Relatos de Jjojismos

· La última bolchevique (concluido), una mujer regresa del exilio y se encuentra con un país devastado por la guerra. Perseguida, deberá aliarse con los compañeros que la traicionaron para luchar por su supervivencia.
· Una nueva historia (en proceso), 1913, han asesinado al hijo de un importante empresario, el detective Jhan, un troglo, no cree que el sospechoso detenido, un trabajador de oficinas mamón, sea el verdadero asesino.
· Jaime (en proceso), la secuela de La última bolchevique. Bella, colaboradora de los nuevos bolcheviques se lanza a la búsqueda del a la par odiado y amado Jaime para evitar una nueva guerra.
· La muerte de Ishtar (en proceso), nos situamos a finales del siglo IV, principios del V. La nueva religión cristiana se abre paso frente a las antiguas creencias paganas. Dos mundos chocan y luchan entre intrigas, persecuciones y aventuras.

martes, 6 de noviembre de 2012

Capítulo 1, la exiliada, 7.

Quizás convenga que ahora os cuente lo que estaba pasando afuera. En ese momento yo no lo sabía, pero luego pude atar cabos: 


Efectivamente se trataba de un hospital de Cáledon, pero uno relativamente nuevo situado en las afueras de la ciudad. El hospital había sido tomado por una fuerza paramilitar que mantenía al personal, pacientes y visitantes retenidos como rehenes. La policía acordonaba el edificio.

El comisario Santos era rechoncho y grasiento y parecía más un chupatintas que un sabueso. Sin embargo tenía mucha experiencia a sus espaldas y de joven había sido ágil y atlético. La edad y los donuts habían causado estragos, pero no habían atrofiado sus instintos: “¡Aquello era muy raro!” 

Los terroristas – reflexionaba Santos- habían tomado militarmente el edificio. Iban muy bien equipados. Con mucha facilidad habían reducido a la seguridad del hospital y todos los rehenes, personal médico, trabajadores, pacientes y visitas, se hacinaban en la planta baja, de rodillas y con los brazos cruzados detrás de sus cabezas. Pero no había ninguna reivindicación, ninguna exigencia. Los grupos anarquistas siempre pedían la “liberación de todos los presos” o incluso la “disolución de la República”... Eran niñatos de familia bien y después de su heroica acción se rendían y eran rescatados por sus padres, destacados miembros del Partido Demócrata-Republicano. Los ladrones eran más realistas: pedían un rescate y refugio en el extranjero... Los bolcheviques reales, los de verdad, no actuaban desde el final de la guerra, a pesar de que siempre que había algún problema, real o imaginario, se le llamaba ATB, “Amenaza Terrorista Bolchevique”. Al gobierno le interesa mantener el recuerdo de los “bolches”, pensó el policía. 

Y es que con el ataque al hospital en el Ministerio Especial de Pacificación estaban de enhorabuena. Una verdadera acción terrorista era idónea mantener la tensión, el miedo y la presencia policial y militar en toda la República. Desde antes que terminara la guerra, las ATB fueron en su día la escusa oficial del gobierno para establecer el Estado de Emergencia Republicano, es decir, la dictadura policíaco-militar bajo apariencia democrática que aún se mantenía. Daba igual que los paramilitares del hospital no fueran bolcheviques. De hecho, la mayoría de las veces que se decretaba una ATB, los únicos que ejercían violencia eran los agentes del gobierno. 

En esta ocasión los paramilitares sí eran realmente terroristas y no se trataba de una huelga, una manifestación o un motín, pero aunque oficialmente se trataba de una ATB, el policía al cargo tenía muy claro que aquellos hombres, uniformados de negro y armados con automáticas, no eran, ni muchísimo menos, bolcheviques. Todos los llamamientos de la policía a negociar, a liberar rehenes, a conocer sus reivindicaciones fracasaban... Porque parecía que no querían nada. Sólo esperaban dentro del hospital. 

Con el paso del tiempo, la policía especial se impacientaba y exigía asaltar el edificio. Santos, temiendo por los rehenes, logró contenerles, pero tarde o temprano tendría que dejarles actuar, aunque eso significara una matanza. 

En dos ocasiones la electricidad del edificio se fue. Desde dentro exigieron que se reanudara el servicio o matarían a rehenes. ¡Pero la policía no tenía nada que ver con el corte del suministro! La compañía eléctrica aseguraba que el fallo era interno, de dentro del hospital. 

