tú qué sabes? Ni siquiera creo que seas un doctor. No te había visto nunca en el hospital. Y yo soy muy bueno con las caras. 
- Sí, “Pablo”. Yo no trabajaba en aquel hospital. Aunque te equivocas en una cosa: sí soy médico. Pero haces bien en desconfiar de mí. Ahora, entiende esto asesino: Tú no sabes quién soy yo en realidad, sin embargo, yo si sé quién eres tú. Sé lo que te corroe por dentro. Sé lo que has hecho, lo que eres realmente, lo que te llevó a intentar el suicidio incapaz de superar o eliminar tu verdadera esencia. Y también sé que lo poco que aún te sostiene, el limitado aliento que impide que te extingas definitivamente, desaparecería definitivamente si la Exiliada se enterara. 

Pablo estaba completamente descompuesto: Traslúcido, con los ojos rojos a punto de llorar, el corazón golpeándole el pecho y el estómago tragándose a sí mismo. El anciano estaba en lo cierto. Había dado en la diana. 

- Ella te gusta ¿verdad? – Continuó Víctor- Te has enamorando de ella. Has visto en la Exiliada todo lo que tú destruiste, lo que te hicieron detestar, pero que en realidad admirabas. Toda la luz que te ciega en tu oscuridad. Una luz que te enseñaron a odiar, pero que realmente nunca dejaste de amar. Pero sabes, ¡vaya si lo sabes! que si ella se enterara de quién eres de verdad, de lo qué has hecho, te odiaría el resto de su vida. 
- ¡No se lo digas por favor! - Pablo cayó de rodillas ante el anciano, suplicándole con los ojos llenos de lágrimas - Haré todo lo que me pidas, todo lo que me ordenes, pero ¡no se lo digas! 
- Jajaja, ¡Qué ser más patético eres! Pero por el momento no le diré nada. Aún te necesitamos. Aún te necesito. Me ayudarás a protegerla y, llegado el momento, seguirás mis instrucciones.

domingo, 9 de diciembre de 2012

Capítulo 3, la última bolchevique 6.

El viaje en la furgoneta de las gemelas fue corto. El destino estaba relativamente cerca del barrio de Lacánsir aunque probablemente fuera de la ciudad. Sin embargo con los ojos vendados era imposible averiguar dónde. ¡Es increíble lo fácil que perdemos la orientación sin el sentido de la vista! 


Del viaje sólo recuerdo a Aral quejándose -no podía ser de otra manera-. Protestaba por nuestra incompetencia: según ella nos habíamos dejado seguir. Pero sobre todo nos acusaba de todo el desastre sucedido la noche anterior en la Colmena. Éramos los responsables de los incendios y las muertes. “¡Menos mal que sois los que tenéis experiencia! ¡La experiencia de la guerra! ¡Claro, la guerra!”, gritaba irritada. Esa estúpida tenía parte de razón. Yo en concreto estaba provocando un desastre tras otro. Pero la gemela no me atacaba a mí. Sus flechas más envenenadas iban a por Bruno dentro de algún conflicto de liderazgo que a los demás se nos escapaba. No obstante, demostrando su infinita paciencia y sangre fría, el manitas evitó entrar en ese juego y caer en las provocaciones de la niñata. Yo era la responsable, no Bruno, pero además… ¿Acaso no sabía esa estúpida de Aral el difícil momento que pasaba mi compañero? Sí lo sabía, pero le daba igual. Los gritos de la gemela inquietaron aún más al bebé que se pasó el trayecto llorando. Creo que Bella... Sí: Bella trató de consolar a la criatura tarareándole una melodía. 

La furgoneta se detuvo. Bajamos aún con los ojos vendados. Bella nos iba conduciendo. Se escuchaba agua que fluía a través de un curso bravo. Sólo dentro ya de un edificio nos quitaron las vendas. Parecía una antigua fábrica. Por la estructura del edificio, los antiguos paneles de control, lo que parecían viejas y estropeadas turbinas y otros detalles que ahora no recuerdo, pronto supe que se trataba de una antigua central eléctrica, pero abandonada y saqueada. En las colinas que rodean el norte de Cáledon se habían construido durante la monarquía dos embalses con sus presas y sus centrales hidroeléctricas. Al último rey, entre caza y caza, le gustaba inaugurar estas estructuras mastodónticas como demostrando así el progreso y avance del reino. Las dos centrales habían sido destruidas por los bombardeos fascistas, no había manera de saber en cuál de las dos nos encontrábamos. 

- Bruno, tú te quedaras ahí dentro - le indicó Lara - hay agua y comida. No tenemos comida para un bebé, pero podrás cambiarle, darle el biberón y que descanse. 
- ¡Vosotros dos! - señaló Aral a Víctor y Pablo - meteos en ese otro cuarto. 

Cuando lo hicieron, la gemela les encerró con llave. 

- Tú, Exiliada, espera. – Me indicó por fin a mí - Ella te atenderá en un momento. 

Ella. La jefa de las tres hermanas. El verdadero cerebro de la red. Pronto sabría quien es. 

Pero antes quiero explicaros una conversación entre Víctor y Pablo que se produjo durante su retención en la habitación-celda mientras a mi me recibía “ella”. Como luego supe, se trataba de una conversación bastante esclarecedora. Ojalá los muros hablaran.

sábado, 8 de diciembre de 2012

Capítulo 3, la última bolchevique 5.