Con el primer corte, los paramilitares cumplieron sus amenazas. Asesinaron a dos rehenes en el mismo vestíbulo del hospital. Cundió el pánico y la policía especial exigió intervenir. Santos iba a darles autorización cuando volvió el suministro eléctrico. Los paramilitares se tranquilizaron por un momento. 

Pero pasados unos minutos la luz volvió a cortarse. Dentro del hospital mataron a otro rehén (ya había tres muerto) y amenazaron con asesinar a otros cuatro si no se restablecía el servicio de inmediato.

Capítulo 1, la exiliada: 6

Deje de atender a Pablo y me fijé en el paramilitar inconsciente, comenzaba a reanimarse. No podía perder más tiempo. El disparo tenía que haberse oído en todo el edificio. Tenía que pensar rápido. Con un trozo de la escoba volví a golpearle. Cogí la pistola utilizada por Pablo y registre tanto al cadáver como al inconsciente. El muerto tenía su pistola, un walkie-talkie, una linterna y un llavero con llaves de puertas y de... esposas. ¡El anciano! 

Volví corriendo a mi habitación. El anciano seguía allí tranquilo, casi somnoliento, inevitablemente había escuchado el disparo. Por un momento pensé en dejarle allí, pero quizás le necesitara. No sabía quién era, pero él sí me conocía. Con las llaves, le quité las esposas y sin perder ni un segundo regresé junto con Pablo para usar la esposa recién adquirida. Así podía inmovilizar definitivamente al paramilitar golpeado. El anciano me siguió con mucha tranquilidad, incluso parsimonia. Ni se inmutó al ver el cadáver, pero si parecía disgustado ante la presencia de Pablo. Éste seguía acurrucado en el suelo del pasillo, pálido y con los ojos rojos. 

- ¿Qué hace aquí este niño? - preguntó el anciano. 

Pero no tenía tiempo de responderle. Con las llaves y la pistola -olvidando la pistola del otro paramilitar- pasé a la cabina del vigilante, ahora vacía. 

Era una sala con forma de “x”. Comunicaba cuatro alas de aquel piso con otra zona cerrada que debía conducir a los ascensores y escaleras. Al lado de esta puerta había una cabina con equipo informático y de vigilancia. Había seis pantallas apagadas. En toda la planta no funcionaba ningún dispositivo eléctrico. Debían de haber cortado la corriente. Probé el llavero del paramilitar. Ninguna de las llaves abría la puerta de salida. Pero al acercarme pude escuchar al otro lado de la puerta un inconfundible, pero aun lejano, sonido de botas. 

Opté por ganar tiempo: Requerí al anciano que me ayudara. Era mayor, pero no parecía artrítico. Juntos empujamos las camillas diseminadas por el pasillo y los muebles de aquella sala para bloquear la puerta. Pablo al vernos se incorporó a la tarea aportando a la barricada todo lo que veía a mano. 

Revisé los otros pasillos. Estaban desiertos, aunque en uno de ellos encontré un uniforme de limpiadora de color azul celeste. Me lo puse sin pensármelo dos veces, pantalones y chaquetita. Pablo no ocultó su disgusto cuando me vio vestida. Lamentablemente teníamos un conflicto de intereses: Yo estaba cansada de enseñar el culo. ¡Él no dejaba de mirármelo! 

Y ahora qué... 

Pues en ese momento se encendieron las luces de toda la planta. Recuerdo que nos asustamos los tres al escuchar el zumbido de los fluorescentes. En la cabina el equipo de vigilancia y las pantallas también volvieron a funcionar. Cuatro pantallas mostraban cada una un ala del pabellón: los tres pasillos desiertos y el pabellón del que procedíamos, con los paramilitares, el muerto y el esposado. En otra pantalla se veía la cabina de vigilancia, y a nosotros en ella. Pablo se puso a agitar los brazos para verse en la pantalla y averiguar la localización de la cámara. La sexta pantalla nos mostró la salida cerrada. Estaban los ascensores, escaleras para subir y bajar y otros tres paramilitares, armados esta vez con automáticas. ¿Esperando qué? 

Debí de pensar en voz alta, porque una voz me respondió a través de un intercomunicador del equipo de vigilancia de la cabina: 

- Parece que ya se ha abortado tu insignificante intento de fuga, Exiliada. 

Era una voz madura y grave, con un toque de ronquera, aunque esa sensación podía provocarla las interferencias radiofónicas. 

- Perdona que no me haya presentado antes, querida, pero hemos tenido un pequeño problema eléctrico. Nada grave, ya lo he solucionado. Veo que aprovechaste ese lapso de tiempo para hacerte con el control de la planta. Jejeje Disfrútala mientras puedas, porque en un rato llegará nuestro transporte y te llevaré conmigo lejos de aquí. Jejeje. 
- ¿Quién eres? ¿Qué quieres de mi?- pregunté, pero no hubo respuesta. 
- Te quiere a ti, Exiliada. - Era el anciano el que ahora hablaba. - No sé de quién es esa voz. Seguramente un mercenario. Sabes que el gobierno paga muy bien por la cabeza de una bolchevique. 
- ¡Yo ya no soy bolchevique! - contesté contrariada. 
- Pero lo eras. Una revolucionaria profesional, ni más ni menos. Además muy destacada. Fuiste una de las que siguió a Jaime en la guerra contra las Potencias Fascistas, pero luego, cuando comenzó la guerra civil, le abandonaste y te exiliaste. 

¿Quién era ese anciano? ¿Por qué sabía todo eso de mí? 

- Descuida, muchacha. Yo también fui bolchevique. Hace mucho tiempo - se detuvo un instante y su mirada se perdió. El anciano parecía rememorar una época lejana y pasada. - Pero mucho antes de que tú fueras liberada lo dejé... Por diferencias. Pero después… todo lo que pasó, la guerra contra el fascismo, la guerra civil... – sonrió levemente - Y ahora… No me extrañaría que esos paramilitares hubieran provocado el accidente del autobús. – Dejó de divagar y se volvió a centrar en el presente - Fue una suerte que aquel hombre calvo te sacara del autobús y yo pudiera atenderte. 

-¿Hombre calvo? 
- ¿No recuerdas nada, verdad? - continuó el anciano. – Hubo una explosión en el autobús en el que viajabas. Todo fue muy raro. Yo estaba allí de casualidad. Venía en coche hacia el hospital. Me pareció una explosión interna... El hombre calvo salió de entre los hierros arrastrándote. Paró mi coche y me obligó a que te subiera y viniéramos al hospital. Me dijo que era importante. Y entonces te reconocí. Tuviste mucha suerte. Apenas nos fuimos llegaron las ambulancias... Y también la policía.
- ¿Y qué fue de ese hombre calvo? Parece que le debo la vida. 
- No lo sé. Desapareció cuando llegamos al hospital. Pero escucha, no tenemos tiempo. Esos hombres saben quién eres. No sé exactamente qué quieren, pero no será bueno. Tenemos que encontrar una manera de salir de aquí. 

¡Qué fácil era decir eso! ¡Teníamos que encontrar una manera de salir de allí! ¡Pero todo estaba transcurriendo tan rápido! ¡Y ese dolor de cabeza! Con tanto ajetreo casi me había olvidado de él, pero ahora volvía con más fuerza. Me taladraba el cerebro. 

Llegados a este punto, os debo una explicación. Sí. Esa era yo: Una antigua bolchevique. Pero ya no lo era. Lo fui desde mi adolescencia, pero me habían expulsado por seguir a Jaime e incumplir las directrices del Comité Central. ¡Cuánto tiempo de todo aquello! Pero no importaba el tiempo que había transcurrido, mi pasado me perseguía. ¡No tenía que haber vuelto! pero no podía permanecer en el exilio. Aburrida, viciada... degradada… así me sentía lejos de la República, y por eso volví... 

Y allí esperando, sin salida, sin respuestas… no podía quitar la vista de aquellas pantallas, de la del ascensor con los paramilitares esperando –me parecía que sonreían, que se reían de mi destino-; la de los pasillos, con el cadáver, con el agujero de bala en la cabeza; la de la cabina, con aquellos dos desconocidos... No había salida. 

Entonces la luz y las pantallas volvieron a apagarse. La electricidad volvía a fallar. El líder de los paramilitares no era tan poderoso.

domingo, 4 de noviembre de 2012

Capítulo 1, la exiliada, 5

Volví a escuchar con atención a través de la puerta. No parecía haber nadie. 