Dentro del cine el contraste entre el pasado y el presente se agudizó. Un amplió recibidor con columnas y escalinatas de mármol ayudaban a intuir lo que había llegado a ser. El olor a orines y excrementos te golpeaba con fuerza, recordándote lo que hoy es. No obstante, uno aún se podía imaginar el glamur que había tenido aquel cine, iluminado por lámparas y neón y con el ajetreo de los trabajadores y clientes yendo de aquí para allá. Ahora sólo había oscuridad.

Bella encendió una linterna y nos condujo a la platea de la sala principal. Las butacas estaban destrozadas. Entre las que habían sido saqueadas y las que habían roído las ratas, nada se había salvado. Al fondo, una de las gemelas sostenía otra linterna y un fusil. Entonces no sabía decir si era Aral o Lara.

- ¿No puedes hacer que tu bebé se calle? - espetó la gemela, a lo que el bebé respondió con un redoblado llanto.

Bajamos hacia ella. Era Aral. Lara no era tan bocazas. Yo detestaba a esa niñata engreída y mandona.

En las primeras butacas nos encontramos con una escena macabra y repulsiva: la gemela había sentado los cadáveres de cuatro paramilitares en las butacas del cine, como si muertos pudieran ver alguna película fantasmagórica. Eran los hombres que había enviado Número 2 en sucesivas oleadas. Aral los había liquidado y allí estaban ahora, muertos y sentados, pudriéndose.

Por otra entrada apareció la otra gemela, también con linterna y fusil. Las tres hermanas vestían con chándales blancos.

- ¡Aral! - gritó la recién llegada - Algo se ha cargado a los paramilitares de fuera.
- ¿Cómo que algo?
- Creo que una mujer, pero no lo sé, era rápida. – Lara puso cara de asco cuando contemplo la escena que había preparado su hermana con los cadáveres.

Entonces Aral, tras refunfuñar una vez más se volvió hacia nosotros:

- Ella sólo quiere ver a la Exiliada. Los demás os tendréis que quedar aquí.

Yo no pensaba dejar a nadie allí.

- Perdona Aral - le dije tratando de no mostrar la antipatía que sentía por ella - No sé quién es ella, ni vosotras, tampoco sé qué queréis, pero de algo sí estoy segura: aquí no voy a dejar a nadie.

Lara intercedió con su hermana.

- Además están los mercenarios. Su jefe sigue arriba y enviará más gente, sino lo ha hecho ya.

Aral apretó los puños y me miró con rabia.

- Lara, ¡escanéalos!

Su hermana sacó de su mochila un aparato eléctrico.

- Da señal: el viejo.

Aral se abalanzó sobre Víctor y comenzó a registrarle. Del bolsillo de su pantalón sacó un pequeñísimo disco de metal. Víctor se quedó con la boca abierta.

- ¿Qué es esto? - Aral no era nada amable. Agarró a Víctor por el cuello.
- No, no lo se... - trató de responder el anciano - Alguien ha debido de ponérmelo - y decía la verdad. No sé si entonces la perspicacia del anciano le ayudó a atar cabos: una mujer misteriosa y letal, un choque fortuito con una inocente musulmana ciega... Es muy probable que no, como más adelante comprobaríamos.
- ¡Déjame verlo! - solicitó Bruno y, tras cederme con mucha suavidad el cuidado del bebé, ojeó el disco. - Nunca había visto algo así. Demasiado sutil para ser del gobierno o de los paramilitares.
- No sé qué es, ¡lo juro! - imploró Víctor.

Pero Aral no soltaba al anciano, incluso lo agarraba con más fuerza y desprecio. Devolví el bebé a Bruno y con todas mis fuerzas empujé a Aral para que dejara en paz a Víctor. Lo hizo, pero para abalanzarse sobre mí gritando como una loca. Pablo se interpuso y Lara y Bella corrieron a sujetar a Aral. No acabamos a puñetazos de milagro, pero terminamos por tranquilizarnos. Acordamos que yo me responsabilizaría de Víctor. Tiramos el detector hacia las butacas y salimos por un pasillo posterior que nos condujo a un garaje situado bajo el cine. Allí esperaba una furgoneta negra bastante más grande que la nuestra. Las gemelas insistieron en vendarnos los ojos. Tras forcejear un poco accedimos. Subimos y abandonamos el cine.

***

La ciega pronto se dio cuenta de que habíamos descubierto su aparato de rastreo. El disco enviaba una señal a un audífono que llevaba oculto bajo el hiyab. Según la proximidad emitía un determinado pitido. La ciega pudo comprobar que la señal procedía de una sala ahora vacía. Se había retrasado, pero no era por su culpa. Si no nos había alcanzado fue porque se entretuvo involuntariamente con otros dos paramilitares enviados por Número 2. No tuvo problema para despacharlos, pero cuando entró en la sala marcada por su audífono ya nos habíamos ido. Localizó el rastreador y lo recuperó con un imán especial situado en su bastón. Después, sin inmutarse por su fracaso, abandonó el cine.

En cuanto Número 2, se había quedado sin hombres. El mercenario sí se alteró. Desde la altura pudo ver como el furgón de las gemelas salía de un garaje y se perdía por las callejuelas en ruinas de Lacánsir. Lanzó al aire unos cuantos juramentos y se dolió de una herida en el hombro. Al fin y al cabo Pablo no le había alcanzado de lleno, pero la bala sí le había rozado el hombro. Había sido un magnifico disparo.