- Al principio hacían rondas - dijo Pablo aun doloriéndose del bofetón - pero dejé de escucharles. Creo que ya no salen al pasillo. 
- ¿Y por qué no has salido de aquí? 
- ¿Para ir a dónde? No señora. Además para salir del pabellón psiquiátrico hay que pasar por la cabina de los vigilantes. 
- ¿Este es el pabellón psiquiátrico? 
- Sí… pero yo no soy de este pabellón - respondió el muchacho muy nervioso - Yo venía aquí... A fumar... Sí, a fumar, soy fumador. El lío este me pilló fumando. Estoy ingresado porque me hirieron, sí, estaba herido, ¡mira! - Y trató de enseñarme la barriga. Yo lo impedí, pero por su forma tan alterada de actuar me demostró que sí que debía de ser del pabellón psiquiátrico. 

- Voy a salir. ¡Quédate aquí! – le ordené. 

Y abrí suavemente la puerta. Por la ranura, eché una mirada afuera. No había nadie, pero en esta ocasión tome precauciones: agarré con fuerza una escoba y me deslicé por la pared hacia la puerta principal del pasillo. Supuse que allí estaría la cabina de los vigilantes mencionada por Pablo. 

No había avanzado un par de metros cuando noté tras de mí al muchacho. Le hice un gesto para que fuera sigiloso y continué avanzando. 

Ya cerca de la puerta escuché a alguien: El vigilante. Parecía solo. Recordé entonces un truco de la milicia. Indiqué a Pablo que se quedara quieto frente a la puerta, pero a cierta distancia, y que se quedara allí pasara lo que pasara. Entonces yo me coloqué de tal manera que la puerta al abrirse me ocultara. Llamé con los nudillos y, como sucedía en un noventa por ciento de las veces, el vigilante picó el anzuelo: Abrió la puerta y se dirigió hacia un aterrorizado Pablo. Me dio la espalda lo justo para romper mi escoba en su cabeza. El vigilante cayó al suelo redondo. Pero no era un vigilante del hospital, ni de ningún servicio de seguridad que yo conociera. Parecía una especie de paramilitar, vestido de negro con pasamontañas, chaleco, pistola, cuchillo... 

Pero no me dio tiempo a mucho más. Había descuidado mi espalda: 

- ¡Alto ahí! - otro paramilitar encapuchado me señalaba mientras buscaba su pistola. 

No tuvo tiempo de desenfundarla. Hubo alguien que fue mucho más rápido. Más rápido que el paramilitar y más rápido que yo: ¡Pablo! El muchacho había cogido la pistola del primer paramilitar que yacía en el suelo y, sin pensárselo, disparó una acertada bala a la cabeza del segundo. 

El cadáver cayó de bruces ante mí, sin que yo supiera muy bien qué hacer. Estaba absolutamente paralizada. ¿Quiénes eran esos paramilitares? Y, más urgente aún, ¿quién era ese Pablo? El muchacho había demostrado tanta sangre fría como para, en fracciones de segundo, recoger un arma, apuntar y disparar certeramente en la penumbra de aquel pasillo a un hombre en movimiento y dispuesto a desenfundar. Una vez efectuado el disparo, Pablo dejó caer la pistola al suelo y él mismo se desplomó con los ojos desorbitados, gritando y llevándose las manos a la cabeza. Era como si su disparo hubiese sido algún tipo de acto reflejo, procedente de lo más profundo de su subconsciente y ahora volvía a ser un chico inocente, nervioso, alterado y aterrado. 

- ¿Do... Dónde aprendiste a hacer eso? - le pregunté muy nerviosa - ¿Estás bien? - me acerqué lentamente hacia donde se acurrucaba. Aparte la pistola empujándola lejos con el pie y con mi mano acaricié con suavidad su espalda, tratando de consolarle. No obtuve respuestas, pero el muchacho se tranquilizó. Por fin se incorporó y vi que lloraba. Pablo no era capaz ni de cruzar su mirada conmigo y mucho menos con el cadáver del paramilitar, ahí mismo tumbado sobre un charco de sangre, con un agujero en la cabeza y los ojos abiertos mirando al infinito.

Capítulo 1, la exiliada, 4

Bueno, lo que se dice un hombre... Asusté a un muchacho: Poco más de veinte años, si los tenía. Más alto y delgado que yo, de pelo corto y moreno, rasgos cadavéricos, el chico creía protegerse sujetando nervioso una escoba. Llevaba un pijama gris, así que parecía otro paciente de hospital. Sólo cuando se dio cuenta de que yo era una chica su expresión cambió de miedo… a interés. Recordé entonces que yo seguía casi desnuda, sólo con aquel camisón. 


- Hola - Me dijo con un susurro y una sonrisa socarrona. Yo le devolví el saludo con cierta indiferencia y me volví, dándole la espalda, para prestar atención a lo que pudiera pasar al otro lado de la puerta. 
- ¿Quién eres? - insistió el chico. 

Comenzaba a irritarme. Me preocupaba el pasillo. Estaba concentrada tratando de oír algo y cualquier ruido me molestaba. Le respondí mandándole callar. ¿Y si nos escuchaba quién diablos hubiera entrado en el pasillo? Me esforcé en escuchar a través de la puerta, pero no distinguí ningún sonido. Sólo oía la respiración acelerada del chico. Notaba su aliento en mi nuca y eso me incomodaba aún más. 

- Me llamo Pablo. ¿Y tú? 

Le lancé una mirada glacial, pero él me devolvió aquella sonrisa suya, cada vez más estúpida. 

- ¿Dónde estamos? - le pregunté finalmente, tratando de tranquilizarme. 
- ¿Cómo que donde estamos? - me respondió incrédulo - pues en un armario... 
- No, no… Me refiero al lugar, la ciudad. - el chico, Pablo, no daba crédito. 
- ¿No lo sabes? Pues el hospital Luís Cruz de Cáledon. 

Así que sí que estaba en Cáledon al fin y al cabo. Pero aquel hospital debía de ser nuevo, por eso no lo había reconocido. Había pasado tanto tiempo… 

- ¿Tú quién eres y qué haces aquí? ¿Qué ha pasado? 
- Ya sabía yo que así vestida, jejeje, no eras de ellos. - 'niñato', pensé - No sé qué pasó. Hubo ruido, disparos... Yo solía meterme aquí a fumar, lejos de las enfermeras... Y aquí me pilló todo el barullo. Y aquí me quedé hasta ahora. 
- Todo un héroe. 
- Oye, yo te dicho mi nombre, ¿tú no me vas a decir cómo te llamas? 

Le respondí girándome nuevamente y acercándome a la puerta para tratar de volver a escuchar. Noté entonces una mano rozándome el trasero. 

-¡Ay! - exclamó el muchacho tras mi contundente bofetada. A ese niñato le faltaba un hervor, pensé entonces. Pero su grito podía haber revelado el escondite.

Capítulo 1, La exiliada 3.

El anciano era misterioso. Parecía afable y sereno, pero a la vez críptico, enigmático… Ante “ellos” se hacía pasar por un tal doctor Hierba. ¿Ante quienes? Decía haberme rescatado de un accidente, ¿en el autobús? Sabía de mi pasado con Jaime... 

Pero lo primero es lo primero. Luego volvería a por el anciano. Me aseguré de no oír nada al otro lado de la puerta y la abrí con suavidad. Lo justo para asomar la cabeza. Miré a un lado y a otro. Sólo un pasillo oscuro. Por fin salí, cerrando la puerta tras de mí. 




Camillas y sillas de ruedas abandonadas por el pasillo. Oscuridad, silencio… Me acordé de una película de terror que había visto de niña. Una escena transcurría en un hospital abandonado: al paciente, inmovilizado en una camilla, misteriosos enfermeros, a los que nunca se les veía el rostro, le hacían recorrer unos pasillos cada vez más lúgubres… directo hacia el infierno. Aquel pasillo revivió en mí la misma sensación nerviosa, mezcla de tensión y temor, que había sentido viendo la película.

Al fondo del pasillo había otra ventana con barrotes. En el otro sentido una puerta que unía aquella zona con el resto del edificio. A ambos lados, otras habitaciones cerradas. Sigilosamente me deslicé hasta la ventana. Desde ahí la perspectiva era más clara que en mi habitación: Estaba en un complejo hospitalario formado por varios edificios. No lo conocía, aunque hacía muchos años que no pisaba Cáledon... Si es que allí me encontraba. Fuera había numerosos coches patrulla y camiones blindados de la policía con sus características luces rojas y azules. Parecía que acordonaban el edificio. 

Me volví sobre mis pasos para acercarme a la puerta de salida, pero a mitad de camino escuché como su manilla gemía y comenzaba a girarse. Alguien abría la puerta desde afuera. Pensé primero en esconderme bajo una camilla, pero con el rabillo del ojo vi una pequeña puerta de servicio a mi derecha que estaba entreabierta. Reaccioné con rapidez. Mis reflejos, desentrenados por el exilio, no estaban tan atrofiados como me había imaginado. Me dejé caer dentro y cerré la puerta. ¡Justo a tiempo! Pensé. Era un pequeño almacén lleno de utensilios de limpieza, escobas, fregonas... Y un hombre.